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Los Diarios Secretos De Miranda

Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:

A los diez años Miranda Cheever no muestra signo alguno de convertirse en una gran belleza. Y ni siquiera a esa temprana edad Miranda ha aprendido a aceptar las expectativas que la sociedad tiene depositadas en ella… hasta la tarde en que Nigel Bevelstoke, el guapo y elegante vizconde Turner, besa solemnemente su mano y le promete que un día madurará y se convertirá en una mujer tan hermosa como inteligente.
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
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– Con una condición.

Ella abrió los ojos, expectante.

– Tienes que quitarte esta cosa.

– No puedo. -Se atragantó con las palabras.

– Es preciosa y muy suave, y te compraré un centenar, pero si no te la quitas ahora mismo, acabará hecha jirones. -Y, como si quisiera demostrar su urgencia, pegó las caderas contra ella para recordarle la intensidad de su erección.

– Es que no puedo. No sé por qué -dijo, tragando saliva-. Pero tú sí.

Él arqueó la comisura de los labios.

– No es la respuesta que estaba esperando, pero la apruebo. -Se arrodilló frente a ella y subió la camisola hasta que se la quitó por la cabeza.

Miranda notó cómo el aire frío le acariciaba la piel, pero, aunque pareciera extraño, ya no sentía la necesidad de cubrirse. Parecía perfectamente natural que ese hombre pudiera ver y tocar cada centímetro de su cuerpo. Él deslizó la mirada posesiva por su resplandeciente piel y ella se emocionó ante la fiereza de su expresión. Quería ser suya en todos los aspectos en que una mujer podía entregarse a un hombre. Quería perderse en su calor y su fuerza.

Y quería que él se rindiera a ella con la misma plenitud.

Alargó el brazo y apoyó la mano en su pecho, jugueteando con el pezón marrón. Él hizo una mueca.

– ¿Te he hecho daño? -susurró ella, ansiosa.

Él meneó la cabeza.

– Otra vez -dijo, con voz áspera.

Imitando sus caricias anteriores, le agarró la cresta del pezón con el pulgar y el índice. Se endureció bajo sus dedos, con lo que ella sonrió complacida. Como una niña con un juguete nuevo, alargó la mano para jugar con el otro. Turner, cuando se dio cuenta de que estaba perdiendo el control muy deprisa bajo los juguetones dedos de Miranda, le agarró la mano y se la inmovilizó. Se la quedó mirando durante un buen rato, con los ojos azul oscuro. Tenía una mirada tan intensa que Miranda tuvo que reprimir la necesidad de mirar a otro lado. Pero se obligó a seguir mirándolo a los ojos. Quería que supiera que no tenía miedo, que no tenía vergüenza y, por encima de todo, que cuando le había dicho que lo quería era verdad.

– Tócame -susurró.

Pero él parecía inmóvil, con la mano todavía sujetando la suya contra su pecho. Estaba extraño, angustiado, casi… asustado.

– No quiero hacerte daño -dijo, con la voz ronca.

Y ella no sabía cómo habían llegado a la situación en que ella tendría que tranquilizarlo a él, pero murmuró:

– No me harás daño.

– Es que…

– Por favor -suplicó. Lo necesitaba. Lo necesitaba ahora.

Aquella apasionada súplica acabó con las dudas de Turner y, con un gemido, la levantó para pegarla a él y darle un beso antes de volver a dejarla en el colchón. Esta vez, descendió con ella, cubriéndola con su cuerpo. La tocó por todas partes, y gemía su nombre, y cada sonido y cada caricia parecían encender más la llama en el interior de Miranda.

Necesitaba sentirlo. Cada centímetro de su cuerpo.

Tiró del kilt que se había fabricado con la manta porque quería eliminar la última barrera que los separaba. Notó cómo, con la fricción, la tela iba desapareciendo hasta que ya no había nada… excepto Turner.

Ella contuvo la respiración cuando vio su erección.

– Dios mío.

Y él se rió.

– No, sólo yo. -Hundió la cabeza en el hueco de su cuello-. Ya te lo he dicho.

– Pero eres tan…

– ¿Grande? -Le sonrió-. Es culpa tuya, cariño.

– No. -Se retorció debajo de él-. Yo no he podido hacer esto.

Él se pegó a ella con más firmeza.

– Shhh…

– Pero quiero…

– Lo harás. -La silenció con un apasionado beso, aunque no estaba seguro de lo que acababa de prometerle. Cuando Miranda volvió a gemir, apartó la boca y empezó a descender, dejando un camino de besos hasta el ombligo. Dibujó un círculo húmedo alrededor con la lengua y luego la metió dentro. La tenía agarrada por los muslos y le separó las piernas, preparándola para su invasión.

Quería besarla. Quería devorarla, pero le pareció que ella todavía no estaba preparada para algo tan íntimo, así que, en lugar de bajar la cabeza, subió una mano…

Y la penetró con un dedo.

– ¡Turner! -exclamó ella, y él no pudo evitar sonreír de satisfacción. Le acarició los delicados pliegues rosados con el dedo pulgar mientras disfrutaba de cómo ella se retorcía debajo de él. Tuvo que sujetarle las caderas con fuerza con la otra mano para evitar que cayera de la cama.

– Ábrete para mí -jadeó, volviendo a su boca.

Oyó cómo gritaba de placer y casi pareció que sus piernas se derretían mientras se separaban hasta que la punta de la erección estaba pegada a ella, acariciando su suavidad. Turner acercó los labios a su oído y susurró:

– Ahora voy a hacerte el amor.

Ella asintió sin aliento.

– Voy a hacerte mía.

– Sí, por favor.

Él la penetró muy despacio y con paciencia ante su tensa inocencia. Iba a controlarse aunque aquello lo matara. Quería, más que nada, penetrarla con fuerza, pero tendría que esperar a otro día. No en la primera vez de Miranda.

– ¿Turner? -susurró ella, y él se dio cuenta de que se había quedado inmóvil varios segundos. Apretó los dientes y retrocedió hasta que sólo quedó dentro la punta.

Miranda se aferró a sus hombros.

– No, Turner. ¡No te vayas!

– Shhh. No te preocupes. Sigo aquí. -Volvió a penetrarla.

– No me dejes -susurró ella.

– No te dejaré. -Llegó al himen y gruñó ante la resistencia-. Esto te va a doler, Miranda.

– Me da igual -suspiró ella.

– Quizá después no te dé igual. -La penetró un poco más, intentando hacerlo lo más suave posible.

Ella arqueó la espalda y gimió su nombre. Lo abrazó y los dedos le apretaban la espalda de forma espasmódica.

– Por favor, Turner -imploró-. Oh, por favor. Por favor, por favor.

Incapaz de controlarse más, Turner la penetró del todo y se estremeció ante la exquisita sensación de verse envuelto por su calidez. Sin embargo, Miranda se tensó y Turner oyó un pequeño grito.

– Lo siento -dijo, enseguida, mientras intentaba mantenerse quieto e ignorar las dolorosas exigencias de su cuerpo-. Lo siento. Lo siento mucho. ¿Te duele?

Ella cerró los ojos y meneó la cabeza.

Él le besó las pequeñas lágrimas que se le habían acumulado en los ojos.

– No mientas.

– Sólo un poco -admitió ella, en un susurro-. Ha sido más la sorpresa que otra cosa.

– Te lo compensaré -dijo él, apasionado-. Te lo prometo. -Apoyó el peso del cuerpo en los codos para liberarla de él y volvió a moverse otra vez, con embistes seguros y lentos, obteniendo una buena dosis de placer con cada uno debido a la deliciosa fricción.

Y, mientras tanto, tenía la mandíbula apretada, concentrado, cada músculo de su cuerpo tenso en un esfuerzo por mantener la calma. «Dentro y fuera, dentro y fuera», se repetía, una y otra vez. Si se saltaba ese ritmo, aunque sólo fuera un segundo, perdería el control. Y tenía que conseguir que fuera agradable para ella. No estaba preocupado por él, porque sabía que tocaría el cielo antes de que terminara la noche.

Pero Miranda… Turner sólo sabía que sentía una enorme responsabilidad por garantizar que ella también alcanzara el orgasmo. Nunca había estado con una virgen, de modo que no sabía si sería posible, pero por Dios que iba a intentarlo. Tenía miedo de que incluso hablar lo desenfrenara, pero consiguió decir:

– ¿Cómo estás?

Miranda abrió los ojos y parpadeó.

– Bien -parecía sorprendida-. Ya no me duele.

– ¿Ni un poco?

Ella meneó la cabeza.

– Estoy de maravilla. Y… hambrienta. -Le acarició la espalda.

Turner se estremeció ante la delicada caricia de sus dedos y notó cómo perdía el control.

– ¿Y tú cómo estás? -le susurró ella-. ¿También tienes hambre?

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