Los Diarios Secretos De Miranda
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
Lady Rudland arqueó las cejas ante aquella pregunta de su hijo.
– Enfermedad en la familia. En la familia de Miranda, claro.
Turner decidió no comentar que era obvio, puesto que los Bevelstoke no tenían familia en Escocia.
– ¿Y Olivia ha ido con ella?
– Bueno, ya sabes lo mucho que se quieren.
– ¿Y cuándo regresarán?
– No puedo hablar por Miranda, pero ya le he escrito a Olivia insistiendo para que vuelva. Supongo que llegará dentro de unos días.
– Perfecto -farfulló Turner.
– Seguro que estará encantada por tu devoción fraternal.
Turner entrecerró los ojos. ¿Era una nota de sarcasmo lo que había oído en la voz de su madre? No estaba seguro.
– Te veré pronto, madre.
– Seguro que sí. Ah, y Turner.
– Dime.
– ¿Por qué no procuras pasar más tiempo con tu ayuda de cámara? Estás hecho un andrajoso.
Turner salió de la casa gruñendo.
Dos días después, informaron a Turner de que su hermana había regresado a Londres. Corrió a su encuentro de inmediato. Si había una cosa que odiaba en el mundo era esperar. Y si había otra cosa que odiaba más era sentirse culpable.
Y se sentía terriblemente culpable por haber hecho esperar a Miranda más de seis semanas.
Cuando llegó, Olivia estaba en su habitación. En lugar de esperarla en el salón, subió las escaleras de dos en dos y llamó a la puerta.
– ¡Turner! -exclamó Olivia-. ¡Dios mío! ¿Qué haces aquí arriba?
– Olivia, querida, antes vivía aquí, ¿recuerdas?
– Sí, sí, por supuesto. -Sonrió y volvió a sentarse-. ¿A qué debo este honor?
Turner abrió la boca y luego la cerró, porque no estaba seguro de qué quería preguntarle. Sabía que no estaría bien decirle: «Seduje a tu mejor amiga y ahora necesito hacer lo correcto, así que, ¿crees que sería apropiado que fuera a buscarla a casa de sus abuelos mientras uno de ellos está enfermo?»
Volvió a abrir la boca.
– ¿Sí, Turner?
La cerró, sintiéndose idiota.
– ¿Querías preguntarme algo?
– ¿Cómo ha ido por Escocia? -le espetó.
– Muy bien. ¿Has estado alguna vez?
– No. ¿Y Miranda?
Olivia dudó unos segundos antes de responder.
– Bien. Te manda saludos.
Turner lo dudaba. Respiró hondo. Tenía que ir con pies de plomo.
– ¿Está contenta?
– Ehhh… sí. Muy contenta.
– ¿Y no le ha dolido perderse el resto de la temporada?
– No, claro que no. Para empezar, nunca le gustó. Ya lo sabes.
– Claro. -Turner se volvió hacia la ventana, repiqueteando los dedos incesantemente contra el muslo-. ¿Y volverá pronto?
– No hasta dentro de unos meses, supongo.
– Entonces, su abuela está bastante enferma.
– Sí.
– Tendré que enviarle mis condolencias.
– Todavía no han llegado a eso -añadió Olivia enseguida-. El doctor dice que tardará unos meses, al menos medio año, o un poco más, pero cree que se recuperará.
– Entiendo. ¿Y qué le pasa?
– Una dolencia femenina -respondió Olivia, quizás un tanto descarada.
Turner arqueó una ceja. ¿Una dolencia femenina en una señora mayor? Qué curioso. Y sospechoso. Turner se volvió hacia su hermana.
– Espero que no sea contagioso. No quisiera que Miranda enfermara también.
– Uy, no. La… enfermedad de esa casa no es contagiosa, seguro. -Cuando Turner la siguió mirando directamente a los ojos, añadió-. Mírame a mí. He estado allí quince días y estoy fuerte como un roble.
– Es cierto. Pero debo admitir que estoy preocupado por Miranda.
– Pues no lo estés -insistió Olivia-. Está bien, de veras.
Turner entrecerró los ojos. Su hermana se había sonrojado ligeramente.
– Me estás ocultando algo.
– No… No sé de qué me estás hablando -tartamudeó ella-. ¿Y por qué me haces tantas preguntas sobre Miranda?
– Porque también es una buena amiga mía -respondió él, con delicadeza-. Y te sugiero que me cuentes la verdad.
Olivia se colocó al otro lado de la cama cuando su hermano se dirigió hacia ella.
– No sé de qué me estás hablando.
– ¿Está con un hombre? -le preguntó él-. ¿Lo está? ¿Es por eso que te has inventado esta historia más que obvia acerca de la abuela enferma?
– No es una historia -protestó ella.
– ¡Dime la verdad!
Ella apretó los labios.
– Olivia -dijo, amenazante.
– ¡Turner! -exclamó, asustada-. No me gusta cómo me estás mirando. Voy a llamar a mamá.
– Mamá me llega al codo. No podrá evitar que te estrangule, mocosa.
Ella abrió los ojos como platos.
– Turner, te has vuelto loco.
– ¿Quién es él?
– ¡No lo sé! -exclamó ella-. No lo sé.
– Entonces, hay alguien.
– ¡Sí! ¡No! ¡Ya no!
– ¿Qué diablos está pasando? -Los celos, puros y crudos, se apoderaron de él.
– ¡Nada!
– Dime qué le ha pasado a Miranda. -Rodeó la cama hasta que tuvo a su hermana arrinconada. Un miedo muy primitivo le recorrió el cuerpo. Miedo de perder a Miranda y miedo de que estuviera herida. ¿Y si le había pasado algo? Nunca se habría imagino que el bienestar de Miranda pudiera provocarle aquel nudo de preocupación en la garganta, pero lo tenía y, Jesús, era horrible. Nunca había querido apreciarla tanto.
Olivia meneó la cabeza de un lado a otro, buscando una escapatoria.
– Está bien, Turner. Te lo juro.
La agarró por los hombros con sus enormes manos.
– Olivia -dijo, en voz baja, y con los ojos azules llenos de furia y miedo-. Sólo te lo pienso decir una vez. Cuando éramos pequeños, no te pegué ni una sola vez, a pesar de tener motivos de sobra. -Hizo una pausa, y se inclinó sobre ella, amenazante-. Pero no soy contrario a empezar ahora.
El labio inferior de Olivia empezó a temblar.
– Si no me dices ahora mismo en qué lío se ha metido Miranda, te prometo que lo lamentarás.
La expresión de Olivia reflejó cientos de emociones, casi todas relacionadas con el pánico o el miedo.
– Turner -le suplicó-, es mi mejor amiga. No puedo traicionar su confianza.
– ¿Qué le pasa? -gruñó él.
– Turner…
– ¡Dímelo!
– No, no puedo. No… -Olivia palideció-. Oh, Dios mío.
– ¿Qué?
– Oh, Dios mío -susurró-. Eres tú.
Vio una mirada que jamás había visto, ni en su hermana ni en ninguna otra persona, y entonces…
– ¿Cómo pudiste? -exclamó ella, golpeándole en el pecho con los puños-. ¿Cómo pudiste? Eres un animal, ¿me oyes? ¡Un animal! Y es espantoso que la dejaras así.
Turner permaneció rígido durante la diatriba, intentando entender sus palabras y su ira.
– Olivia -dijo, muy despacio-, ¿de qué estás hablando?
– Miranda está embarazada -dijo, entre dientes-. Embarazada.
– Oh, Dios mío. -Turner dejó caer las manos y se sentó en la cama, atónito.
– Imagino que eres el padre -dijo ella, con frialdad-. Es asqueroso. Por el amor de Dios, Turner, prácticamente eres su hermano.
Él hinchó los orificios nasales.
– Lo dudo.
– Eres mayor que ella, y tienes más experiencia. No deberías haberte aprovechado de ella.
– No voy a justificar mis actos delante de ti -dijo él, con frialdad.
Olivia se rió.
– ¿Por qué no me lo dijo? -preguntó Turner.
– Estabas en Kent, ¿recuerdas? Bebiendo, yendo con mujeres…
– No he ido con mujeres -la interrumpió él-. No he estado con otra mujer desde Miranda.
– Discúlpame si me cuesta creerlo, hermano mayor. Eres despreciable. Sal de mi habitación.
– Embarazada -repitió la palabra, como si eso lo ayudara a creérselo-. Miranda. Un hijo. Dios mío.
– Es un poco tarde para implorar a Dios -dijo Olivia, distante-. Tu comportamiento ha sido peor que censurable.