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Los Diarios Secretos De Miranda

Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:

A los diez años Miranda Cheever no muestra signo alguno de convertirse en una gran belleza. Y ni siquiera a esa temprana edad Miranda ha aprendido a aceptar las expectativas que la sociedad tiene depositadas en ella… hasta la tarde en que Nigel Bevelstoke, el guapo y elegante vizconde Turner, besa solemnemente su mano y le promete que un día madurará y se convertirá en una mujer tan hermosa como inteligente.
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
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– No sabía que estaba embarazada.

– ¿Importa?

Turner no respondió. No podía. No cuando sabía que se había equivocado. Escondió la cara tras las manos, con la mente todavía aturdida. Dios santo, cuando pensaba en lo egoísta que había sido… Había pospuesto la confrontación con Miranda porque era un perezoso. Había dado por sentado que estaría aquí esperándolo cuando volviera. Porque… porque…

Porque es lo que hacía Miranda. ¿Acaso no lo había estado esperando durante años? ¿Acaso no había dicho que…?

Era un imbécil. No podía haber otra explicación o excusa. Había dado por sentado… y luego se había aprovechado… y…

Ni en sus peores pesadillas había imaginado que ella estaría a tres mil kilómetros al norte, enfrentándose a un embarazo inesperado que pronto podría convertirse en un hijo ilegítimo.

Le había pedido que, si eso sucedía, se lo notificara. ¿Por qué no había escrito? ¿Por qué no le había dicho nada?

Bajó la mirada hasta las manos. Parecían extrañas, y ajenas, y cuando doblaba los dedos, notaba los músculos tensos y acartonados.

– ¿Turner?

Oía a su hermana susurrar su nombre, pero no podía responderle. Notaba cómo movía la garganta, pero no podía hablar, ni siquiera podía respirar. Sólo podía quedarse allí sentado como un imbécil, pensando en Miranda.

Sola.

Estaba sola y, seguramente, aterrada. Estaba sola cuando debería haber estado casada y cómodamente instalada en su casa de Northumberland, con aire fresco, mucha comida y donde él pudiera vigilarla.

Un hijo.

Es curioso cómo siempre había imaginado que cedería a Winston la responsabilidad de seguir con el apellido de la familia, porque ahora lo que más deseaba era acariciar la barriga de Miranda y tener a ese bebé en los brazos. Ojalá fuera una niña. Ojalá tuviera los ojos marrones. Ya tendría un heredero más adelante. Con Miranda en la cama, no estaba preocupado por volver a concebir.

– ¿Qué vas a hacer? -preguntó Olivia.

Turner levantó la cabeza muy despacio. Su hermana estaba de pie frente a él de forma combativa y con las manos en las caderas.

– ¿Qué crees que voy a hacer? -respondió él.

– No lo sé, Turner. -Y, por una vez, la voz de Olivia no fue mordaz. Turner se dio cuenta de que no era una réplica. No era un desafío. Olivia dudaba, sinceramente, que tuviera la intención de hacer lo correcto y casarse con Miranda.

Nunca se había sentido menos hombre.

Respiró hondo, se estremeció, se levantó y se aclaró la garganta.

– Olivia, ¿serías tan amable de darme la dirección de Miranda en Escocia?

– Encantada. -La chica se acercó a su mesa, arrancó un papel y garabateó unas palabras-. Aquí la tienes.

Turner tomó el trozo de papel, lo dobló y se lo guardó en el bolsillo.

– Gracias.

Olivia no respondió a propósito.

– Imagino que no te veré durante un tiempo.

– Espero que, al menos, hasta dentro de unos siete meses -respondió ella.

Turner cruzó Inglaterra dirección a Edimburgo, completando el trayecto en un tiempo récord de cuatro días y medio. Cuando llegó a la capital escocesa, estaba cansado y lleno de polvo, pero daba igual. Cada día que Miranda estaba sola, era otro día que podía… Demonios, no sabía qué podía hacer, pero quería averiguarlo.

Comprobó la dirección una última vez antes de subir las escaleras. Los abuelos de Miranda vivían en una casa bastante nueva en una zona privilegiada de Edimburgo. Un día había oído que pertenecían a la pequeña aristocracia y que tenían tierras más al norte. Turner suspiró aliviado de que estuvieran pasando el verano al sur, más cerca de la frontera. No le hubiera hecho ninguna gracia tener que continuar el viaje hasta los Highlands. Ya había sido agotador llegar a Edimburgo.

Llamó a la puerta con firmeza. Abrió el mayordomo y lo saludó con un acento tan elegante como el que se podría encontrar en la residencia de un duque.

– He venido a ver a la señorita Cheever -dijo Turner, con brevedad.

El mayordomo miró con desdén su ropa polvorienta.

– No está en casa.

– ¿De veras? -El tono de Turner implicaba que no se lo creía. No le sorprendería que Miranda hubiera dado su descripción a todo el servicio y les hubiera dicho que no lo dejaran pasar.

– Tendrá que volver más tarde. Sin embargo, estaré encantado de darle un mensaje si…

– Esperaré. -Turner pasó por delante del mayordomo y entró en un pequeño salón que había justo a la entrada de la casa.

– ¡Un momento, señor! -protestó el mayordomo.

Turner sacó una de sus tarjetas y se la entregó. El mayordomo miró el nombre, lo miró a él, y volvió a leer el nombre. Seguro que no esperaba que un vizconde tuviera aquel aspecto tan desaliñado. Turner sonrió con ironía. A veces, un título podía ir de maravilla.

– Si quiere esperar, milord -dijo el mayordomo, en un tono más suave-. Diré a una doncella que le traiga una taza de té.

– Por favor.

Cuando el mayordomo salió por la puerta, Turner empezó a pasearse por el salón, examinando cuidadosamente todos los detalles. Estaba claro que los abuelos de Miranda tenían buen gusto. Los muebles eran sencillos y de líneas clásicas, de los que nunca pasaban de moda. Mientras observaba el cuadro de un paisaje se preguntó, como había hecho miles de veces desde que había salido de Londres, qué iba a decirle a Miranda. El mayordomo no había llamado al guardia en cuanto había leído su nombre. Era una buena señal… suponía.

El té llegó al cabo de unos minutos y, cuando Miranda no apareció, Turner se dijo que el mayordomo no le había mentido al decirle que no estaba. Daba igual. Esperaría el tiempo que fuera necesario. Al final, se acabaría saliendo con la suya; de eso no tenía ninguna duda.

Miranda era una chica sensata. Sabía que el mundo era un lugar frío y cruel para los hijos ilegítimos. Y sus madres. Por muy enfadada que estuviera con él, y estaría enfadada, sin duda, seguro que no quería una vida tan difícil para su hijo.

Además, también era hijo suyo. Se merecía la protección de su apellido. Igual que Miranda. No le gustaba la idea de que pasara más tiempo sola, aunque sus abuelos hubieran accedido a que se quedara en su casa durante aquel duro trance.

Turner se sentó con la taza de té en la mano durante media hora, y se comió al menos seis de los bollos que le habían traído con el té. El trayecto desde Londres había sido largo y no se había parado a comer muy a menudo. Estaba maravillado de lo buenos que estaban, mucho mejor que cualquiera que se hubiera comido en Inglaterra, cuando oyó que la puerta principal se abría.

– ¡MacDownes!

La voz de Miranda. Turner se levantó, con un bollo a medias en la mano. Oyó pasos en el recibidor, presumiblemente del mayordomo.

– ¿Podrías ayudarme con estos paquetes? Sé que debería haber dicho que me los enviaran a casa, pero estaba demasiado impaciente.

Turner oyó el ruido de paquetes cambiando de manos y, después, la voz del mayordomo.

– Señorita Cheever, debo informarla que tiene una visita esperándola en el salón.

– ¿Una visita? ¿Yo? Qué extraño. Será algún miembro de la familia Maclean. Siempre me he relacionado con ellos cuando he estado en Escocia y han debido de enterarse que estoy en la ciudad.

– No creo que sea escocés, señorita.

– ¿De veras? ¿Y, entonces, quién…?

Turner estuvo a punto de sonreír cuando Miranda dejó la frase inacabada. Se la imaginaba con la boca abierta.

– Ha insistido mucho, señorita -continuó MacDownes-. Tengo su tarjeta aquí mismo.

Y luego se produjo un largo silencio hasta que Miranda dijo:

– Dile, por favor, que no puedo recibirle. -Le tembló la voz con la última palabra, y luego subió las escaleras corriendo.

Turner salió al pasillo justo a tiempo de chocar contra MacDownes, que seguramente se estaba relamiendo con la idea de echarlo.

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