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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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Siguió cepillando a la perra una y otra vez. Oyó que Tess lanzaba un gemido. Lo estaba haciendo con demasiada fuerza. Aflojó la presión. Cepilló a la perra.

De modo que se habían dirigido al granero y, antes de llegar allí, Gordon había tratado de aparentar que la visita de aquel desconocido estaba relacionada con la tierra. Señaló hacia diferentes lugares y pareció divertir al otro hombre, que sonrió.

– Tengo entendido que tu amiguita ha desaparecido -dijo el hombre una vez que estuvieron dentro de los frescos confines del granero-. Aunque a mí me parece -explicó, con un guiño y un gesto grosero que pretendía que pasara por sexual- que no tienes problemas en ese aspecto. Es una chica preciosa, más guapa que la otra. Muslos buenos y firmes, imagino. Fuertes también. La otra era más pequeña, ¿verdad?

– ¿Qué quieres? -le había preguntado-. Tengo mucho trabajo, y Gina también, y estás bloqueando el camino con tu coche.

– Eso complica un poco las cosas, ¿no? Yo bloqueando el camino. ¿Adonde ha ido la otra?

– ¿Qué otra?

– Ya sabes a qué me refiero, tío. Me llegó el rumor de que alguien estaba muy cabreado contigo. ¿Dónde está la otra? Confiésate aquí conmigo, Gordon. Sé que puedes hacerlo.

No tenía otra alternativa que contárselo: lo de Jemima, abandonando el New Forest sin su coche sólo Dios sabe por qué motivo, dejando la mayor parte de sus pertenencias. Si no le contaba eso, era jodidamente consciente de que llegaría a saberse de todos modos, y lo pagaría caro.

– ¿Dices que ella, simplemente, se largó? -había preguntado el hombre.

– Así es.

– ¿Por qué? ¿No se lo estabas haciendo bien Gordon? ¿Un hombre agradable, atlético como tú, un hombre con todas las partes adecuadas en los lugares adecuados?

– No sé por qué se marchó.

El otro hombre le estudió. Se quitó las gafas y las limpió con un paño especial que sacó del bolsillo.

– No me vengas con ésas -dijo, y su tono de voz ya no era el falsamente jovial que había empleado antes, sino que ahora era más bien helado, como una cuchilla que se siente helada cuando se la presiona contra la piel caliente-. No me tomes por imbécil. No me gusta que tu nombre aparezca en una conversación. Hace que me sienta muy incómodo. O sea, ¿que sigues diciendo que ella se largó y que no sabes por qué lo hizo? No me lo trago.

La preocupación de Gordon había sido que Gina entrase en el granero, que quisiera saber o ayudar, interceder o proteger, porque ésa era su naturaleza.

– Dijo que no podía soportarlo -intervino Gordon-. ¿De acuerdo? Dijo que no podía soportarlo.

– ¿Soportar qué? -Esbozó una lenta sonrisa. En ella no había ni una pizca de humor, no podía haberlo-. ¿Ella no podía soportar qué, cariño? -había repetido.

– Tú bien que lo sabes, coño -dijo casi en un susurro.

– Ah…, venga no te pongas chulo conmigo, tío. ¿Chulería? Eso no va contigo.

Capítulo 9

Finalmente, la investigación realizada casa por casa en Stoke Newington no dio ningún resultado; tampoco la búsqueda perimetral en los alrededores de la capilla ni haber cuadriculado todo el frondoso cementerio para realizar la búsqueda siguiendo ese método. Contaban con personal suficiente para hacerlo -de la comisaría local y de agentes que habían llegado desde otras zonas-, pero el resultado final fue que no obtuvieron ni testigo, ni arma, ni bolso, ni monedero ni identificación. Sólo una admirable limpieza de basura en el cementerio. Por otra parte, habían recibido cientos de llamadas y una descripción transmitida al SO5 había indicado una posible pista. A ello había contribuido la circunstancia de que el cadáver en cuestión tuviese unos ojos inusuales: uno verde y el otro marrón. Una vez que introdujeron ese dato en el ordenador, el campo de las personas desaparecidas se redujo a una.

La información decía que esa mujer había desaparecido de su vivienda en Putney. Enviaron al lugar a Barbara Havers, dos días después del descubrimiento del cadáver, a Oxford Road, que estaba equidistante de Putney High Street y Wandsworth Park. Al llegar allí aparcó ilegalmente en una zona reservada sólo para residentes, colocó a la vista una identificación policial y llamó al timbre de una casa adosada cuyo jardín delantero parecía ser el centro de reciclaje de la calle, si uno se guiaba por las latas y los recipientes de plástico. Se topó en la puerta con una mujer mayor con un corte de pelo militar, y un vello facial algo militar también. Iba vestida con ropa para hacer ejercicio y calzaba unas inmaculadas zapatillas blancas con cordones rosa y púrpura. Dijo llamarse Bella McHaggis, y se quejó de que ya era hora de que apareciera un policía de una puta vez y que aquélla era la clase de incompetencia que pagaban sus impuestos y que el puto Gobierno no puede hacer ni una sola cosa bien: porque mire el estado en que están las calles, por no hablar del metro. Y ella había llamado a la Policía hacía ya dos días y…

Bla, bla, bla, pensó Barbara. Mientras Bella McHaggis daba rienda suelta a sus sentimientos, ella echó un vistazo a la casa: suelos de madera sin alfombrar, un perchero con paraguas y abrigos. En la pared, había un documento enmarcado que anunciaba: Reglas de la casa para los inquilinos; a su lado un cartel decía: Dueña en casa.

– Con los huéspedes nunca es suficiente insistir sobre las reglas de la casa -aseguró Bella McHaggis-. Las tengo por todas partes. Las reglas, quiero decir. Es de gran ayuda.

Condujo a Barbara a un comedor. Después dejaron atrás una gran cocina y, finalmente, llegaron a una sala de estar en la parte trasera de la casa. Una vez allí, Bella McHaggis anunció que su inquilina -que se llamaba Jemima Hastings- había desaparecido, y que si el cuerpo de la mujer que habían encontrado en Abney Park tenía un ojo verde y el otro marrón… La mujer intentó leer la expresión en el rostro de Barbara.

– ¿Tiene alguna foto de esa mujer? -preguntó Barbara.

– Sí, sí, por supuesto- contestó Bella.

Dijo: «Venga por aquí», y llevó a Barbara a través de una puerta situada en el otro extremo de la sala de estar, lo que las condujo a un estrecho corredor que se extendía en dirección a la zona delantera de la casa. A un lado del pasillo se elevaba la parte trasera de una escalera, y frente a ellos, en la parte inferior, había una puerta que parecía hubieran querido ocultar. Sobre la puerta había un póster. La iluminación era escasa, pero Barbara alcanzó a ver que el póster mostraba una fotografía en blanco y negro de una mujer joven, de pelo claro que se agitaba sobre su rostro por el viento. Compartía el cuadro con tres cuartas partes de la cabeza de un león, que aparecía desenfocada detrás. El león, que era de mármol y estaba ligeramente veteado por el paso del tiempo, parecía dormir. El póster era un anuncio del Retrato del año de Cadbury y evidentemente se trataba de alguna clase de concurso. Sus ganadores participaban en una exposición en la National Portrait Gallery, en Trafalgar Square.

– ¿Es Jemima? -preguntó Bella McHaggis.

– No es propio de ella haberse marchado de ese modo, sin decírnoslo. Cuando vi la noticia en el Evening Standard, pensé que si la mujer tenía esa clase de ojos, de dos colores diferentes… -Sus palabras se extinguieron cuando Barbara se volvió hacia ella.

– Me gustaría ver su habitación -dijo Barbara.

Bella McHaggis emitió un leve sonido, algo entre un suspiro y un lamento. Barbara vio que se trataba de una persona decente.

– En realidad no estoy segura, señora McHaggis.

– Es sólo que acaban convirtiéndose en parte de la familia -dijo Bella-. La mayoría de mis huéspedes…

– ¿Así que tiene más? Tendré que hablar con ellos.

– En este momento no están aquí. Están trabajando, ¿sabe? Sólo hay dos, aparte de Jemima, quiero decir. Chicos. Unos jóvenes muy agradables.

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