Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
– ¿No está demasiado caliente el pavimento para tus pies descalzos? -preguntó.
– Absolutamente horrible -admitió ella alegremente-. Quería que Simon me cogiera en brazos, pero ante la disyuntiva de Peach o yo, el maldito escogió a Peach.
– El divorcio es la única respuesta -repuso Lynley. Sus amigos se acercaron y Peach, que le reconoció como un habitual, se retorció para que la bajasen al suelo y pudiese volver a dar brincos y exigir que la cogieran nuevamente en brazos. Ladró, agitó la cola y dio unos cuantos brincos más mientras Lynley estrechaba la mano de Saint James y aceptaba el impetuoso abrazo de Deborah.
– Hola, Deb -dijo con la cara contra su pelo.
– Oh, Tommy -dijo ella a modo de respuesta. Luego, retrocedió unos pasos y cogió en brazos a la perra, que continuaba retorciéndose, ladrando y exigiendo que le prestasen atención-, tienes muy buen aspecto. Es genial verte. Simon, ¿no crees que Tommy tiene muy buen aspecto?
– Casi tan bueno como el coche. -El hombre se había acercado a echarle un vistazo al Healey Elliott. Lanzó un silbido de admiración-. ¿Acaso lo has traído para regodearte? Por Dios, es una belleza. Mil novecientos cuarenta y ocho, ¿verdad?
Saint James amaba los coches antiguos; él mismo conducía un viejo MG, modificado para adaptarlo a su pierna izquierda ortopédica. Era un TD clásico, circa 1955, pero la antigüedad del Healey y su forma lo convertían en un coche raro y muy atractivo a la vista. El hombre meneó la cabeza -el pelo oscuro demasiado largo como siempre, Deborah seguramente le daba la vara todo el día para que se lo cortase- y lanzó un suspiro.
– ¿Dónde lo encontraste? -preguntó.
– En Exeter -respondió Lynley-. Lo vi anunciado. El pobre tío dedicó años de su vida a restaurarlo, pero su esposa lo consideraba un rival…
– ¿Y quién puede culparla? -apuntó Deborah deliberadamente.
– Y no le dejó en paz hasta que lo vendió.
– Una locura total -musitó Saint James.
– Sí. Bueno. Allí estaba yo con el dinero en metálico y un Healey Elliott frente a mí.
– ¿Sabes?, Deborah y yo hemos estado en Ranelagh Gardens hablando acerca de nuevas posibilidades de adopción. Veníamos de allí ahora mismo. Pero ¿quieres que te diga la verdad? Condenados bebés. Antes preferiría adoptar este coche.
Lynley se echó a reír.
– ¡Simón! -protestó Deborah.
– Los hombres somos así, amor mío. ¿Cuándo has vuelto, Tommy? Vamos dentro. Estábamos hablando con Deborah de tomar una cerveza en el jardín. ¿Nos acompañas?
– ¿Para qué, si no, es el verano? -contestó Lynley. Les siguió al interior de la casa, donde Deborah dejó a la pequeña perra en el suelo. Peach corrió a la cocina en la eterna búsqueda de comida propia de los daschshund-. Dos semanas -le dijo a Saint James.
– ¿Dos semanas? -dijo Deborah-. ¿Y no nos llamaste por teléfono? Tommy, ¿alguien más sabe que has vuelto?
– Denton no lo ha festejado a lo grande con el vecindario, si a eso te refieres -dijo Lynley con tono seco-. Pero porque yo se lo pedí. Charlie habría contratado aviones que escribiesen mensajes en el cielo, si se lo hubiera permitido.
– Debe de estar feliz de que hayas vuelto a casa. Nosotros estamos felices de que hayas regresado a casa. Estás destinado a estar en casa. -Deborah dio unas breves palmadas y llamó a su padre. Lanzó las sandalias a la base de un perchero y dijo por encima del hombro-: Le pediré a papá que nos prepare las bebidas -dijo, y siguió la misma dirección que la perra, hacia la despensa, situada en el sótano de la parte trasera de la casa.
Lynley la miró cuando se alejaba y se dio cuenta de que había perdido contacto con lo que significaba estar cerca de una mujer a la que conocía bien. Deborah no se parecía en nada a Helen, pero la igualaba en cuanto a energía y vivacidad. Ese pensamiento le produjo un dolor súbito y se quedó sin aliento durante un momento.
– Vamos fuera, ¿quieres? -dijo Saint James.
Lynley comprobó que su viejo amigo le entendía a la perfección.
– Gracias -dijo.
Encontraron un lugar debajo del cerezo ornamental donde había varios sillones de mimbre gastados alrededor de una mesa. Deborah se reunió con ellos. Llevaba una bandeja donde había colocado una jarra de Pimm's, un cubo con hielo y vasos que exhibían los indispensables trozos de pepino. Peach llegó tras ella y, a continuación, apareció Alaska, el gran gato gris de los Saint James, que inmediatamente se ocupó de escabullirse sigilosamente a lo largo del reborde de hierba en busca de roedores imaginarios.
Alrededor de ellos se oían los sonidos de Chelsea en verano: coches lejanos que se desplazaban junto a Embankment, el gorjeo de los gorriones en los árboles, gente que llamaba desde el jardín de la casa de al lado. El aire estaba impregnado del olor de una barbacoa y el sol seguía cociendo la tierra.
– He tenido una visita inesperada -dijo Lynley-. La superintendente interina Isabelle Ardery.
Les explicó brevemente lo esencial de la visita de Ardery: la petición de ella, y su indecisión.
– ¿Qué piensas hacer? Quizás haya llegado el momento de que vuelvas, Tommy.
Lynley miró más allá de sus amigos hasta las flores que crecían en el reborde de hierba en la base del viejo muro de ladrillo que señalaba el límite del jardín. Alguien -Deborah probablemente- les había prodigado un visible cuidado; seguramente, habría reciclado el agua con la que fregaban los platos. Este año tenían mejor aspecto que el anterior: estallaban llenos de vida y color.
– Pude hacer frente al cuarto del niño en Homenstown… y su ropa de campo. Y con parte del cuarto del niño aquí también. Pero no he sido capaz de enfrentarme con sus cosas aquí, en Londres. Pensé que estaría preparado cuando llegué hace dos semanas, pero parece que no es así. -Bebió un trago y miró el muro del jardín por donde trepaban las clemátides, una explosión de flores color lavanda-. Todo está aún allí, en el armario y en la cómoda. También en el baño: cosméticos, sus frascos de perfume. En el cepillo todavía quedan hebras de su pelo… Era tan oscuro, ¿sabéis?, con reflejos castaños.
– Sí -dijo Saint James.
Lynley lo percibió en la voz de Simon: el terrible pesar que Saint James no expresaría, creyendo cuando lo hacía que, por justicia, la aflicción de Lynley era infinitamente mayor. Y ello a pesar del hecho de que su amigo también había amado a Helen y, en una ocasión, había intentado casarse con ella. Dijo: «Por Dios, Simon…», pero Saint James le interrumpió.
– Tendrás que darte tiempo.
– Hazlo -dijo Deborah, y miró a ambos.
Lynley se dio cuenta de que ella también lo sabía. Y pensó en todas las maneras en las que un estúpido acto de violencia había afectado a tanta gente, tres de los cuales estaban sentados en el jardín de verano, cada uno de ellos reacio a pronunciar su nombre.
La puerta de la cocina se abrió y se dieron la vuelta para anticiparse a quienquiera que estuviese a punto de aparecer. Resultó ser el padre de Deborah, quien hacía mucho tiempo que llevaba la casa y era, a su vez, un ayudante de Saint James. Al principio, Lynley pensó que su intención era unirse a ellos, pero, en lugar de eso, Joseph Cotter le dijo a su hija:
– Más compañía, querida. ¿Me preguntaba…?
Inclinó ligeramente la cabeza hacia Lynley.
– Por favor, no deje de recibir a alguien por mi causa, Joseph -dijo Lynley.
– Me parece razonable -contestó Cotter, y luego a Deborah-. Excepto que pensé que Su Señoría quizás no querría…
– ¿Por qué? ¿Quién es? -preguntó Deborah.
– La sargento detective Havers -dijo-. No estoy seguro de qué es lo que desea, querida, pero pregunta por ti.