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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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Gina no le pedía nada. Sólo quería amarle y estar a su lado. Jemima, por otra parte, le había pedido el mundo. Al final había demandado lo imposible. Y cuando él le explicó por qué no podía darle lo que le pedía, todo se había acabado.

Antes de Jemima, él se había mantenido apartado de las mujeres. Pero cuando la conoció, vio a la chica alegre y desenfadada que ella mostraba al mundo, el espíritu juerguista, con ese espacio infantil entre sus dientes delanteros. Entonces se había dicho: «Necesito a alguien así en mi vida», pero se había equivocado. Aún no era el momento y probablemente nunca lo sería, pero aquí estaba ahora con otra mujer, tan diferente de Jemima como era humanamente posible.

No podía decir que la amaba. Sabía que debía amarla, ya que no había duda de que merecía el amor de cualquier hombre. La primera vez que entraron en aquel hotel de Sway a beber algo la tarde en que la vio en el bosque, más de un tío la había repasado con la mirada, y luego le habían mirado a él. Había sabido lo que todos ellos estaban pensando, porque uno pensaba esas cosas de Gina Dickens, no hubieran sido hombres. A Gina no parecía importarle. Ella le miró de frente, de un modo que parecía decir: «Es tuyo si lo quieres, cuando estés preparado». Y cuando él decidió que estaba preparado, porque no podía vivir como había estado viviendo en ausencia de Jemima, había aceptado su proposición. Y allí estaba ella. Y Gordon no se arrepentía en absoluto de la decisión que había tomado.

Ella lo lavó. Y todo lo demás. Y si él la tomó vigorosamente en lugar de permitirse que fuese ella quien lo hiciera, Gina no tuvo reparos. Lanzó una risa jadeante mientras la colocaba de espaldas y sus piernas se extendían para luego enlazarse alrededor de él. Encontró su boca y se abrió a él como el resto de su cuerpo. Se preguntó cómo había tenido tanta suerte y qué debería pagar por su buena fortuna.

Cuando terminaron, ambos estaban empapados. Se separaron y se echaron a reír ante el sonido de succión que producía una piel húmeda al desacoplarse de otra piel húmeda. Se ducharon juntos y ella le lavó el pelo y, cuando él volvió a excitarse, ella dijo «Santo cielo, Gordon», con la misma risa jadeante y se hizo cargo de la situación -y de él- otra vez. «Suficiente», dijo él, pero Gina respondió: «No es suficiente», y se lo demostró. Gordon sintió que se le doblaban las rodillas.

– ¿Dónde has aprendido esto, mujer? -preguntó.

– ¿A Jemima no le gustaba el sexo? -preguntó ella a su vez.

– No de este modo -contestó él, y con eso se refería a la lujuria. Para Jemima había sido seguridad. «Ámame, no me abandones.» Pero había sido ella quien se había marchado.

Eran casi las ocho cuando bajaron a la cocina a preparar el desayuno. Gina le habló de su proyecto de hacer un jardín. Él no quería un jardín con todas las complicaciones innecesarias que eso supondría para su vida, por no mencionar la colocación de sendas, la disposición de los bordes de flores, la excavación, la siembra, la construcción de cobertizos o invernaderos o lo que fuese. No quería nada de todo eso. No le había dicho nada porque le gustaba su expresión cuando hablaba de lo que el jardín significaría para ella, para ellos, y para «sus chicas», como las llamaba. Pero entonces también trajo a colación a Rob Hastings y lo que le había explicado acerca de esas tierras.

Gordon confirmó sus palabras, pero eso era todo lo que pensaba decir sobre Rob. El agister le había seguido la pista hasta el Royal Oak, como lo había hecho Meredith Powell. Como en aquella ocasión, le había dicho a Cliff que se tomara un descanso, de modo que Rob Hastings le dijera lo que fuera sin que nadie más pudiese oírlo. Para asegurarse de que así fuese, ambos se habían alejado por el sendero que llevaba a Eyeworth Pond, que no era tanto un estanque como un dique en un antiguo arroyo en cuyas aguas ahora flotaban plácidamente los patos y donde los sauces se alzaban muy juntos en las orillas, rozando el agua con sus frondosas ramas. Junto a él había un aparcamiento para vehículos de dos ruedas y, detrás, un sendero que conducía al bosque, donde el terreno estaba acolchado por décadas de hojas caídas de las hayas y los castaños.

Caminaron hasta el borde del estanque. Gordon encendió un cigarrillo y esperó. Cualquier cosa que Rob Hastings tuviera que decirle sería sobre Jemima, y él no tenía nada que decirle sobre ella, además de lo que Rob, obviamente, ya sabía.

– Ella se marchó por esa mujer -dijo Rob-, ¿verdad? La mujer que está en tu casa. Así fueron las cosas, ¿no?

– Veo que has estado hablando con Meredith.

Gordon estaba cansado de todo ese asunto.

– Pero Jemima no quiso que yo lo supiera -dijo Rob Hastings siguiendo la línea de conversación que había establecido-. No quería que supiese lo de Gina, debido a la vergüenza que le producía.

A pesar de sí mismo y de su resistencia a hablar sobre Jemima, Gordon pensó que era una teoría interesante, aunque equivocada.

– ¿Cómo lo explicarías entonces, Rob? -preguntó.

– De este modo. Ella debió de veros a los dos. Estabais en Ringwood, quizás, o incluso en Winchester o en Southampton, si Jemima había ido en busca de pedidos para el Cupcake Queen, como hacía de vez en cuando. Debió de ver algo que le dijo lo que había entre vosotros dos. Por eso te abandonó. Pero no pudo resignarse a contármelo debido a su orgullo y a la vergüenza que sentía.

– ¿Qué vergüenza?

– La de ser engañada. Debió de sentirse avergonzada sabiendo que yo le había advertido desde el primer momento que había algo en ti que no me gustaba.

Gordon dejó caer la ceniza del cigarrillo al suelo y la aplastó con la punta de la bota.

– Entonces nunca te caí bien. Lo ocultaste muy bien.

– Tuve que hacerlo cuando Jemima se lió contigo. Quería que fuese feliz, y si tú eras la persona que la hacía feliz, ¿quién era yo para decirle que había algo que no me olía bien?

– ¿Y qué era ese algo?

– Dímelo tú.

Gordon meneó la cabeza, no como un gesto de negación, sino para señalar que era inútil que intentase explicarse, ya que era improbable que Robbie Hastings creyera lo que pudiese decirle. Trató de aclarar la cuestión diciendo:

– Cuando a un tío como tú (a cualquier tío, en realidad) no le gusta alguien, cualquier cosa parece una razón suficiente para ello, Rob. ¿Sabes lo que quiero decir?

– La verdad es que no.

– Bueno, no puedo ayudarte. Jemima me abandonó, punto. Si alguien tenía a otra persona, debía de ser Jemima, porque yo no.

– ¿Quién estaba contigo antes que ella, entonces, Gor?

– Nadie -dijo Gordon-. Nunca, de hecho.

– Venga, tío. Tú tienes…, ¿qué? -Rob pareció pensar durante un momento-. ¿Treinta y un años y quieres hacerme creer que nunca habías estado con una mujer antes de conocer a mi hermana?

– Eso es exactamente lo que quiero que creas, porque es la verdad.

– Que eras virgen. Que llegaste a Jemima como una tabula rasa sin que hubieses escrito sobre ella el nombre de ninguna otra mujer, ¿es eso?

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