Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
– ¿Alguna posibilidad de que ella pudiera haber estado liada con uno de ellos?
Bella negó con la cabeza.
– Eso va contra las reglas. Me parece que no es bueno que los hombres y las mujeres que viven en mi casa se hagan compañía, al menos mientras vivan bajo el mismo techo. Al principio no tenía ninguna regla establecida con respecto a eso, cuando el señor McHaggis murió y yo comencé a tener huéspedes. Pero pensé… -Miró el póster que había en la puerta-. Pensé que las cosas se volverían innecesariamente complicadas si mis huéspedes…, digamos, que si confraternizaban… Tensiones latentes, la posibilidad de rupturas, celos, lágrimas… Peleas en la mesa del desayuno… De modo que decidí establecer esa regla.
– ¿Y cómo sabe si los huéspedes la respetan?
– Créame -dijo Bella-. Lo sé.
Barbara se preguntó si eso significaba que inspeccionaba las sábanas.
– Pero ¿supongo que Jemima conocía a los otros huéspedes?
– Por supuesto. Conocía más a Paolo, supongo. Él fue quien la trajo a esta casa. Me refiero a Paolo di Fazio. Nacido en Italia, pero nadie lo diría. No tiene nada de acento. Y tampoco…, bueno, ningún mal hábito italiano, ya sabe.
Barbara no lo sabía, pero asintió amablemente. Se preguntó cuáles podían ser esos malos hábitos italianos. ¿Poner salsa de tomate en los cereales?
– Su habitación es la que está más cerca de la de ella -siguió explicando la mujer-. Jemima trabajaba en una tienda en la zona de Covent Garden, y Paolo tiene un puesto en Jubilee Market Hall. Yo tenía una habitación disponible; quería otro huésped; esperaba que fuese una mujer. Y Paolo sabía que ella estaba buscando un alojamiento permanente.
– ¿Y qué me puede decir de su otro huésped?
– Frazer Chaplin. Vive en el apartamento del sótano.
Bella señaló la puerta donde estaba fijado el póster.
– O sea, ¿que es suyo? ¿El póster?
– No. Es sólo la entrada de su apartamento. Ella me trajo el póster, Jemima. Supongo que no la hacía muy feliz que lo hubiese puesto aquí, donde nadie puede verlo. Pero…, bueno, allí lo tiene. No había otro lugar disponible donde colocarlo.
A Barbara le parecía que había espacio más que suficiente, incluso con la gran cantidad de carteles que describían las reglas de la casa. Echó un último vistazo al póster antes de repetirle a Bella que quería ver la habitación de Jemima Hastings. Se parecía a la joven que aparecía en las fotos de la autopsia que Barbara había visto que Isabelle Ardery colgaba aquella mañana en el centro de coordinación. Pero, como siempre, resultaba increíble ver las diferencias entre alguien con vida y un cadáver.
Siguió a Bella al piso superior, donde Jemima disponía de una habitación que daba a la fachada de la casa. La habitación de Paolo se encontraba justo en la parte posterior del corredor, dijo Bella, mientras que su habitación estaba un piso aún más arriba.
Abrió la puerta de la habitación de Jemima. No estaba cerrada y tampoco había llave por dentro. Pero eso no significaba que no hubiera una llave en alguna parte de la habitación, supuso Barbara, aunque encontrarla sería un desafío digno de Hércules en los establos de Augías.
– Ella era un poco como una urraca -dijo Bella, que venía a ser como decir que Noé era un constructor de botes de remos.
Barbara jamás había visto un desorden semejante. La habitación tenía un tamaño agradable, pero contenía una enorme cantidad de objetos. Ropa tirada sobre la cama sin hacer, en el suelo y sobresaliendo de los cajones de la cómoda; revistas y periódicos y mapas y folletos de los que reparte la gente por la calle; barajas de naipes mezcladas con tarjetas comerciales y postales; montones de fotografías sujetas con bandas elásticas…
– ¿Cuánto tiempo llevaba viviendo aquí? -preguntó Barbara. Era inconcebible que una sola persona fuese capaz de acumular semejante cantidad de cosas en menos de cinco años.
– Casi siete meses -dijo Bella-. Hablé con ella acerca de esto. Me dijo que ya encontraría el momento de ordenar la habitación, pero creo…
Barbara miró a la mujer. Bella se estiraba el labio inferior con expresión pensativa.
– ¿Qué? -preguntó Barbara.
– Creo que le daba cierta sensación de bienestar. Me atrevería a decir que no podía desprenderse de nada de todo esto.
– Sí. Bueno. -Barbara suspiró-. Todo esto tendrá que ser revisado y examinado. -Sacó el teléfono móvil y lo abrió-. Voy a llamar para pedir refuerzos -le dijo a Bella.
Lynley utilizaba el coche como una excusa, porque era lo más fácil para decirse a sí mismo y, por ende, a Charlie Denton que quería estar solo. No solía decirle a Denton adonde iba, pero sabía que el joven todavía no había dejado de preocuparse acerca de su estado mental. De modo que apareció de pronto en la cocina donde Denton estaba usando sus considerables habilidades culinarias para preparar un adobo para un pescado y le dijo: «Estaré fuera un rato, Charlie. Iré un par de horas a Chelsea». Advirtió la expresión de placer que se dibujó brevemente en su rostro. Chelsea podía significar cientos de destinos diferentes, pero Denton pensó que sólo había uno que pudiese hacer que Lynley saliera de Belgravia.
– Pensaba presumir de coche nuevo -añadió Lynley.
– Deberá tener cuidado entonces. No querrá que estropee la pintura.
Lynley le prometió que haría todo lo posible por impedir semejante tragedia y se dirigió al garaje, donde guardaba el coche que finalmente había comprado para reemplazar al Bentley, que había quedado reducido a un amasijo de restos metálicos hacía cinco meses por obra y gracia de Barbara Havers. Abrió con su llave la puerta del garaje y allí estaba. La verdad era que sentía un deje de excitación de propietario al contemplar la belleza cobriza de aquel chisme. Eran sólo cuatro ruedas y un medio de transporte, pero había transporte y «transporte», y éste era indudablemente «transporte».
Tener el Healey Elliott le daba algo en qué pensar cuando estaba conduciendo, además de dar vueltas a todas aquellas cosas en las que no quería pensar. Esa había sido una de las razones por la que había comprado el coche. Uno tenía que considerar cuestiones como dónde aparcarlo y qué ruta tomar desde el punto A hasta el punto B a fin de evitar altercados con ciclistas, taxistas, conductores de autobuses y peatones que tiraban de maletas con ruedas sin prestar atención a por dónde iban. Y luego estaba la cuestión esencial de que quedara limpio, de mantenerlo bien a la vista cuando se veía obligado a aparcarlo en una zona ligeramente peligrosa, de mantener el aceite inmaculado y las bujías prácticamente esterilizadas, y las ruedas balanceadas y los neumáticos hinchados con la presión adecuada. Era, por lo tanto, un coche inglés antiguo como todos los coches ingleses antiguos. Exigía una vigilancia y un mantenimiento constantes. En resumen, era exactamente lo que necesitaba en este momento de su vida.
La distancia que separaba Belgravia de Chelsea era tan mínima que podría haber ido andando, independientemente del calor y las multitudes de compradores que llenaban King's Road. Menos de diez minutos después de haber cerrado la puerta principal de su casa, conducía a paso de tortuga por Cheyne Road, buscando algún lugar donde aparcar cerca de Lordship Place. La suerte quiso que un camión que estaba haciendo una entrega en el King's Head & Eight Bells dejase libre un lugar junto al bordillo cuando se aproximaba al pub. Caminaba ya hacia la alta construcción de ladrillo en la esquina de Lordship Place y Cheyne Walk cuando oyó una voz de mujer que le llamaba:
– ¡Tommy! ¡Hola!
La voz llegaba de la dirección del pub donde, según pudo ver, sus amigos estaban doblando la esquina desde Cheyne Walk y el Embankment de Chelsea. Probablemente venían de dar un paseo junto al río, ya que Simon Saint James llevaba a su perra en brazos -una dachshund de pelo largo que odiaba el calor tanto como los paseos- y su esposa, Deborah, caminaba a su lado, cogida de su brazo y con un par de sandalias colgando entre los dedos.