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Diosa Por Elección

Электронная книга - «Diosa Por Elección». Краткое содержание книги:

Por fin, Shannon Parker se había reconciliado con la vida en el mundo mítico de Partholon. Amaba a su marido centauro y se había acostumbrado a su conexión con la diosa Epona y los beneficios que conllevaban ambas cosas. Casi había olvidado su antigua vida en la Tierra… sobre todo, cuando descubrió que estaba embarazada…
Pero entonces una súbita explosión de poder la envió de vuelta a Oklahoma. Sin la magia, Shannon no podía regresar a Partholon, así que tendría que buscar ayuda. El problema era que esa ayuda tomó la forma de un hombre tan tentador como su marido. Y, durante el camino, Shannon descubriría que ser una diosa por error era mucho más fácil que ser una diosa por elección…
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– Sí -respondió Clint-. No dejaba de decirme que entre los dos podíamos controlar el poder del bosque.

– Es como si el poder de los árboles se amplificara si yo te lo transmito. Yo no lo entendí hasta que lo vi, pero Rhiannon tiene mucha experiencia con la magia, y seguramente, en el mismo momento en que te vio, lo supo -dije, pensando en el aura azul zafiro de Clint-. Sin embargo, como tú no le permitiste que te usara, necesitaba encontrar a otra persona que sí se lo permitiera.

– O a algo -matizó Clint.

El Hummer rebotó en un bache, y a mi padre se le escapó un gruñido de dolor que terminó en las palabras:

– ¿Y cómo puede pensar alguien que es capaz de controlar el mal?

– Ella está acostumbrada a mandar en su mundo, y cree que lo puede dominar todo.

– ¿El hospital de Broken Arrow está en Elm Street?

– Sí -dije yo débilmente-. Al final de la calle.

– ¿Cómo se encuentra, señor Parker?

– Mejor, hijo. Mejor.

Yo tuve que admitir que cada vez estaba más fuerte.

– Suéltale la mano, Shannon -me ordenó Clint.

– ¿Qué? -yo había oído las palabras, pero me costaba entender lo que significaban.

– Señor, Shannon tiene que soltarle la mano. Ha usado todo el poder que le ha transmitido el sauce, y ahora está compartiendo su propia energía con usted. No es bueno para ella, ni para el bebé.

Eso hizo que saltaran todas las alarmas de mi mente, pero no podía hacer que me respondiera la mano. Afortunadamente, mi padre sí reaccionó.

– Vamos, nena, suéltame. Yo ya estoy bien. Vamos a cuidar a mi nieta.

Se soltó de mi mano y me dio unas palmaditas. Yo intenté sonreír, pero no pude.

– Shannon, ¿estás bien? -me preguntó Clint, mirándome con preocupación por el espejo retrovisor.

Yo intenté decir que sí, que no me ocurría nada, pero sólo pude soltar un resoplido.

Mi padre me tocó la frente con la mano ilesa, mientras soltaba una imprecación por el dolor que aquel movimiento le causaba en la otra mano.

– ¿Qué demonios le pasa? -le gritó a Clint-. Está helada. Hace un minuto estaba perfectamente.

– Ya estamos en el hospital -dijo Clint, mientras entraba con el Hummer en el callejón de Urgencias del hospital. Salió del coche y abrió la puerta para sacar a mi padre. Lo llevó hacia la entrada de Urgencias en un segundo.

– ¡Ayuda a Shannon primero! -le dijo mi padre a Clint, con debilidad.

– La ayuda que ella necesita no está entre estas paredes.

Los dos desaparecieron por las puertas de cristal eléctricas, y yo apoyé la cabeza en el respaldo del asiento. Estaba muy bien allí sentada. Respiré profundamente y me pregunté por qué tenía tanta opresión en el pecho. Quizá sólo tuviera que dormir un poco. Seguramente necesitaba descansar…

Capítulo 9

– ¡Shannon! ¡Maldita sea! ¡Despierta!

El grito de pánico de Clint me hizo abrir los ojos. Él me sacó de la parte trasera del Hummer y me llevó en brazos a través del aparcamiento, sacudiéndome con firmeza.

– ¡Shannon! ¡No te desmayes!

Antes de que pudiera cerrar los ojos de nuevo, me dejó sobre el suelo y me empujó para que apoyara la espalda contra un árbol. Con una de las manos me sujetó por el hombro, firmemente. Valiéndose de los dientes, se quitó el guante y apretó la palma de la mano contra la corteza.

– ¡Por favor, ayúdala! -susurró.

«¡La Amada de Epona!», gritó una vocecita en mi mente, joven y emocionada. Al instante, comencé a sentir un cosquilleo en la espalda, que me extendió el calor por todo el cuerpo.

Cerré los ojos, no porque fuera a perder el conocimiento, sino porque estaba saboreando el regreso de las sensaciones a mi cuerpo. A los pocos minutos, abrí los ojos.

– Te dije que no te agotaras -dijo él.

– Me resulta difícil distinguir cuándo es suficiente -dije-. Cuando me di cuenta de lo que estaba pasando, ya estaba…

– ¿Casi muerta? -terminó él con sarcasmo.

– No, casi inconsciente.

Él soltó un resoplido por la nariz, algo tan parecido a lo que hacía ClanFintan que me eché a reír.

– ¿De qué te ríes?

– De ti -respondí. Comencé a ponerme en pie, y Clint me ayudó-. Estaba pensando que serías un centauro estupendo.

Me abrazó, y yo me permití el lujo de apoyar la cabeza en su pecho.

– A mí no me gustan los caballos, mi niña.

– Los centauros no son caballos.

– Están muy cerca de serlo.

– ClanFintan se molestaría mucho si te oyera decir eso.

– Dile que venga y que lo discuta conmigo -respondió él, y yo percibí una sonrisa en su voz.

– Quizá lo haga.

– Bueno. Aquí en Oklahoma sabemos cómo manejar a los caballos. Estoy seguro de que será un poni estupendo.

Yo me eché a reír y lo empujé.

– Eres horrible.

Miré al árbol en el que me había apoyado y vi que era un pequeño peral. No debía de tener más de cinco años. Asombrada, me quité ambos guantes y apoyé las manos y la frente en su tronco.

– Gracias por tu ayuda, pequeño.

«¡Oh, Amada! ¡Ha sido un placer!», dijo su vocecita, que me rebotó en la cabeza de un modo doloroso.

Yo me estremecí, pero disfruté de la intensidad exuberante e infantil del joven peral.

– Que la Diosa te bendiga y te haga alto y fuerte.

Le acaricié la corteza a modo de despedida y me pareció sentir que temblaba como un cachorrillo bajo mis manos.

– Vamos a ver a mi padre -dije.

En el mostrador de Urgencias, la enfermera nos indicó dónde podíamos encontrar a mi padre. Nos dirigimos hacia la habitación número cuatro de la zona de Observación, y nos lo encontramos tumbado en una cama, un poco incorporado por la cintura. Tenía una vía de suero puesta en el brazo izquierdo, y la mano derecha apoyada sobre una mesita elevada junto a la cama. La mano descansaba sobre una tela azul, que ya estaba teñida de sangre. Con sólo mirarla, tuve que tragar saliva. Estaba abierta de modo que parecía una patata asada. Lo miré a la cara. Tenía un horrible arañazo en el lado izquierdo de la frente, y el golpe ya comenzaba a mostrar colores rojos y morados. Estaba muy pálido.

Un enfermero estaba rebuscando entre algunos frascos y cajones que había en un armario, al otro lado de la habitación. Nos saludó amablemente con un gesto de la cabeza.

– ¿Cómo estás, papá?

Le tomé la mano sana con cuidado de no mover ninguno de los tubos.

– Bien, bien -dijo él, con algo de brusquedad-. Estos idiotas quieren darme morfina, y yo les digo que me pongo tonto con esa cosa -me explicó, y después alzó la voz para que lo oyera el enfermero-. Demonios, jugué al fútbol contra Notre Dame en el año sesenta, con un brazo roto. Les dimos una buena. Sólo tienen que darme unos cuantos puntos y dejarme volver a casa.

El enfermero se dio la vuelta y fulminó a mi padre con la mirada. Tenía una terrible jeringuilla en una mano. La otra la tenía en la cintura. Su voz fue muy agradable, pero su tono decía que ya estaba cansado de las heroicidades de mi padre.

– Mire, señor, entiendo que es usted un hombre guapo y musculoso, pero sus días de jugar al fútbol con un brazo roto pasaron hace cuarenta y tantos años -dijo, y parecía que aquella discusión llevaba desarrollándose ya un buen rato.

Mi padre abrió la boca, y yo intervine antes de que las cosas fueran a peor.

– Papá, por favor, deja que te pongan la inyección. Creo que no puedo verte sufrir más -le dije. Después me incliné hacia él y añadí-: No me hagas llamar a mamá Parker. Ya sabes lo que va a decir ella.

Los dos sabíamos que yo lo había amenazado con sacar el armamento pesado, y él me miró con miedo.

– No hay por qué molestarla -dijo, y me apretó la mano. Después le gruñó al enfermero-: Adelante, póngame esa maldita inyección. Pero sólo esta vez.

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