Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
– ¿Tiene habitación? -preguntó la chica mientras señalaba hacia la ventana del comedor donde se exhibía el cartel de «se alquila»-. ¿Veo su anuncio allí…?
Bella estaba a punto de decir que sí, que ella tenía una habitación para alquilar, y «¿eres buena obedeciendo las reglas, señorita?», pero su atención se desvió hacia un movimiento en la acera mientras alguien sorteaba los matorrales que lograban crecer en su jardín delantero entre el montón de cubos de reciclaje. Era una mujer que se movía fuera del campo de visión, una mujer con un traje de lanilla hecho a medida, a pesar del intenso calor, con un pañuelo de vivos colores -su maldita marca de la casa, pensó Bella- doblado formando una cinta que sostenía una masa de pelo teñido anaranjado.
– ¡Tú! -le gritó Bella-. ¡Llamaré a la Policía! ¡Te han advertido de que te mantuvieras alejada de esta casa, y éste es el límite!
Más allá de que la actividad le llevase tiempo o no -y Barbara Havers sabía cuál era la alternativa en ese caso-, no pensaba visitar a la hermana de Simon Saint James con su indumentaria actual y con el rostro que amenazaba librarse del maquillaje emborronado a través de un sudor excesivo. De modo que en lugar de dirigirse desde Chelsea directamente a Bethnal Green, primero fue a su casa en Chalk Farm. Se lavó la cara, lanzó un suspiro de alivio y decidió transigir con la cantidad mínima de colorete. Luego se cambió de ropa -aleluya por los pantalones de hilo y las camisetas- y, habiendo recuperado de este modo su estado normal de desaliño, estaba preparada para enfrentarse a Sidney Saint James.
No obstante, su conversación con Sidney no tuvo lugar de inmediato. Cuando se marchaba de su minúscula vivienda, Barbara oyó que Hadiyyah la llamaba desde el arriba: «¡Hola, oh, hola, Barbara!», como si no la hubiese visto en un siglo o algo por el estilo. La niña continuó animosamente con:
– Hoy, la señora Silver me está enseñando a pulir la plata -y Barbara siguió el sonido de la voz hasta que vio a Hadiyyah asomada a una ventana del segundo piso de la Casa Grande -. Estamos usando polvo para hornear, Barbara -anunció la pequeña, que luego se volvió como si alguien dentro de la casa hubiese dicho algo, ante lo cual la niña se corrigió:
– Oh, con bicarbonato, Barbara. Por supuesto, la señora Silver no «tiene» nada de plata, de modo que estamos usando su cubertería, pero consigue que los cubiertos brillen mucho. ¿No es genial? Barbara, ¿por qué no llevas tu falda nueva?
– El día ha terminado, pequeña -dijo Barbara-. Es la hora de los pantalones cómodos.
– ¿Y piensas…? -La atención de Hadiyyah fue captada por alguien que estaba fuera del campo visual de Barbara. La niña se interrumpió y dijo-: ¡Papá! ¡Papá! ¡Hola! ¡Hola! ¿Voy para casa?
Hadiyyah sonaba más entusiasmada acerca de esta posibilidad de lo que había demostrado al ver a Barbara, lo que le dio a la agente una idea de cuánto estaba disfrutando en realidad la pequeña del aprendizaje de otras de las «habilidades del ama de casa», como las llamaba la señora Silver. Hasta este momento del verano habían hecho almidonado, habían planchado, habían quitado el polvo, habían pasado la aspiradora y eliminado el sarro de los cacharros del lavabo, y había aprendido las múltiples aplicaciones del vinagre blanco, tareas todas ellas que Hadiyyah había dominado con obediencia y que luego había comunicado a Barbara haciendo una demostración para ella, o bien para su padre. Pero la frescura de la rosa de las habilidades domésticas se había marchitado -como no podía ser de otra manera, pensó Barbara-, y aunque Hadiyyah era una niña demasiado educada como para quejarse ante una mujer mayor, ¿quién podía culparla por abrazar la idea de huir de una alegría que aumentaba cada día?
Barbara alcanzó a oír la respuesta de Taymullah Azhar, que llegaba desde la calle. Hadiyyah agitó la mano hacia ella a modo de despedida antes de desaparecer dentro de la casa, y Barbara continuó caminando por el sendero que discurría junto a un lado de la vivienda, emergiendo desde debajo de una pérgola fragante de jazmines para ver al padre de Hadiyyah, que llegaba a través del portón principal, con varias bolsas de compras colgando de una mano y su gastado maletín de cuero en la otra.
– Puliendo plata -dijo Barbara a modo de saludo-. No tenía idea de que el bicarbonato sirviese para lustrar el metal. ¿Y tú?
Azhar sonrió.
– Parece que los conocimientos domésticos de esa buena mujer son infinitos. Si yo hubiese pensado que Hadiyyah debía pasarse la vida al cuidado de una casa no podría haber encontrado un instructor mejor. Por cierto, ha aprendido a hacer unos bollos muy buenos. ¿Te lo había dicho? -Hizo un gesto con la mano que sostenía las bolsas con las compras-. ¿Cenarás con nosotros, Barbara? Hay pollo jalfrezi con arroz pilau. Y si no recuerdo mal -dijo con una sonrisa que mostró la clase de dientes blancos que hizo a Barbara jurarse que visitaría al dentista en un futuro cercano-, está entre tus platos favoritos.
Ella le dijo a su vecino que se sentía terriblemente tentada, pero que el deber la reclamaba.
– Me iba en este momento -dijo.
Ambos se giraron al oír que se abría la puerta de la vieja casa. Hadiyyah bajaba las escaleras, seguida de la señora Silver, alta y angulosa, protegida por un delantal. Sheila Silver, según había podido saber Barbara por boca de Hadiyyah, tenía un armario lleno de delantales. No eran sólo estacionales, también los había que conmemoraban fechas señaladas. Tenía delantales de Navidad, delantales de Pascua, delantales de Halloween, delantales de Año Nuevo, delantales de cumpleaños, y delantales que lo conmemoraban todo, desde la Noche de Guy Fawkes [12] hasta el desgraciado matrimonio de Carlos y Diana. Cada uno de ellos se complementaba con un turbante a juego. Barbara pensaba que esos turbantes habían sido confeccionados con paños de cocina de la señora Silver, y no tenía ninguna duda de que cuando Hadiyyah hubiese dominado la larga lista de habilidades domésticas, la confección de turbantes se encontraría entre ellas.
Mientras Hadiyyah corría hacia su padre, Barbara se despidió de ambos agitando la mano. Vio a Hadiyyah -enlazando la delgada cintura de Azhar- con la señora Silver tras ella, como si la intempestiva salida de la niña de la casa hubiese sido prematura y aún necesitara recibir más información acerca de la limpieza con bicarbonato.
Una vez estuvo dentro del coche, Barbara pensó en la hora que era y llegó a la conclusión de que sólo una creativa elección de atajos le permitiría llegar a Bethnal Green antes del anochecer. Consiguió evitar gran parte del centro de Londres y, finalmente, llegó a Bethnal Green desde Old Street. Era una zona de la ciudad que había cambiado mucho en los últimos años, cuando los profesionales jóvenes que no podían permitirse los precios de las viviendas en el centro de Londres comenzaron a trasladarse y habían formado un creciente círculo que abarcaba partes de la ciudad consideradas durante mucho tiempo como indeseables. Como consecuencia, Bethnal Green era una combinación de lo viejo y lo nuevo, donde las tiendas de artículos indios se mezclaban con centros de venta de productos informáticos. Allí, empresas étnicas como Henna Wedding estaban junto a agentes inmobiliarios que vendían propiedades a familias en expansión.
Sidney vivía en Quilter Street, una zona de casas de fachadas sencillas construidas con ladrillo de Londres. Las construcciones de dos plantas conformaban el lado sur de un triángulo en cuyo centro había un área común llamada Jesus Green. A diferencia de muchos parques pequeños en la ciudad, éste no estaba cerrado con llave y tampoco tenía rejas. Estaba rodeado de una verja de hierro forjado, un rasgo típico de las plazas de Londres, pero la verja sólo llegaba a la altura de la cintura y el portón permanecía abierto para permitir la entrada a cualquiera que deseara acceder a su amplio prado y a las pozas de sombra que creaban los frondosos árboles que se alzaban sobre él. Había niños que jugaban ruidosamente en la hierba cerca de donde Barbara había aparcado su viejo Mini. En una esquina, una familia disfrutaba de un picnic y, en otra, un guitarrista estaba entreteniendo a una joven admiradora. Era un excelente lugar para escapar del calor.
[12] La Noche de Guy Fawkes, también conocida como «la Noche de las Fogatas», se celebra el 5 de noviembre y conmemora el fracaso del atentado del 5 de noviembre de 1605 contra el Palacio de Westminster. Lleva el nombre de uno de los participantes.