Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
– Así es, Rob.
Gordon sabía que Robbie no creía ni una palabra de lo que le estaba diciendo.
– ¿Eres marica? -preguntó Rob-. ¿Un sacerdote católico descarriado o algo así?
Gordon le miró fijamente.
– ¿Estás seguro de que quieres seguir por este camino, Rob?
– ¿Que se supone que significa eso?
– Oh, creo que lo sabes muy bien.
El rostro de Rob enrojeció intensamente.
– Verás, ella especulaba con frecuencia acerca de ti -dijo Gordon-. Bueno, cómo no iba a hacerlo. Pensándolo bien, es un tanto inusual. Un tío de tu edad. Cuarenta y tantos, ¿verdad?
– Esto no tiene nada que ver conmigo.
– Tampoco conmigo -dijo Gordon.
Cualquier conversación en estos términos, lo sabía, avanzaría en círculos, de modo que no insistió. Lo que tenía que decirle a Robbie Hastings era lo que Robbie Hastings sin duda ya había oído por boca de Meredith Powell, incluso de la propia Jemima. Pero descubrió rápidamente que eso no contentaría al hermano de Jemima.
– Jemima se marchó, porque no quería estar conmigo -dijo Gordon-. Eso es todo. Ese es el final de este asunto. Ella tenía prisa porque siempre la tenía, y tú lo sabes jodidamente bien. Tomaba una decisión en un instante y luego actuaba. Si tenía hambre, comía. Si tenía sed, bebía. Si decidía que quería estar con otro tío, nadie iba a convencerla de lo contrario. Eso es todo.
– ¿En resumen, Gor?
– Así son las cosas.
– Pues no te creo.
– Pues no puedo hacer nada al respecto.
Sin embargo, cuando Robbie le dejó en el Royal Oak, adonde habían regresado en un silencio sólo interrumpido por el sonido de sus pasos sobre la orilla pedregosa y las llamadas de las alondras entre los matorrales, Gordon se dio cuenta de que quería que él le creyese, porque cualquier otra cosa implicaba exactamente lo que ocurrió a la mañana siguiente, cuando Gina y él se estaban despidiendo junto a la camioneta de Gordon en el camino para irse a sus respectivos trabajos.
Un Austin se detuvo justo detrás de la vieja Toyota. Del coche bajó un tío con gafas de cristales gruesos cubiertos con otros cristales oscuros. Llevaba corbata, pero se la aflojó para que colgase del cuello. Luego se quitó los cristales oscuros, como si ello le permitiese ver mejor a Gordon y Gina. Asintió intencionadamente y dijo:
– Ah.
Gordon oyó que Gina decía su nombre en un murmullo inquisitivo y le respondió:
– Espera aquí.
Había abierto la puerta de la camioneta, y ahora la cerró antes de acercarse al Austin.
– Buenos días, Gordon -dijo el hombre-. Hoy volverá a hacer un calor de la hostia, ¿no crees?
– Así es -contestó Gordon. No dijo nada más. Pronto tendría que decirle él mismo qué quería.
Y así fue. El hombre dijo con tono amable:
– Tú y yo tenemos que hablar.
Meredith Powell había llamado a su trabajo para decir que estaba enferma. Incluso se había apretado la nariz para simular un constipado de verano. No le gustaba fingir eso, y desde luego no le gustaba nada el ejemplo que le daba a Cammie, quien la miraba con ojos grandes y curiosos desde la mesa de la cocina donde había estado metiéndose cereales en la boca con una cuchara. Pero no parecía haber otra alternativa.
Meredith había llamado a la comisaría la tarde anterior, pero no había conseguido nada. La conversación se había desarrollado de modo tal que acabó sintiéndose como una perfecta idiota. ¿Qué graves sospechas y dudas podía tener? El coche de su amiga Jemima en un granero de la propiedad donde había vivido con su pareja durante dos años; la ropa de Jemima guardada en cajas en el desván de la casa; Jemima con un nuevo teléfono móvil para impedir que Gordon Jossie pudiese localizarla; el Cupcake Queen cerrado a cal y canto en Ringwood. «Nada de todo esto es propio de Jemima, ¿no lo entiende?» Apenas había impresionado al policía con el que había hablado en la comisaría de Brockenhurst, donde se había detenido. Había pedido hablar con alguien «por un asunto de extrema urgencia». La había enviado a ver a un sargento cuyo nombre no recordaba y no quería recordar, y al final de su relato el policía le había preguntado con cierta mordacidad si no podía ser, señora, ¿que aquella gente simplemente estuviese ocupándose de sus cosas sin informarle a ella de sus movimientos porque no era asunto suyo? Ella, por supuesto, había instigado ese comentario al reconocer ante el sargento que Robbie Hastings había hablado regularmente con su hermana desde su partida a Londres. Pero, aun así, no había habido ninguna razón para que el sargento la mirase como si ella fuese algo desagradable que había encontrado pegado en la suela de su zapato. Ella no era una entrometida. Era una ciudadana preocupada. ¿Y no se suponía, acaso, que una ciudadana preocupada -que paga sus impuestos- debía informar a la Policía cuando algo iba mal?
– A mí no hay nada que me suene mal -había respondido el sargento-. Una mujer se marcha, y este tío, Jossie, encuentra otra. ¿Por qué hay que investigar algo así? Es algo que está casi de moda, ya que estamos.
Ante su exclamación de «¡por Dios!», el sargento le había dicho que llevase sus problemas a la central en Lyndhurst, si no le gustaba lo que él le decía.
No iba a pasar por todo eso. Había llamado por teléfono a la central de Policía, y eso fue todo. Luego decidió tomar las riendas del asunto. Sabía que allí fuera estaba pasando algo y tenía una idea bastante buena acerca de dónde debía comenzar a cavar para encontrarlo.
Y, para conseguirlo, necesitaba a Lexie Streener. De modo que hizo la llamada a la firma de diseño gráfico donde trabajaba, habló de un maldito constipado de verano que no quería pasarle a los otros empleados y, después de ofrecer varios estornudos artificiales a fin de que Cammie no sufriese ningún daño a causa de esta breve exposición a la prevaricación de su madre, se marchó de casa en busca de Lexie Streener.
Lexie no había necesitado la más leve persuasión para tomarse el día libre del salón de peluquería, donde su futuro como la Nicky Clarke de Ringwood no estaba llegando precisamente en las alas de Mercurio. Su padre vendía café, té, panecillos y cosas por el estilo en su caravana en un área de descanso de la A336, y su madre estaba colocando octavillas de la cuarta Bienaventuranza del Sermón de la Montaña debajo de los limpiaparabrisas de los coches que esperaban a los transbordadores que zarpaban hacia la Isla de Wight desde el muelle de Lymington, donde, según ella, tenía un público cautivo que «necesitaba» oír aquello que representaba la rectitud en la actual situación por la que atravesaba el mundo. Ninguno de ellos tenía forma alguna de saber que Lexie se había largado del trabajo -de todos modos, tampoco era que a ellos les importase demasiado, se lamentó Lexie-, de modo que no fue ningún problema llamar al salón de peluquería de Jean Michel, decir con voz quejumbrosa que había estado toda la noche descompuesta después de haber comido una hamburguesa en mal estado, y luego colgar el teléfono con un «dame un minuto para arreglarme» dirigido a Meredith.
«Arreglarse» consistió en vestirse con zapatos con plataforma, leotardos con encaje, una falda muy corta -«yo de ella no me agacharía», pensó Meredith- y una blusa cuya cintura imperio recordaba a las películas de Jane Austen o a una prenda de embarazada. Aquel último era un toque agradable e indicaba que, de alguna manera, Lexie había entendido las intenciones de Meredith.
Sus propósitos eran tortuosos aunque no ilegales. Lexie tenía que representar el papel de una chica muy necesitada de una guía seria, una guía de la que su hermana mayor -o sea, Meredith- había oído hablar como parte de un programa dirigido por una mujer joven y muy agradable recién llegada de Winchester. «No puedo hacer nada con ella. Me preocupa que se aparte del buen camino si no tomamos medidas» era el argumento general. Y planeaba llevar ese argumento primero al Brockenhurst College, adonde asistían las chicas de la edad de Lexie una vez que acababan el instituto, con la esperanza de aprender allí algo que las condujera a un futuro empleo, y no al paro.