Los Diarios Secretos De Miranda
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
Suspiró de forma entrecortada.
– ¿Sucede algo? -Miranda no se volvió, pero parecía nerviosa.
– No. ¿Estás mejor?
– Sí. -Pero, incluso mientras lo decía, se estremeció.
Antes de que Turner pudiera darse la oportunidad de convencerse de lo contrario, alargó la mano y le soltó el cordón de la falda.
Ella emitió un grito ahogado.
– Jamás entrarás en calor con esta cosa colgando a tu alrededor como un carámbano. -Empezó a bajarle la tela.
– No creo que… Sé que… Esto es…
– ¿Sí?
– Es una mala idea.
– Seguramente. -La falda cayó al suelo y formó una bola de tela empapada y dejó a Miranda únicamente cubierta por la fina camisola, que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel.
– Dios mío. -Intentó taparse, pero estaba claro que no sabía por dónde empezar. Cruzó los brazos sobre el pecho, y luego descendió una mano para taparse la entrepierna. Pero entonces debió de darse cuenta que no estaba de frente a él y bajó las manos para taparse las nalgas.
Turner casi esperaba que se hiciera pequeña.
– ¿Quieres hacerme el favor de marcharte? -susurró, mortificada.
Turner quería hacerlo. Jesús, sabía que debería obedecer su súplica. Pero sus piernas se negaban a moverse y no podía apartar la mirada de sus exquisitas y redondeadas nalgas, cubiertas por sus delicadas manos.
Unas manos que todavía temblaban de frío.
Maldijo otra vez y recordó el motivo original por el que le había quitado la falda.
– Acércate más al fuego -le ordenó.
– ¡Si me acerco un poco más me quemaré! -exclamó ella-. Márchate.
Él retrocedió. Le gustaba más cuando estaba furiosa.
– ¡Fuera!
Turner fue hasta la puerta y la cerró. Miranda se quedó inmóvil unos segundos hasta que, al final, dejó resbalar la manta hasta el suelo y se arrodilló frente al fuego.
A Turner se le aceleró le corazón y latía con tanta fuerza que le sorprendía que no la hubiera alertado de su presencia.
Ella suspiró y se desperezó.
La erección de Turner se endureció todavía más, algo que creía imposible.
Miranda se levantó el pelo, dejando el cuello libre, y giró la cabeza lánguidamente.
Turner gruñó.
Miranda volvió la cabeza.
– ¡Serás bellaco! -exclamó, sin taparse.
– ¿Bellaco? -Arqueó la ceja ante el anticuado improperio.
– Bellaco, descarado, diablo, como quieras llamarlo.
– Me declaro culpable de todos los cargos.
– Si fueras un caballero, te habrías marchado.
– Pero me quieres -dijo, aunque no estaba seguro de por qué se lo estaba recordando.
– Eres horrible por sacar eso ahora -susurró ella.
– ¿Por qué?
Miranda lo miró fijamente, atónita de que lo hubiera preguntado.
– ¿Por qué te quiero? No lo sé. Está claro que no te lo mereces.
– No -asintió él.
– Además, da igual. Creo que ya no te quiero -añadió enseguida. Cualquier cosa para proteger su orgullo herido-. Tenías razón. Sólo era un encaprichamiento infantil.
– No lo era. Y no te desenamoras de alguien tan deprisa.
Miranda abrió los ojos. ¿Qué le estaba diciendo? ¿Quería su amor?
– Turner, ¿qué quieres?
– A ti -dijo, en un susurro, porque casi no tenía fuerzas para decirlo.
– No es verdad -respondió ella, más por nervios que por cualquier otra cosa-. Tú mismo lo dijiste.
Él dio un paso adelante. Iría al infierno por esto, pero primero tocaría el cielo.
– Te deseo -dijo. Y la deseaba. La deseaba con más fuerza, pasión e intensidad de la que podía imaginar. Iba más allá del deseo.
Iba más allá de la necesidad.
Era inexplicable y, por mucho que lo intentara, era irracional, pero ahí estaba y no podía negarlo.
Muy despacio, cubrió la distancia que los separaba. Miranda se quedó inmóvil junto al fuego, con los labios separados y la respiración superficial.
– ¿Qué vas a hacer? -susurró.
– A estas alturas ya debería ser obvio. -Y, con un movimiento fluido, se agachó y la levantó en brazos.
Miranda no se movió, no se resistió. El calor de su cuerpo era embriagador. La invadía, le derretía los huesos y la hacía sentirse deliciosamente lasciva.
– Oh, Turner -suspiró.
– Oh, sí. -Sus labios siguieron la línea de la mandíbula mientras, con delicadeza y reverencia, la dejaba en la cama.
En aquel último instante antes de que Turner le cubriera el cuerpo con el suyo, Miranda sólo pudo mirarlo y pensar que lo había querido siempre, que todos sus sueños y todos los días que había soñado despierta la habían guiado hasta ese momento. Él todavía no había pronunciado las palabras que harían saltar de alegría a su corazón, pero ahora aquello no parecía tener importancia. Los ojos azules le brillaban con tanta intensidad que ella se dijo que debía de quererla, aunque fuera un poco. Y eso parecía bastar.
Bastaba para hacer realidad ese momento.
Bastaba para que estuviera bien.
Bastaba para que fuera perfecto.
Miranda se hundió en el colchón debajo de su peso. Alargó la mano y le acarició el grueso pelo.
– Es una lástima.
Turner levantó la cabeza y la miró, divertido.
– ¿Una lástima?
– En un hombre -respondió ella, con una sonrisa tímida-. Es como las pestañas largas. Las mujeres matarían por ellas.
– Lo harían, ¿verdad? -Le sonrió-. ¿Y qué te parecen las mías?
– Muy, muy largas.
– ¿Y tú matarías por unas pestañas largas?
– Mataría por las tuyas.
– ¿En serio? ¿No te parecen que son demasiado claras para tu pelo?
Ella le dio un zurriagazo en broma.
– Las quiero acariciándome la piel, no pegadas a mis párpados, tonto.
– ¿Me has llamado tonto?
Ella le sonrió.
– Sí.
– ¿Te parece esto una tontería? -empezó a subirle la mano por la pierna.
Ella meneó la cabeza. En pocos segundos, se había quedado sin aire.
– ¿Y esto? -Colocó una mano encima de un pecho.
Ella gimió de forma incoherente.
– ¿Y esto?
– No -consiguió decir.
– ¿Qué te parece?
– Bien.
– ¿Y ya está?
– Maravilloso.
– ¿Y?
Miranda respiró hondo mientras intentaba no concentrarse en su dedo, que estaba dibujando círculos sobre el erecto pezón a través de la seda de la camisola. Y dijo la única palabra que parecía describirlo:
– Centelleante.
Él sonrió, sorprendido.
– ¿Centelleante?
Ella sólo pudo asentir. El calor de Turner la cubría por completo, y era tan sólido, fuerte y masculino. Miranda tenía la sensación de resbalar por un precipicio. Caía y caía, pero no quería que la salvaran. Sólo quería llevarse a Turner consigo.
Le estaba mordisqueando la oreja y, segundos después, tenía la boca en el hueco del cuello, tirando de la delicada seda con los dientes.
– ¿Cómo estás? -le preguntó, con voz ronca.
– Caliente. -Esa palabra parecía describir cada centímetro de su cuerpo.
– Mmm, perfecto. Así es como me gustas. -Deslizó la mano por debajo de la seda y la colocó encima del pecho desnudo.
– ¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Turner! -Arqueó la espalda debajo de él, proporcionándole sin querer más piel.
– ¿Dios o yo? -preguntó él, en broma.
Miranda respiraba de forma entrecortada.
– No… lo… sé.
Turner deslizó la otra mano por debajo de la camisola y ascendió hasta que llegó a la curvilínea cadera.
– Dadas las circunstancias -murmuró en su cuello-, creo que yo.
Ella sonrió.
– Por favor, nada de religión.
No necesitaba que le recordaran que sus acciones iban en contra de todos los principios que le habían enseñado en la iglesia, en la escuela, en casa y en cualquier otro sitio.