Los Diarios Secretos De Miranda
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
Se arrepentía de no haberle podido explicar los motivos de su repentina marcha. No creía que se hubiera ofendido; después de todo, le había dicho que necesitaba tiempo para pensar. También le había dicho que se casarían; seguro que ella no dudaría de sus intenciones porque se tomara unos días para reflexionar sobre aquella situación inesperada.
Era consciente de la enormidad de sus actos. Había seducido a una chica joven y soltera. Una chica que apreciaba y respetaba. Una chica que su familia adoraba.
Para ser un hombre que no quería volver a casarse, estaba claro que no había pensado con la cabeza.
Gruñó, se dejó caer en una butaca y recordó las reglas que sus amigos y él habían establecido hacía años cuando salieron de Oxford y se preparaban para los placeres de Londres y las fiestas. Sólo había dos. Nada de mujeres casadas, a menos que fuera obvio que al marido no le importara. Y, sobre todo, nada de vírgenes. Nunca, nunca, nunca seducir a una virgen.
Nunca.
Bebió otro sorbo de brandy. Dios Santo. Si necesitaba una mujer, había decenas que habrían sido más apropiadas. La encantadora condesa viuda hubiera sido perfecta. Katherine habría sido la amante perfecta, y no habría tenido la necesidad de casarse con ella.
Matrimonio.
Lo había hecho una vez, con el corazón enamorado y estrellas en los ojos, y había salido escaldado. En realidad, era gracioso. Las leyes de Inglaterra conferían absoluta autoridad al marido, pero él nunca se había sentido con menos control sobre su vida que cuando estuvo casado.
Leticia le había destrozado el corazón y lo había convertido en un hombre enfadado y desalmado. Estaba contento de que hubiera muerto. «Contento.» ¿En qué clase de hombre lo convertía eso? Cuando el mayordomo entró en el despacho y le informó de que se había producido un accidente y que su mujer estaba muerta, Turner ni siquiera sintió alivio. El alivio, al menos, habría sido una emoción inocente. No, lo primero que pensó fue: «Gracias, Señor».
E, independientemente de lo despreciable que fuera Leticia y de las veces que hubiera deseado no haberse casado con ella, ¿no debería haber sentido algo más compasivo ante su muerte? ¿O, como mínimo, algo que no fuera sólo falta de compasión?
Y ahora… ahora… Bueno, la verdad es que no quería casarse. Es lo que había decidido cuando llevaron el cadáver destrozado de Leticia a casa y es lo que había confirmado cuando estuvo frente a su tumba. Había tenido una esposa y no quería otra. Al menos, no en un periodo breve de tiempo.
Sin embargo, a pesar de los intentos de Leticia, por lo visto no había matado todos sus buenos sentimientos porque ahí estaba, planeando su matrimonio con Miranda.
Sabía que era una buena mujer, y sabía que nunca lo traicionaría, pero podía llegar a ser muy testaruda. Recordó cómo se puso en la librería, atacando al propietario con el bolso. Y ahora iba a ser su esposa. Dependería de él que no se metiera en líos.
Maldijo y bebió otro trago. No quería esa responsabilidad. Era demasiado. Necesitaba un descanso. ¿Era pedir demasiado? Un descanso de la obligación de tener que pensar en otra persona que no fuera él. Un descanso de tener que preocuparse, de tener que protegerse el corazón de otra paliza.
¿Tan egoísta era? Seguramente, pero, después de Leticia, se merecía un poco de egoísmo. Tenía que hacerlo.
Sin embargo, el matrimonio conllevaría algunos beneficios que serían muy bien recibidos. Se le erizó la piel al pensar en Miranda. En la cama. Debajo de él. Y, entonces, empezó a imaginar qué podría depararles el futuro…
Miranda. Otra vez en la cama. Y otra vez en la cama. Y en la cama. Y…
¿Quién lo hubiera dicho? Miranda.
Matrimonio. Con Miranda.
Además, razonó mientras se acababa la bebida; le caía mejor que mucha gente que conocía. Era más interesante y divertida que cualquiera de las otras mujeres. Si tenía que tener una esposa, Miranda era perfecta. Era la mejor opción que había ahí fuera.
Se le ocurrió pensar que no lo estaba examinando desde un punto de vista demasiado romántico. Iba a necesitar más tiempo para pensar. Quizá debería irse a la cama y esperar que, por la mañana, tuviera las ideas más claras. Suspiró, dejó el vaso en la mesa y se levantó, aunque luego se lo pensó mejor y recogió el vaso. Otro brandy quizá le viniera bien.
Por la mañana, le dolía la cabeza y su mente no estaba más predispuesta a tratar el asunto que tenía entre manos que la noche anterior. Por supuesto, seguía decidido a casarse con Miranda; un caballero no comprometía a una dama de buena cuna sin pagar las consecuencias.
Sin embargo, detestaba la sensación de hacerlo con prisas. Daba igual que él lo hubiera provocado todo; necesitaba sentir que lo había solucionado todo a su gusto.
Por eso, cuando bajó a desayunar, la carta de su amigo lord Harry Winthrop supuso un agradable cambio de tema en su mente. Harry estaba pensando comprarse una propiedad en Kent y quería saber si a él le gustaría acompañarlo y darle su opinión.
Turner salió por la puerta en menos de una hora. Sólo serían unos días. Se encargaría de Miranda cuando regresara.
A Miranda no le importó demasiado que Turner se hubiera marchado antes de la fiesta. Si ella hubiera podido, habría hecho lo mismo. Además, podía pensar mejor sin tenerlo cerca y, aunque tampoco había mucho que pensar, porque había ido en contra de todos los principios en los que la habían educado y, si no se casaba con él, quedaría deshonrada para siempre, suponía un ligero alivio tener la sensación de controlar sus emociones.
A los pocos días, cuando regresaron a Londres, Miranda esperaba que Turner apareciera enseguida. No quería obligarlo a casarse con ella, pero un caballero era un caballero y una dama era una dama, y, cuando se unían, lo siguiente solía ser una boda. Y él lo sabía. Le había dicho que se casaría con ella.
Y seguro que quería hacerlo. Ella se había quedado muy emocionada con su encuentro íntimo y seguro que él también había sentido algo. No podía ser sólo por una parte. Al menos, no del todo.
Consiguió hablar en un tono neutro cuando le preguntó a lady Rudland dónde estaba, pero la señora respondió que no tenía ni la menor idea. Que sólo sabía que no estaba en la ciudad. Miranda notó una tensión en el pecho y dijo algo como «Oh», o «Entiendo», o algo así antes de subir hacia su habitación, donde lloró intentando no hacer ruido.
Sin embargo, enseguida afloró su lado optimista y decidió que quizá lo habían necesitado en su finca del campo para un asunto urgente. Northumberland estaba muy lejos. Seguramente, estaría fuera una semana.
Pasó una semana y la frustración se hizo un hueco junto a la desesperación en el corazón de Miranda. No podía preguntar por él, porque nadie en la familia Bevelstoke sabía que se llevaban tan bien. Siempre la habían considerado amiga de Olivia, no de Turner. Y si preguntaba repetidamente dónde estaba, levantaría sospechas. Y sobraba decir que Miranda no podía tener ningún motivo lógico a los ojos de los demás para ir a casa de Turner y preguntar por él ella misma. Aquello arruinaría por completo su reputación. Al menos, ahora su desgracia era algo privado.
Sin embargo, cuando pasó otra semana decidió que no podía quedarse más tiempo en Londres. Se inventó una enfermedad de su padre y explicó a los Bevelstoke que tenía que regresar a Cumberland de inmediato para cuidarlo. Todos se quedaron muy preocupados y Miranda se sintió un poco culpable cuando lady Rudland insistió en que viajara en su carruaje con dos escoltas y una doncella.