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Los Diarios Secretos De Miranda

Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:

A los diez años Miranda Cheever no muestra signo alguno de convertirse en una gran belleza. Y ni siquiera a esa temprana edad Miranda ha aprendido a aceptar las expectativas que la sociedad tiene depositadas en ella… hasta la tarde en que Nigel Bevelstoke, el guapo y elegante vizconde Turner, besa solemnemente su mano y le promete que un día madurará y se convertirá en una mujer tan hermosa como inteligente.
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
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Él gruñó algo que ella no entendió y empezó a moverse más deprisa. Miranda sintió que algo se aceleraba en su abdomen, y luego un tensión insoportable. Notó un hormigueo en los dedos de las manos y de los pies y, justo cuando estaba segura de que su cuerpo estallaría en mil pedazos, algo en su interior se quebró y levantó las caderas del colchón con tanta fuerza que lo levantó a él también.

– ¡Oh, Turner! -gritó-. ¡Ayúdame!

Él siguió embistiéndola sin descanso.

– Te ayudaré -gruñó-. Te lo juro. -Y entonces gritó, y parecía que estaba sufriendo y, al final, respiró y cayó sobre ella.

Se quedaron entrelazados varios minutos, agotados por el esfuerzo. A Miranda le encantaba tener el peso de su cuerpo encima; adoraba aquella sensación de lánguida satisfacción. Le acarició el pelo mientras deseaba que el mundo que los rodeaba desapareciera. ¿Cuánto tiempo podían estar allí, escondidos en la pequeña cabaña de caza, antes de que alguien los extrañara?

– ¿Cómo estás? -le preguntó, con suavidad.

Él dibujó una sonrisa juvenil.

– ¿Cómo crees que estoy?

– Bien, espero.

Él rodó a un lado, apoyó la cabeza en la mano y le agarró la barbilla con dos dedos.

– Bien, lo sé -dijo, enfatizando la última palabra.

Miranda sonrió. No podía esperar nada más.

– ¿Y tú? -le preguntó él, frunciendo el ceño en un gesto de preocupación-. ¿Estás dolorida?

– Creo que no. -Cambió el peso de pierna como si quisiera poner a prueba su cuerpo-. Quizá lo esté después.

– Seguro.

Miranda frunció el ceño. ¿Tanta experiencia tenía desvirgando jóvenes? Había dicho que Leticia estaba embarazada cuando se casaron. Pero luego apartó aquella idea de su cabeza. No quería pensar en Leticia. Ahora no. La esposa difunta de Turner no tenía sitio en la cama con ellos.

Y empezó a soñar con bebés. Pequeños rubios, con los ojos azules y con una sonrisa encantadora. Un Turner en miniatura, eso es lo que quería. Suponía que también podía ser como ella y tener que conformarse con los tonos más comunes suyos, pero, en su cabeza, todo era de Turner, hasta los hoyuelos de las mejillas.

Cuando, por fin, abrió los ojos, vio que la estaba mirando y que le acariciaba la comisura de los labios, que se había curvado.

– ¿En qué estabas pensando? -murmuró él, con la voz satisfecha.

Miranda evitó su mirada porque se avergonzaba de lo que había estado imaginando.

– Nada importante -murmuró-. ¿Sigue lloviendo?

– No lo sé -respondió él, y se levantó para asomarse a la ventana.

Miranda se cubrió con la sábana mientras se decía que ojalá no hubiera preguntado por el tiempo. Si había dejado de llover, tendrían que regresar a la casa principal. Seguro que alguien los había echado de menos. Podían decir que habían buscado refugio de la lluvia, pero esa excusa no serviría si no regresaban en cuanto dejara de llover.

Turner volvió a cerrar las cortinas y se volvió hacia ella, y Miranda se quedó sin respiración ante la belleza puramente masculina. Había visto dibujos de estatuas en los numerosos libros de su padre, y en casa incluso había una réplica del David de Miguel Ángel. Sin embargo, nada podía compararse con el hombre de carne y huesos que tenía delante y bajó la mirada al suelo, porque tenía miedo de que aquella visión volviera a excitarla.

– Todavía llueve -dijo él, con serenidad-. Pero muy poco. Deberíamos limpiar… esto y así podremos marcharnos en cuanto pare.

Miranda asintió.

– ¿Puedes darme la ropa?

Él arqueó una ceja.

– ¿Ahora te has vuelto vergonzosa?

Ella asintió. Quizás era una tontería, después de su actitud libertina, pero no era tan sofisticada como para levantarse desnuda de la cama con otra persona en la misma habitación. Señaló con la cabeza la falda, que estaba en el suelo.

– ¿Por favor?

Él la recogió y se la acercó. Todavía estaba húmeda en algunos sitios, puesto que no se habían molestado en tenderla plana, pero, como había estado cerca del fuego, no era terrible. Se vistió muy deprisa y arregló la cama, estirando mucho las sábanas y las colchas, como había visto hacer a las doncellas en casa. Era mucho más difícil de lo que creía, puesto que la cama estaba pegada a la pared.

En cuanto la cabaña y ellos estuvieron presentables, la lluvia se había transformado en una llovizna inofensiva.

– No creo que la ropa se moje más de lo que ya está -dijo Miranda mientras sacaba la mano por la ventana para comprobar la fuerza de la lluvia.

Él asintió y regresaron a la casa principal. Él no dijo nada y Miranda tampoco se atrevió a romper el silencio. ¿Y ahora qué pasaría? ¿Tendría que casarse con ella? Debería, por supuesto, y si era el caballero que ella siempre había creído, lo haría, pero nadie sabía que su reputación había quedado comprometida. Y Turner la conocía demasiado bien para preocuparse de que se lo dijera a alguien sólo para obligarlo a casarse con ella.

Quince minutos después, estaban frente a la escalinata que llevaba hasta la puerta principal de Chester House. Turner se detuvo y miró a Miranda con los ojos serios y directos.

– ¿Estarás bien? -le preguntó, con amabilidad.

Ella parpadeó varias veces. ¿Por qué le preguntaba eso ahora?

– Cuando estemos dentro, no podremos hablar -le explicó él.

Ella asintió mientras intentaba ignorar la sensación de ansiedad en el estómago. Había algo que no estaba bien.

Turner se aclaró la garganta y estiró el cuello como si la corbata le apretara demasiado. Volvió a aclararse la garganta y, luego, una tercera vez.

– Me avisarás si se presenta una situación por la que tengamos que actuar con celeridad.

Miranda volvió a asentir mientras intentaba discernir si había sido una afirmación o una pregunta. Decidió que un poco de ambas cosas. Y no estaba segura de por qué importaba.

Turner respiró hondo.

– Necesitaré un poco de tiempo para pensar.

– ¿Sobre qué? -preguntó ella antes de pensárselo dos veces. ¿No debería ser todo muy sencillo, ahora? ¿Qué quedaba por debatir?

– Básicamente, sobre mí -dijo, con la voz un poco ronca, y quizás un poco indiferente-. Pero nos veremos dentro de poco, y lo arreglaré todo. No tienes que preocuparte.

Y entonces, como Miranda ya estaba harta de esperar y estaba harta de ser tan asquerosamente práctica, le espetó:

– ¿Te casarás conmigo?

Porque, por Dios, era como si ese hombre no supiera hablar claro.

Se quedó sorprendido por la franqueza de la chica, pero, aun así, contestó enseguida y con brusquedad:

– Por supuesto.

Y mientras Miranda esperaba que llegara la alegría que debería sentir, él añadió:

– Pero no veo ningún motivo para apresurar las cosas a menos que aparezca una razón apremiante.

Ella asintió y tragó saliva. Un hijo. Quería casarse con ella sólo si estaba embarazada. Lo haría, sí, pero se tomaría su tiempo.

– Si nos casamos enseguida -añadió él-, será obvio que teníamos que hacerlo.

– Que tú tenías que hacerlo -farfulló ella.

Él inclinó la cabeza.

– ¿Cómo?

– Nada. -Porque sería humillante repetirlo. Y porque era humillante que lo hubiera dicho una vez.

– Deberíamos entrar -dijo Turner.

Ella asintió. Se estaba convirtiendo en una experta en asentir.

Todo un caballero, Turner inclinó la cabeza y la tomó del brazo. Luego, la acompañó hasta el salón y se comportó como si no tuviera ni una sola preocupación en el mundo.

3 de julio de 1819

Y, después de que pasara, no me dirigió la palabra ni una sola vez.

Capítulo 12

Al día siguiente, cuando Turner volvió a casa, se encerró en el despacho con una copa de brandy y una mente confusa. La fiesta de campo de lady Chester todavía duraría unos días más, pero él se había inventado una excusa acerca de unos asuntos urgentes que tenía que tratar con sus abogados en la ciudad y se había ido. Estaba seguro de que podía fingir que no había pasado nada, pero no estaba tan convencido de que Miranda pudiera hacerlo. Era una inocente, o al menos lo había sido, y no estaba acostumbrada a fingir. Y, por el bien de su reputación, todo debía parecer escrupulosamente normal.

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