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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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Entonces, la voz se alteró, de repente como la de un niño.

– Oh, Nikki. Mi Nikki. Di que no estás enfadada. Di algo, cariño.

Silencio.

– Sé cómo te pones cuando te hago enfadar. Soy un chico malo, ¿verdad?

Silencio.

– Sí, lo sé, soy malo. No te merezco, y he de tomar la medicina. Tienes mi medicina, ¿verdad, Nikki? Y yo debo tomarla. Sí, debo hacerlo.

El estómago de Nan se revolvió.

– ¿Quién es usted? -gritó-. ¡Dígame su nombre!

Una exclamación ahogada fue la respuesta. Y la comunicación se cortó.

7

Hacia el final de su tercera hora delante del ordenador, Barbara Havers llegó a la conclusión de que tenía dos alternativas. Podía continuar examinando los archivos del SO10 y terminar ciega, o permitirse un descanso. Se decantó por la segunda opción. Preguntó dónde se encontraba el despacho más próximo en el que pudiera entregarse a su vicio. Le comunicaron que en aquella planta nadie fumaba.

– Puta mierda -murmuró.

No tuvo otro remedio que recuperar una costumbre de sus años escolares: se dirigió hacia la escalera más próxima y aposentó su rechoncho cuerpo sobre un peldaño, donde encendió un cigarrillo, inhaló y retuvo el maravilloso y mortífero humo en los pulmones hasta que sus ojos estuvieron a punto de saltar de las cuencas. Placer en estado puro, pensó. No había nada mejor en la vida que un cigarrillo después de tres horas de abstinencia.

La mañana no le había proporcionado nada sustancioso. Había descubierto que el inspector detective Andrew Maiden había servido treinta años en el cuerpo, los últimos veinte en el SO10, donde solo el inspector Javert podía jactarse de una hoja de servicios más brillante. Su lista de detenciones era asombrosa, y las condenas que siguieron a esas detenciones constituían una maravilla de la jurisprudencia británica. No obstante, esos dos datos se convertían en una pesadilla para cualquiera que investigara su historial.

Los casos de Maiden habían abarcado todas las capas del tejido social, y los culpables habían acabado entre rejas, en prácticamente todas las cárceles de Su Majestad dentro de las fronteras del Reino Unido. Y si bien los archivos ofrecían detalles de operaciones clandestinas (a casi todas las cuales había puesto nombre alguien aficionado a los acrónimos desquiciados) e información completa sobre investigaciones, interrogatorios, detenciones y acusaciones, dicha información se volvía vaga en lo tocante a condenas, y mucho más vaga a la hora de determinar los presos que habían conseguido la condicional. Si un hombre en libertad provisional había ido en busca del policía que había propiciado su desgracia, no sería fácil localizarle.

Barbara suspiró, bostezó y dio unos golpecitos al cigarrillo. Cayó ceniza sobre el peldaño siguiente. Había renunciado a sus legendarias zapatillas de deporte rojas en deferencia a su nuevo rango (toda pulcra y reluciente por si aparecía el subjefe Hillier, ansioso por ponerla a caldo de nuevo), y descubrió que habían empezado a dolerle los pies, pues no estaba acostumbrada al calzado normal. De hecho, mientras estaba sentada en la escalera, tomó conciencia de que zonas enteras de su cuerpo se quejaban de su incomodidad, y sin duda lo habían hecho durante casi toda la mañana. Su falda parecía una anaconda enroscada alrededor de las caderas, tenía la impresión de que la chaqueta estaba devorando sus axilas, y sus muslos se habían hundido en la ingle hasta tal punto que, si alguna vez daba a luz, sería innecesario practicar una episiotomía.

Nunca le había dado por vestir de punta en blanco en su trabajo, y siempre había preferido mallas, camisetas y jerséis a cualquier cosa relacionada remotamente con la alta costura. Y como la gente se había acostumbrado a verla con esa indumentaria informal, más de uno había enarcado una ceja o reprimido una sonrisa al cruzarse con Barbara aquella mañana.

Entre ellos se contaban sus vecinos, con los que Barbara se había topado a menos de veinticinco metros de su casa. Taymullah Azhar y su hija estaban entrando en el inmaculado Fiat de Azhar cuando Barbara apareció en la esquina de la casa por la mañana, mientras embutía su libreta en el bolso con un cigarrillo colgando de los labios. Al principio no los vio, hasta que Hadiyyah la llamó.

– ¡Barbara! ¡Hola, hola! ¡Buenos días! No deberías fumar tanto. Si no lo dejas, los pulmones se te pondrán negros y muy feos. Nos lo han enseñado en el colegio. Vimos fotos y todo. ¿No te lo había dicho? Estás muy guapa.

Azhar la saludó con un gesto. Su mirada la recorrió de pies a cabeza.

– Buenos días -dijo-. Tú también has madrugado.

– Ya lo ves -respondió Barbara.

– ¿Localizaste a tu amigo anoche?

– ¿A mi amigo? Ah, te refieres a Nkata. Winston Nkata, quiero decir. Se llama así. Es un colega del Yard. Sí, nos pusimos en contacto. Vuelvo al curro. O sea, trabajo en un caso.

– ¿No trabajas con el inspector Lynley? ¿Tienes un nuevo compañero, Barbara? -Los oscuros ojos de Azhar la sondeaban.

– Oh, no -mintió en parte-. Todos estamos trabajando en el mismo caso. Winston también. Como yo. El inspector se ocupa de una pista fuera de la ciudad. Los demás trabajamos aquí.

– Ajá -dijo Azhar en tono pensativo-. Entiendo.

Demasiado, pensó Barbara.

– Anoche solo comí la mitad de mi manzana acaramelada -terció Hadiyyah, una distracción muy bienvenida. Había empezado a columpiarse en la puerta abierta del Fiat, colgada de la ventanilla bajada con las piernas en el aire y pateando con energía para no perder impulso. Llevaba unos calcetines tan blancos como las alas de un ángel-. La podemos tomar para merendar. Si quieres, Barbara.

– Sería estupendo.

– Mañana tengo clase de costura. ¿Lo sabías? Estoy haciendo algo muy especial, pero ahora no puedo decir qué. A causa de… -Dirigió una mirada significativa a su padre-. Pero tú sí puedes verlo, Barbara. Mañana, si te va bien. ¿Quieres verlo? Te lo enseñaré si quieres.

– Eso suena a una invitación en toda regla.

– Pero solo si eres capaz de guardar un secreto. ¿Eres capaz?

– Soy una tumba.

Durante la conversación, Azhar no había dejado de observarla. Su especialidad profesional era la microbiología, y Barbara empezaba a sentirse como uno de sus especímenes, tan intenso era su escrutinio. Pese a su conversación de la noche anterior y la conclusión a la que había llegado Azhar después de ver su atuendo, lo cierto era que la había visto salir casi siempre con su indumentaria normal, y debía de imaginar que aquella alteración no tenía nada que ver con un cambio de imagen.

– Debes de estar muy contenta, ahora que vuelves a trabajar en un caso. Después de semanas sin hacer nada siempre es gratificante poner en funcionamiento la mente, ¿verdad?

– Es justo lo que necesitaba. -Barbara tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó. Lanzó la colilla de una patada hacia el macizo de flores-. Biodegradable -dijo a Hadiyyah, que estaba a punto de reñirla-. Airea la tierra. Alimenta a los gusanos. -Se ajustó mejor la correa del bolso sobre el hombro-. Bien, me marcho. Guárdame esa manzana, ¿de acuerdo? ¿eh?

– A lo mejor también podemos ver un vídeo.

– Pero nada de damas en apuros. Que sea Los vengadores. La señora Peel es mi ídolo. Me gusta una mujer capaz de enseñar las piernas y darle una patada en el trasero a un caballero al mismo tiempo.

Hadiyyah rió.

Barbara se despidió y se disponía a escapar cuando Azhar volvió a hablar.

– ¿Scotland Yard está llevando a cabo una reducción de personal, Barbara?

Ella se detuvo, perpleja, y contestó sin pensar en la intención de la pregunta.

– Vaya, no. ¿Por qué lo preguntas?

– El otoño, tal vez -dijo Azhar-. Y los cambios que comporta.

– Ah. -Barbara esquivó la implicación de la palabra «cambios». Evitó los ojos de Azhar. Tomó la frase al pie de la letra y contestó-: Los chicos malos quieren hacer de las suyas, sea la estación que sea. Ya conoces a los malos. Nunca descansan.

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