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Электронная книга - «Rosa candida». Краткое содержание книги:

El joven Arnljótur decide abandonar su casa, a su hermano gemelo autista, a su padre octogenario y los paisajes crepusculares de montañas de lava cubiertas de líquenes. Su madre acaba de tener un accidente y, al borde de la muerte, aún reúne fuerzas para llamarle y darle unos últimos consejos. Un fuerte lazo les une: el invernadero donde ella cultivaba una extraña variedad de rosa: la rosa cándida, de ocho pétalos y sin espinas. Fue allí donde una noche, imprevisiblemente, Arnljótur amó a Anna, una amiga de un amigo. En un país cercano, en un antiguo monasterio, existe una rosaleda legendaria. De camino hacia ese destino, Arnljótur está, sin saberlo, iniciando un viaje en busca de sí mismo, y del amor perdido.
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– ¿Tiene pijama nuevo? -pregunta.

– Sí, lo compramos hoy los dos juntos, cuando fuimos al pueblo -respondo, y pongo a mi hija sobre la mesa para que su madre pueda ver su pijama de franela rosa de dos piezas con conejitos verdes.

– Precioso -dice ella, asintiendo con la cabeza para recalcar sus palabras-, preciosísimo -pero en vez de mirar a su niña me mira a mí, con ojos verde mar. La niña extiende las manos para abrazar a su madre, luego vuelve a apoyar la cabeza en mi mejilla, quiere irse a dormir.

– Mimi -dice de nuevo la niña modelo, con voz bien clara.

Instalo a la niña en la cuna con barandilla que me trajeron los monjes, sigue siendo un misterio insondable de dónde pudo sacar la cuna el padre Tomás. Aunque he corrido las cortinas, es como si la niña estuviera siempre nimbada de luz, y no soy el único que se ha dado cuenta del brillo que rodea a mi hija, incluso cuando el cielo está nublado como hoy; entre otros, la anciana del piso de arriba, cuando fui a devolverle la plancha. La niña no tarda nada en dormirse, y cuando salgo de la habitación, la madre de mi hija sigue enfrascada en sus ciencias de la vida junto a la mesa de la cocina. Veo que ha fregado los platos y ha recogido los juguetes de la pequeña. Pienso si debería proponerle que saliera ella sola esta noche un rato a dar un paseo y ver la aldea. Le podría dibujar un mapa del pueblo, con la calle mayor y el lugar donde desemboca nuestra calle; serían dos rayas, en realidad una cruz en el papel. También podría señalar dos o tres sitios a los que podría gustarle ir: la iglesia, el ayuntamiento, la oficina de correos y el café de al lado, todo se ve en un momento. ¿Podría darle la sensación de que quiero librarme de ella, como si tuviera miedo de su presencia cuando la niña está dormida? ¿Y si se pierde y alguien la molesta? Lo que hago a lin de cuentas es sentarme delante de ella y de pronto siento la necesidad de contarle alguna cosa de carácter personal y muy importante en mi vida, de la que ella no debe de saber nada todavía.

Saco una foto en la que estamos Jósef y yo, y se la enseño. Estamos uno al lado del otro en el jardín de casa, pero a pesar de la costumbre, no le tengo cogida la mano.

– ¿Es un primo tuyo? -pregunta Anna.

La pregunta no me sorprende, Jósef es una cabeza más bajo que yo y no podría ser más distinto de aspecto. Es una primera reacción de lo más natural. Pero no es el aspecto lo que le hace distinto a los demás; a primera vista no se puede ver nada raro en Jósef, en realidad es simplemente un joven apuesto, de pelo moreno, con la piel tostada como si acabara de llegar de pasar una temporada tomando el sol en la playa, y con ojos castaños. A muchas mujeres les resulta atractivo, incluso después de darse cuenta de que no habla. Como tantas veces oí decir lo guapo que era mi hermano gemelo, acabé convencido de que yo no podía serlo, que tenía que ser justo lo contrario.

– En realidad somos hermanos gemelos.

Me mira a los ojos sin pestañear. Los ojos de Anna no son de un color frecuente, verde azulados más que verde mar.

– ¿Qué quiere decir que sois en realidad hermanos gemelos?

– Bueno, no nacimos el mismo día pero somos gemelos, estuvimos los dos juntos en el vientre de nuestra madre. Lo cierto es que yo nací primero y mi hermano dos horas después, justo pasada la medianoche, el día siguiente. Por eso somos gemelos en sentido estricto y celebramos el cumpleaños el mismo día, optamos por el mío, el nueve de noviembre.

– Nunca me hablaste de tu hermano, siempre creí que eras hijo único.

– Sí, pero tengo un hermano. Cuando murió mamá, se fue a vivir a un centro tutelado. No se sabe realmente lo que tiene, los diagnósticos no son coincidentes, probablemente sea alguna clase de falta de conexión entre los hemisferios cerebrales, o de autismo. No habla, es el silencioso de la familia. La gente que ignora que tiene algún problema no suele notar nada raro, les encanta encontrar un buen oyente -digo con una sonrisa.

Anna asiente, parece mostrarse comprensiva y sinceramente interesada por lo que le he contado de Jósef. Pregunta más detalles sobre los diagnósticos, tengo la sensación de que he entrado en su propio terreno, el campo de las ciencias genéticas. Cierra el grueso volumen que está sobre la mesa, pero ahora sin dejar dentro el lápiz, creo que no es algo puramente momentáneo, que por esta noche ha dejado de estudiar.

– Se comporta de una forma bastante normal y sabe apañárselas estupendamente. Saluda a la gente dándoles la mano y siempre está aseado y elegante; claro, que a veces lleva una ropa de colores un tanto chillones.

En la foto que le enseño a Anna, lleva una camisa violeta con estampado de mariposas, la última camisa que le compró mamá, y una corbata verde menta. Somos papá y yo quienes le hacemos el nudo de la corbata, él no es capaz de hacerlo por sí solo. Cuando viene a dormir a casa dobla todas las prendas con un cuidado exquisito y las coloca en su antiguo armario ropero, aunque vaya a dormir en casa una sola noche. Tres minutos después de levantarse, ya tiene la cama hecha, lisa y en perfecto estado, como en una habitación de hotel atendida por tres camareras.

Anna pregunta más detalles sobre los sistemas de vida que ha desarrollado mi hermano gemelo.

– Toda su vida sigue rutinas fijas -respondo-. Cuando mi hermano viene de visita los fines de semana siempre quiere hacer las mismas cosas, seguir sus costumbres, le gusta hacer palomitas de maíz y bailar conmigo.

E1 primer fin de semana que pasó en casa después ile la muerte de mamá, parecía taciturno e inseguro. Estaba acostumbrado a que mamá se ocupara de él y anduviera siempre cerca de donde estuviera él, y salió muchas veces al jardín para buscarla en el invernadero. El siguiente ya sabía que la rutina había cambiado y pareció adaptarse a las nuevas circunstancias. Había desarrollado un nuevo sistema.

– En realidad tiene una gran capacidad de adaptación -digo.

Anna asiente, sabe adonde quiero llegar. Cojo la botella de vino y la vacío en dos vasos.

– Lo que hace que mi hermano gemelo sea tan distinto a los demás es que nunca cambia de humor, en realidad está siempre contento -continúo-. Es una alegría real, no forzada, una bombilla de color en la puerta de la calle, y le fascina la belleza del mundo. Es muy buena persona -es ya el final de mi descripción-, incapaz de decir una mentira.

Sonrío. Ella también sonríe.

– ¿Y tú? ¿Tú dices mentiras a veces? -pregunta, mirándome a los ojos.

Su pregunta me sorprende, siento los latidos de mi propio corazón debajo del jersey.

– No, pero quizá no digo todo lo que pienso -le respondo.

Más tarde preparo otra vez el sofá cama para dormir. Intento que no me altere, acostado bajo las sábanas, que mi amiga esté durmiendo sola en una cama grande, a pocos metros de distancia. Lo sustituyo por ir pensando en las comidas de mañana, la cuestión es si seré capaz de hacer algún postre y, en ese caso, si las natillas de chocolate de la receta de mamá podrían ser una buena alternativa.

Capítulo 56

Hace tres días que mi hija y su madre aterrizaron, por así decir, en mi vida sin previo aviso, y por primera vez salimos juntos con la niña en el cochecito. Tenemos una misión concreta, voy a enseñarle a la madre de mi hija dónde está la biblioteca. Anna ha transformado el coche en silla y nos turnamos para empujarlo. Nuestra hija lleva el vestido amarillo de flores y un lazo en el pelo. La gente nos mira de tal forma que ardo en deseos de decirles a todos que no somos pareja, y que el simple hecho de que estemos paseando juntos a nuestra hija no quiere decir que nos acostemos juntos, se trata de una situación puramente coyuntural.

La biblioteca está al lado del café, y antes de que Anna se sumerja en la ciencia nos sentamos a una de las tres mesas de la acera, uno enfrente del otro con la sillita en medio de los dos. Le pongo el freno y Anna atusa a la niña, le ata el cordón del gorro, que se había soltado, y le da una fresa que la pequeña se mete inmediatamente en la boca. En la mesa de al lado de la nuestra hay una pareja mayor, y oigo al marido decir que tomará lo mismo que su mujer. ¿Será símbolo de una relación dichosa que los dos pidan lo mismo? ¿Debo decir yo también que tomaré lo mismo que Anna, la madre de mi hija? Practico mentalmente diversas respuestas en el dialecto de los nativos, sobre mis hombros descansa la responsabilidad de hablar por ambos, ya que llevo dos meses viviendo en el pueblo.

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