Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Los Diarios Secretos De Miranda - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Los Diarios Secretos De Miranda

Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:

A los diez años Miranda Cheever no muestra signo alguno de convertirse en una gran belleza. Y ni siquiera a esa temprana edad Miranda ha aprendido a aceptar las expectativas que la sociedad tiene depositadas en ella… hasta la tarde en que Nigel Bevelstoke, el guapo y elegante vizconde Turner, besa solemnemente su mano y le promete que un día madurará y se convertirá en una mujer tan hermosa como inteligente.
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
1 ... 38 39 40 41 42 43 44 45 46 ... 66
Перейти на страницу:

– ¿Oídos tiernos? -se burló Olivia-. Como si tus oídos fueran menos tiernos que los míos.

Los oídos quizá no, pero el resto de su cuerpo sí, se dijo Miranda, con amargura.

– No se hable más del asunto -dijo, con firmeza-. Lo dejaré en manos de tu magnífica imaginación.

Olivia se quejó un poco pero, al final, suspiró y preguntó:

– ¿Cuándo volverás a casa?

– Ya estoy en casa -le recordó Miranda.

– Sí, sí, claro. Ésta es tu casa oficial, lo sé, pero te aseguro que toda la familia Bevelstoke te echa mucho de menos. ¿Cuándo volverás a Londres?

Miranda se mordió el labio inferior. Obviamente, no toda la familia Bevelstoke la echaba de menos porque, si no, cierto miembro no se habría quedado tanto tiempo en Kent. Sin embargo, regresar a Londres era la única opción que tenía para luchar por su felicidad, ya que quedarse allí sentada en Cumberland, llorando sobre su diario y mirando malhumoradamente por la venta, la hacía sentirse como una imbécil invertebrada.

– Si soy una imbécil -farfulló, para sí misma-, al menos seré una imbécil vertebrada.

– ¿Qué has dicho?

– He dicho que regresaré a Londres -dijo Miranda, con gran determinación-. Papá ya está bien y puede arreglárselas sin mí.

– Magnífico. ¿Cuándo nos vamos?

– Bueno, en dos o tres días, supongo. -Miranda no era tan valiente como para no querer retrasar lo inevitable unos días más-. Tengo que hacer las maletas y seguro que tú estarás cansada después de haber cruzado el país.

– Un poco, sí. Quizá deberíamos quedarnos una semana. Siempre que no nos cansemos de la vida de campo. No me importaría tomarme una pausa del ajetreo de Londres.

– No, no. Perfecto -le aseguró Miranda. Turner podía esperar. Seguro que no se casaría con otra en una semana y ella aprovecharía los días para hacer acopio de valor.

– Perfecto. En tal caso, ¿podemos ir a montar esta tarde? Me muero de ganas de galopar un buen rato.

– Me parece muy buena idea. -Trajeron el té y Miranda lo sirvió-. Creo que una semana es perfecto.

Una semana después, Miranda estaba más que convencida de que no podía volver a Londres. Nunca. El periodo, que en su caso era muy regular, se le había retrasado. Debería haberle venido unos días antes de la llegada de Olivia. Había conseguido aplazar las preocupaciones durante los primeros días intentando convencerse de que estaba muy sensible. Y luego, en medio de la emoción por la llegada de Olivia, se había olvidado por completo. Pero ahora ya acumulaba más de una semana de retraso. Y vomitaba cada mañana. A lo largo de su vida había salido poco del pueblo, pero era una chica de campo y sabía lo que eso significaba.

Dios mío, un bebé. ¿Qué iba a hacer? Tenía que decírselo a Turner; aquello era inevitable. Y, aunque no pretendía aprovecharse de una vida inocente para forzar un matrimonio que no estaba predestinado a suceder, ¿cómo podía negarle a su hijo sus derechos? Sin embargo, la idea de viajar a Londres era una agonía. Y estaba harta de perseguirlo, esperar y rezar para que algún día la quisiera. Por una vez, podría ser él quien acudiera a ella.

Y acudiría, ¿verdad? Era un caballero. Puede que no la quisiera, pero seguro que ella no lo había juzgado tan mal. No ignoraría su deber.

Miranda dibujó una débil sonrisa. De modo que había acabado así. Era un deber. Tendría a Turner; después de tantos años soñando con eso, finalmente se convertiría en lady Turner, pero no sería más que un deber. Se colocó la mano en el estómago. Debería ser un momento de júbilo, pero sólo tenía ganas de llorar.

Alguien llamó a la puerta de su habitación. Miranda levantó la cabeza con expresión de sorpresa y no dijo nada.

– ¡Miranda! -La voz de Olivia era persistente-. Abre la puerta. Sé que estás llorando.

Miranda respiró hondo y fue hacia la puerta. No sería fácil ocultarle el secreto a Olivia, pero tenía que intentarlo. Su amiga era muy leal y jamás traicionaría su confianza, pero, a pesar de todo, Turner era su hermano. Era imposible prever lo que haría. Miranda no descartaba que lo amenazara con una pistola y lo obligara a viajar al norte ella misma.

Se miró en el espejo antes de abrir. Podía secarse las lágrimas, pero no podía esconder la rojez de los ojos. Respiró hondo varias veces, dibujó la sonrisa más amplia que pudo y abrió la puerta.

No engañó a Olivia ni un minuto.

– Cielo santo, Miranda -dijo, mientras la abrazaba enseguida-. ¿Qué te ha pasado?

– Estoy bien -le aseguró Miranda-. En esta época del año, los ojos siempre me pican mucho.

Olivia retrocedió, la miró de arriba abajo y cerró la puerta.

– Pero estás muy pálida.

A Miranda se le revolvió el estómago y tragó saliva de forma compulsiva.

– Creo que he debido de coger algún tipo de… -Agitó la mano en el aire, con la esperanza de que sirviera para terminar la frase-. Quizá debería sentarme.

– No puede haber sido la comida -dijo Olivia, mientras la acompañaba hasta la cama-. Ayer casi no comiste y, en cualquier caso, yo comí lo mismo que tú, y más cantidad. -Le dio un codazo mientras ahuecaba las almohadas-. Y estoy perfecta.

– Seguramente sea un resfriado -farfulló Miranda-. Deberías regresar a Londres sin mí. No querría contagiarte.

– Bobadas. No pienso dejarte sola en estas condiciones.

– No estoy sola. Está mi padre.

Olivia le lanzó una mirada de incredulidad.

– Sabes que nunca se me ocurriría menospreciar a tu padre, pero dudo que sepa qué hacer con una enferma. La mitad del tiempo dudo que sepa que estamos aquí.

Miranda cerró los ojos y se dejó caer en las almohadas. Por supuesto, Olivia tenía razón. Adoraba a su padre, pero, sinceramente, cuando se trataba de interactuar con otros seres humanos, era un caso perdido.

Olivia se sentó al borde de la cama, el colchón gimoteó y Miranda intentó ignorarla, intentó fingir que no sabía, aún teniendo los ojos cerrados, que Olivia la estaba mirando y estaba esperando que reaccionara ante su presencia.

– Miranda, por favor, dime qué te pasa -dijo Olivia, con dulzura-. ¿Es tu padre?

Miranda meneó la cabeza, pero, justo en ese momento, Olivia cambió de postura. El colchón se onduló bajo sus cuerpos y, aunque Miranda nunca se había mareado en los barcos, se le revolvió el estómago y, de repente, era imperativo que…

Saltó de la cama y tiró a Olivia al suelo. Llegó al orinal justo a tiempo.

– Santo Dios -dijo Olivia, a una respetuosa y protectora distancia-. ¿Cuánto tiempo llevas así?

Miranda prefirió no responder. Sin embargo, su estómago respondió con otra arcada.

Olivia retrocedió.

– Eh… ¿Puedo hacer algo por ti?

Miranda meneó la cabeza y dio gracias de llevar el pelo recogido.

Olivia la observó unos instantes más, y luego se acercó al lavamanos y mojó un paño.

– Toma -dijo, estirando el brazo y ofreciéndoselo a su amiga.

Miranda lo aceptó encantada.

– Gracias -susurró, mientras se limpiaba la cara.

– No creo que sea un resfriado -dijo Olivia.

Miranda meneó la cabeza.

– Estoy casi convencida de que el pescado de anoche estaba bueno y no sé qué puede…

A Miranda no le hizo falta ver la cara de Olivia para interpretar su exclamación. Lo sabía. Puede que todavía no se lo creyera, pero lo sabía.

– ¿Miranda?

Miranda permaneció inmóvil, agachada en una posición patética frente al orinal.

– ¿Estás… Has…?

Miranda tragó saliva y asintió.

– Dios mío. Dios mío. Oh, oh, oh, oh, oh.

Quizás era la primera vez en su vida que Miranda veía a Olivia sin palabras. Acabó de limpiarse la boca y, cuando pareció que el estómago se le calmaba un poco, se incorporó.

Olivia la estaba mirando como si hubiera visto una aparición.

1 ... 38 39 40 41 42 43 44 45 46 ... 66
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)