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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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La última persona que Barbara esperaba encontrarse en el jardín trasero de la casa de los Saint James era a su antiguo compañero. Pero allí estaba, y sólo le llevó un segundo procesar esta información: el maravilloso coche que estaba aparcado en la calle debía de ser suyo. Tenía sentido. Él era digno del coche, y el coche era digno de él.

Lynley tenía mucho mejor aspecto que la última vez que le había visto, hacía dos meses en Cornualles. Entonces Lynley había sido un muerto viviente. Ahora se parecía más al introspectivo ambulante.

– Señor -le dijo-, ¿está de vuelta de verdad o sólo está de vuelta?

Lynley sonrió.

– Por el momento, simplemente he vuelto.

– Oh. -Estaba decepcionada y sabía que su expresión la delataba-. Bien -dijo-. Cada cosa a su tiempo. ¿Acabó su paseo en Cornualles?

– Así es -dijo él-. Sin incidentes.

Deborah le ofreció a Barbara un vaso de Pimm's que a la agente le hubiese encantado beber. Eso o echarse el líquido por la cabeza, porque el día la estaba cociendo en su propia ropa. Maldecía una y otra vez a la superintendente interina Ardery por haberle sugerido que cambiase su manera de vestir. Ésta era exactamente la clase de tiempo que requería pantalones de hilo y una camiseta muy suelta, no falda, medias y una blusa cortesía de otra excursión de compras con Hadiyyah, que esta vez concluyó mucho más deprisa, porque Hadiyyah se mostró insistente mientras que Barbara actuó, si no de manera dócil ante la insistencia de Hadiyyah, al menos sí erosionada por ella. El pequeño favor por el que Barbara estaba agradecida a Dios era que su joven amiga había elegido una blusa sin un lazo en el cuello.

– Gracias, pero estoy de servicio -le dijo a Deborah-. En realidad, es una visita oficial.

– ¿De verdad? -Deborah miró a su esposo y luego a Barbara-. Entonces, ¿busca a Simon?

– En realidad la buscaba a usted. -Había una cuarta silla junto a la mesa y Barbara se sentó. Era profundamente consciente de la mirada de Lynley sobre ella y sabía qué era lo que estaba pensando, pues le conocía muy bien-. Estoy siguiendo órdenes, más o menos. Bueno, más bien «siguiendo un importante consejo». Puede creer que, si no, no lo hubiera hecho.

– Ah. Eso me preguntaba. ¿Órdenes de quién, más o menos? -inquirió Lynley.

– La nueva aspirante al antiguo puesto de Webberly. A ella no le gustó demasiado mi aspecto. Poco profesional. Eso me dijo. Me aconsejó que hiciera algunas compras.

– Entiendo.

– Es la mujer de Maidstone. Isabelle Ardery. Ella fue la…

– La inspectora del incendio provocado.

– Veo que la recuerda. Bien hecho. En cualquier caso, fue idea de ella que debía tener un aspecto…, lo que sea. Este es mi aspecto.

– Ya veo. Perdón por preguntar, Barbara, pero ¿lleva…?

Lynley era demasiado educado para ir más allá, y Barbara lo sabía.

– ¿Maquillaje? -preguntó-. ¿Se me está corriendo? Es que con este calor y el hecho de que no tenía idea de cómo ponerme este jodido…

– Tiene un aspecto encantador, Barbara -repuso Deborah.

Sólo estaba mostrándose solidaria, lo sabía, porque ella no llevaba absolutamente nada sobre su piel pecosa. Y el pelo, a diferencia del de Barbara, consistía en gran cantidad de rizos rojos que le sentaban de maravilla incluso en su desorden habitual.

– Gracias -dijo Barbara-. Pero parezco un payaso, y todavía hay más. Aunque no entraré en detalles.

Colocó el bolso sobre el regazo y sopló hacia arriba para refrescarse el rostro. Debajo del brazo llevaba enrollado un segundo póster de la exposición Cadbury Photographic Portrait of the Year. Éste había estado fijado a la parte interna de la puerta del dormitorio de Jemima Hastings que Barbara había descubierto cuando cerró la puerta para examinar mejor la habitación. La luz de ambiente le había dado la oportunidad de estudiar tanto el retrato como la información escrita debajo. Esa información había llevado a Barbara hasta Chelsea.

– Aquí tengo algo a lo que me gustaría que le echase un vistazo -dijo, y desenrolló el póster para que Deborah lo examinara.

Deborah sonrió al ver de qué se trataba.

– ¿Así que ha ido a la Portrait Gallery a ver la exposición? -Continuó dirigiéndose a Lynley, contándole lo que se había perdido mientras estuvo ausente de Londres, un concurso fotográfico en el que su trabajo había sido aceptado como una de las seis fotografías utilizadas para promocionar la exposición resultante-. Aún está en la galería -dijo Deborah-. No gané. Había una competencia terrible. Pero fue maravilloso estar entre las sesenta fotografías elegidas para ser exhibidas, y luego ésta -señaló la fotografía con la cabeza- fue seleccionada para ser incluida en pósteres y postales vendidas en la tienda de regalos. Me sentía en las nubes, ¿verdad, Simon?

– Deborah recibió algunas llamadas telefónicas. De gente que quería ver su trabajo.

Deborah se echó a reír.

– Simon es muy generoso. Fue sólo «una» llamada telefónica de un tipo que me preguntó si estaba interesada en hacer fotos de comida para un libro de cocina que está escribiendo su esposa.

– Eso suena muy bien -apuntó Barbara-. Como cualquier cosa que incluya comida, ya sabe…

– Bien hecho, Deborah. -Lynley se inclinó hacia delante para mirar el póster-. ¿Quién es la modelo?

– Se llama Jemima Hastings -le dijo Barbara, y luego le preguntó a Deborah-. ¿Cómo la conoció?

Deborah dijo:

– Sidney…, la hermana de Simon… Yo estaba buscando una modelo para el concurso de retratos fotográficos y, al principio, pensé que Sidney sería perfecta, con todos los trabajos que hace como modelo. Y realmente lo intenté con ella, pero el resultado se veía demasiado profesional… Debe estar relacionado con la manera en la que Sidney se enfrenta a una cámara, supongo, con exhibir la ropa que lleva puesta en lugar de, simplemente, ser una persona. En cualquier caso, el resultado no me dejó satisfecha. Entonces organicé una especie de casting, con la intención de encontrar a alguien. Un día, Sidney apareció con Jemima. -Deborah frunció el ceño, obviamente atando varios cabos en un segundo-. ¿De qué se trata, Barbara? -preguntó con voz cautelosa.

– Me temo que la modelo ha sido asesinada. Este póster estaba entre sus objetos personales.

– ¿Asesinada? -repitió Deborah. Lynley y Saint James se movieron en sus sillas-. ¿Asesinada, Barbara? ¿Cuándo? ¿Dónde?

La policía se lo explicó. Los otros tres se miraron y Barbara preguntó:

– ¿Qué ocurre? ¿Sabéis algo de esto?

– Abney Park. -Deborah fue quien contestó-. Allí fue donde hice la fotografía. Allí es donde está esto. -Señaló el león veteado por la intemperie cuya cabeza llenaba el marco a la izquierda de la modelo-. Éste es uno de los monumentos conmemorativos que hay en el cementerio. Jemima nunca había estado allí antes de que tomásemos la foto. Ella nos los dijo.

– ¿Nos?

– Sidney nos acompañó. Quería estar presente durante la sesión de fotos.

– Entiendo. Bueno, ella regresó al lugar -dijo Barbara-. Jemima, quiero decir. -Añadió unos cuantos detalles, sólo los suficientes para ponerles al corriente de la situación, y luego le preguntó a Simon-. ¿Dónde está? Tendremos que hablar con ella.

– ¿Sidney? Vive en Bethnal Green, cerca de Columbia Road.

– Junto al mercado de flores -añadió Deborah tratando de ser servicial.

– Con su actual pareja -dijo Simon con tono seco-. Mamá (por no mencionar a Sid) espera que ésta sea también su pareja definitiva, pero, francamente, no parece que sea el caso.

– Bueno, a ella le gustan morenos y peligrosos -le hizo notar Deborah a su esposo.

– En la adolescencia se quedó muy impresionada por un montón de novelas románticas. Sí. Lo sé.

– Necesitaré su dirección -les dijo Barbara.

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