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Los Diarios Secretos De Miranda

Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:

A los diez años Miranda Cheever no muestra signo alguno de convertirse en una gran belleza. Y ni siquiera a esa temprana edad Miranda ha aprendido a aceptar las expectativas que la sociedad tiene depositadas en ella… hasta la tarde en que Nigel Bevelstoke, el guapo y elegante vizconde Turner, besa solemnemente su mano y le promete que un día madurará y se convertirá en una mujer tan hermosa como inteligente.
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
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Pero tenía que hacerlo. No podía quedarse más tiempo en Londres. Dolía demasiado.

Unos días después, estaba en casa. Su padre se quedó perplejo. No sabía mucho sobre las chicas jóvenes, pero le habían asegurado que todas querían vivir la temporada en Londres. Pero no le importaba; Miranda nunca era una molestia. La mitad del tiempo, ni siquiera sabía que estaba allí. Así que le dio unas palmaditas en la mano y volvió a sus manuscritos.

En cuanto a ella, casi se convenció de que se alegraba de estar en casa. Había añorado los campos verdes y el aire fresco de los Lagos, el ritmo sedante del pueblo, el hecho de levantarse temprano y acostarse temprano. Bueno, lo último quizá no porque, sin obligaciones ni nada que hacer, dormía hasta mediodía y se quedaba despierta hasta altas horas de la madrugada escribiendo en su diario.

Dos días después de su llegada, recibió una carta de Olivia. Miranda sonrió mientras la abría; Olivia era tan impaciente que le había enviado una carta en cuanto había salido por la puerta. Ella pasó la vista por encima de la carta buscando el nombre de Turner, pero no aparecía. Sin decidir si estaba decepcionada o aliviada, regresó al principio y la leyó. Olivia había escrito que Londres era muy aburrido sin ella. Que no se había dado cuenta de lo mucho que disfrutaba con sus irónicos comentarios acerca de la sociedad hasta que no los tuvo. ¿Cuándo pensaba volver a casa? ¿Su padre estaba mejor? Si no, ¿estaba mejorando? (Subrayado tres veces, muy típico de Olivia.) Miranda leyó esas frases con un peso en la consciencia. Su padre estaba abajo en su despacho trabajando en sus manuscritos sin estar siquiera resfriado.

Suspiró, dejó de lado su conciencia, dobló la carta de Olivia y la guardó en el cajón de su mesa. Decidió que una mentira no siempre era pecado. Seguro que sus acciones para alejarse de Londres estaban justificadas, pues allí sólo podía sentarse, esperar y desear que Turner apareciera.

Por supuesto, en el campo se pasaba el día sentada pensando en él. Una noche, se entretuvo en contar cuántas veces aparecía su nombre en la entrada del diario y, para su mayor disgusto, la cifra ascendía a treinta y siete.

Estaba claro que aquel viaje al campo no le estaba aclarando las ideas.

Y entonces, una semana y media después, Olivia se presentó en una visita sorpresa.

– Livvy, ¿qué estás haciendo aquí? -preguntó Miranda, cuando entró en el salón donde su amiga la esperaba-. ¿Alguien está herido? ¿Ha pasado algo?

– No -respondió la chica, alegremente-. Sólo he venido a buscarte. Alguien te necesita desesperadamente en Londres.

A Miranda se le aceleró el corazón.

– ¿Quién?

– ¡Yo! -Olivia la agarró del brazo y se fueron a una salita-. Madre mía, sin ti soy un absoluto desastre.

– ¿Tu madre te ha dejado que te marcharas de la ciudad en plena temporada? No me lo puedo creer.

– Prácticamente me ha sacado a patadas. Mi comportamiento es espantoso desde que te fuiste.

Miranda se rió, aunque no estaba de humor.

– Seguro que no ha sido tan malo.

– No es broma. Mamá siempre me decía que eras una buena influencia, pero creo que no se dio cuenta de hasta qué punto hasta que te fuiste. -Olivia dibujó una sonrisa de culpabilidad-. Por lo visto, no puedo dominar mi vocabulario.

– Nunca has podido. -Miranda sonrió y la acompañó hasta un sofá-. ¿Te apetece una taza de té?

Olivia asintió.

– No entiendo cómo puedo meterme en tantos líos. Casi todo lo que digo no es ni la mitad de malo que lo que dices tú. Tienes la lengua más afilada de Londres.

Miranda tiró del cordón de la campana para avisar a una doncella.

– No es verdad.

– Sí que lo es. Eres la peor. Y sé que lo sabes. Y tú nunca te metes en ningún lío. Es terriblemente injusto.

– Ya, bueno, quizá no digo las cosas tan a gritos como tú -respondió Miranda, reprimiendo una sonrisa.

– Tienes razón -suspiró Olivia-. Sé que tienes razón, pero, aún así, me molesta mucho. Realmente tienes un sentido del humor muy ácido.

– Venga ya, no soy tan mala.

Olivia se rió.

– Sí que lo eres. Además, no soy la única que lo piensa porque Turner siempre lo dice, también.

Miranda se tragó el nudo que se le había formado en la garganta ante la mención del nombre de Turner.

– ¿Ya ha vuelto a la ciudad? -preguntó, como si nada.

– No. Hace siglos que no lo veo. Está en algún rincón de Kent con sus amigos.

¿Kent? Nadie puede alejarse más de Cumberland sin salir de Inglaterra, pensó Miranda con resquemor.

– Ya hace días que se marchó.

– Sí, ¿verdad? Pero claro, se marchó con lord Harry Winthrop y Harry siempre ha sido un poco salvaje, si sabes lo que quiero decir.

Miranda se temía que sí que lo sabía.

– Estoy segura de que se han dejado llevar por el vino, las mujeres y otros vicios -continuó Olivia-. Estoy segura de que no habrá ninguna dama decente en sus reuniones.

El nudo en la garganta de Miranda reapareció enseguida. La idea de Turner con otra mujer le resultaba violentamente dolorosa, y más ahora que sabía lo cerca que podían estar un hombre y una mujer. Se había inventado todo tipo de razones para justificar su ausencia; de hecho, sus días estaban llenos de razonamientos y excusas en nombre de Turner. En realidad, se dijo con amargura, era su único pasatiempo.

Sin embargo, nunca se le había ocurrido pensar que pudiera estar con otra mujer. Él sabía lo mucho que dolía la traición. ¿Cómo podía hacerle lo mismo a ella?

No la quería. La verdad escocía, golpeaba y le clavaba las afiladas uñas en el corazón.

No la quería, y ella lo seguía queriendo mucho, y le dolía. Era algo físico. Lo notaba, asfixiándola y pellizcándola, y gracias a Dios que Olivia estaba observando el adorado jarrón griego de su padre, porque no creía ser capaz de ocultar la agonía de su rostro.

Con una especie de comentario gruñido que no pretendía que nadie entendiera, Miranda se levantó, se acercó a la ventana y fingió mirar al horizonte.

– Bueno, se lo debe de estar pasando muy bien -consiguió decir.

– ¿Turner? -Oyó a sus espaldas-. Seguro, o no se habría quedado tanto tiempo. Mamá está desesperada, o lo estaría si no estuviera tan ocupada desesperándose conmigo. ¿Te importa que me quede aquí contigo? Haverbreaks es muy grande y frío cuando no hay nadie en casa.

– Claro que no me importa. -Miranda se quedó frente a la ventana unos segundos más, hasta que creyó que podía mirar a Olivia sin echarse a llorar. Últimamente, estaba muy sensible.

– Será un regalo. Me he sentido un poco sola aquí con papá.

– Uy, es verdad. ¿Cómo está? Mejor, espero.

– ¿Papá? -Miranda agradeció la interrupción de la doncella, que acudía por la campana. Le pidió que les preparara el té y luego se volvió hacia Olivia-. Ejem, sí. Está mucho mejor.

– Tendré que ir a verlo y decirle que se mejore. Mamá me ha pedido que le dé recuerdos de su parte.

– Oh, no. No deberías hacerlo -respondió Miranda, enseguida-. No le gusta que le recuerden lo de su enfermedad. Es muy orgulloso.

Olivia, que nunca había tenido pelos en la lengua, dijo:

– Qué extraño.

– Sí, bueno, es que se trata de una dolencia masculina -improvisó Miranda. Siempre había oído hablar de las dolencias femeninas; seguro que también existían dolencias que afectaban exclusivamente a los hombres. Y, si no era así, no imaginaba que Olivia lo supiera.

No obstante, no había contado con la insaciable curiosidad de su amiga.

– ¿De veras? -dijo, en voz baja, mientras se inclinaba hacia delante-. ¿Qué es, exactamente, una dolencia masculina?

– No debería hablar de eso -dijo Miranda, enseguida, disculpándose en silencio con su padre-. Lo avergonzaría mucho.

– Pero…

– Y tu madre se enfurecería conmigo. No es algo apropiado para oídos tiernos como los tuyos.

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