Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
– Espero que no piense que Sid…
– Ya conocen la rutina. Seguir cada una de las pistas y todo eso. -Volvió a enrollar el póster y los miró. No había duda de que pasaba algo-. Después de haberla conocido y tras hacer la fotografía en el cementerio, ¿volvió a verla?
– Jemima vino a la inauguración de la exposición en la Portrait Gallery. Todos estaban invitados.
– ¿Pasó algo allí?
Deborah miró a su esposo como si buscase información. Él negó con la cabeza y se encogió de hombros.
– No. No que yo… -empezó ella-. Bueno, creo que ella había bebido un poco demasiado champán, pero había un hombre con ella que se encargó de que llegase a casa. Eso fue realmente todo…
– ¿Un hombre? ¿Sabe su nombre?
– No, lo he olvidado. No pensé que necesitaría… Simon, ¿tú recuerdas su nombre?
– Sólo me acuerdo de que era moreno. Y sobre todo lo recuerdo porque… -Dudó un momento, claramente reacio a completar la frase.
Barbara lo hizo por él.
– ¿Por Sidney? Antes dijo que le gustaban los morenos, ¿verdad?
Bella McHaggis nunca se había encontrado en la situación de tener que reconocer un cadáver. Por supuesto, había visto cuerpos inertes. En el caso del difunto señor McHaggis incluso había modificado el escenario donde se había producido la muerte, a fin de proteger la reputación del pobre hombre antes de llamar a urgencias. Pero nunca la habían llevado a una habitación donde la víctima de una muerte violenta yaciera cubierta con una sábana. Ahora que ya lo había hecho, estaba más que dispuesta a acometer cualquier clase de actividad que barriese aquella imagen mental de su cabeza.
Jemima Hastings -no había ninguna duda de que se trataba de Jemima- había sido colocada sobre una camilla, con el cuello vendado con varias capas de gasa como si fuese una bufanda, como si necesitara protegerse de esa habitación helada. Este detalle había hecho que Bella dedujese que a la chica le habían rajado la garganta y preguntó si era eso lo que había pasado, pero la respuesta había llegado en forma de pregunta: «¿Reconoce usted…?». Sí, sí, había contestado Bella bruscamente. Lo «supo» en el instante en que esa policía había llegado a su casa y había mirado fijamente ese póster. La policía -Bella no recordaba su nombre en ese momento- no había podido mantener la falta de expresión de su rostro, y Bella supo entonces que la chica que habían encontrado en el cementerio era la inquilina que había desaparecido de su casa.
De modo que para olvidarse de todo aquel asunto, Bella se había puesto manos a la obra. Podría haber asistido a una clase de yoga sauna, pero pensó que el trabajo era la mejor opción. Alejaría de su mente la imagen de la pobre Jemima acostada sobre esa fría camilla de acero y, al mismo tiempo, dejaría la habitación de Jemima preparada para alquilarla a otro huésped, ahora que la Policía se había llevado todos sus objetos personales. Y Bella quería otro huésped, pronto, si bien tenía que reconocer que no había tenido mucha suerte con el ramo femenino. Aun así, quería una mujer. Le gustaba la sensación de equilibrio que otra mujer le proporcionaba a la casa, aunque las mujeres eran mucho más complicadas que los hombres, y aunque se preguntara si quizás otro hombre haría que las cosas fuesen más sencillas e impediría que los hombres que ya estaban en la casa se arreglasen de esa manera. Arreglarse y pavonearse, eso era lo que hacían. Y lo hacían de un modo inconsciente, como gallos, como pavos reales, como hace cada macho de cada especie que habita en la Tierra. La calculada danza de «aquí estoy» era algo que Bella generalmente encontraba bastante divertido, pero sabía que debía considerar si no sería más fácil para todos los implicados si eliminaba de su casa esa necesidad.
Una vez que regresó de identificar el cadáver de Jemima, Bella había colgado en la ventana del comedor el cartel de Se alquila habitación y había llamado a Loot para que publicasen el anuncio. Luego había subido a la habitación de Jemima para hacer una profunda limpieza. Con las cajas y cajas y más cajas llenas de sus objetos personales ya fuera de la casa, el resto fue un trabajo que no le llevó demasiado tiempo. Pasar la aspiradora, quitar el polvo, cambiar las sábanas, aplicar un abrillantador a los muebles, una ventana hermosamente lavada -Bella se sentía especialmente orgullosa del estado de sus ventanas-, quitar las bolsas perfumadas de los cajones de la cómoda y colocar otras nuevas, quitar las cortinas para limpiarlas, apartar todos los muebles de las paredes para poder pasar la aspiradora… Nadie, pensó Bella, limpiaba una habitación como ella.
Luego se dedicó al baño. En general dejaba la limpieza de los baños a los ocupantes de las habitaciones, pero si pensaba tener pronto un nuevo huésped, parecía razonable que los cajones y los estantes de Jemima fuesen vaciados de cualquier cosa que no se hubiese llevado la Policía. No habían retirado todos los objetos que había en el baño, ya que no eran todos de Jemima, de modo que Bella se concentró en ordenar el lugar mientras lo limpiaba, que fue la razón por la que encontró -no en el cajón de Jemima, sino en el cajón superior marcado para el otro huésped- un curioso objeto que sin duda no pertenecía a ese lugar.
Era el resultado de una prueba de embarazo. Bella lo supo en el momento en que posó los ojos sobre él. Pero lo que no sabía era si el resultado era positivo o negativo, pues a su edad nunca había recurrido a esa clase de prueba. Sus hijos -que se habían marchado hacía mucho tiempo a Detroit y Buenos Aires- habían anunciado su existencia a la manera antigua de machacarle el cuerpo con náuseas matutinas casi desde el instante en el que el espermatozoide conoce al óvulo, mediante un proceso de lo más tradicional, muchas gracias, señor McHaggis. De modo que Bella, al coger del cajón el objeto de plástico delator, no estaba segura de qué era lo que mostraba el indicador. Una línea azul. ¿Eso era negativo? ¿Positivo? Tendría que averiguarlo. También tendría que averiguar qué estaba haciendo en el cajón de su otro huésped, porque seguramente él no lo había traído a casa para una cena de celebración -o, lo que era más probable, una taza de café de confrontación- con la futura madre. Si una mujer a la que se había estado beneficiando se había quedado embarazada y le había presentado la prueba, ¿por qué iba a conservarla? ¿Como recuerdo? El futuro bebé sería sin duda un recuerdo más que suficiente. No, estaba claro que esa prueba de embarazo pertenecía a Jemima. Y si no estaba entre sus objetos personales o con la basura de Jemima, había una razón para ello. Las posibilidades parecían ser muchas, pero la que Bella no quería siquiera considerar era la que confirmaba que, una vez más, dos de sus huéspedes le habían puesto una venda sobre los ojos acerca de lo que pasaba entre ellos.
Maldita sea, pensó Bella. Ella tenía unas reglas. Estaban en todas partes. Estaban firmadas, selladas e incluidas en el contrato que hacía que cada uno de sus huéspedes leyese y estampase su firma al final. ¿Acaso la gente joven estaba tan caliente que no podían dejar de entrar y salir de sus respectivas braguetas a la primera oportunidad, a pesar de que sus «reglas eran muy claras» acerca de confraternizar con otros miembros de la casa? Aparentemente sí. Aparentemente no podían. Alguien, decidió, iba a tener que escuchar cuatro cosas.
Bella estaba preparando mentalmente esa conversación cuando alguien llamó al timbre de la puerta principal. Cogió sus artículos de limpieza, se quitó los guantes de goma y bajó las escaleras. El timbre volvió a sonar. Gritó: «¡Voy!», abrió la puerta, y se encontró con una chica plantada en el porche, con una mochila a sus pies y una expresión expectante en el rostro. A Bella no le pareció inglesa y, cuando habló, su voz la delató como alguien llegado de lo que una vez había sido probablemente Checoslovaquia, pero que ahora era cualquiera de una cantidad de países con muchas sílabas, aún más consonantes y unas pocas vocales. Bella no lograba seguirles la pista y ya había desistido de hacerlo.