Los Diarios Secretos De Miranda
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
– ¿Cómo? -le preguntó, al final.
– De la manera habitual -respondió Miranda-. Te aseguro que no hay motivo para alertar a la Iglesia.
– Lo siento. Lo siento. Lo siento -se apresuró a decir Olivia-. No quería molestarte. Es sólo que… bueno… tienes que saber que… bueno… es una sorpresa.
– Para mí también lo ha sido -respondió Miranda con la voz plana.
– Es lo último que podía imaginarme -dijo Olivia, sin pensar-. Quiero decir que si habías hecho… si habías estado… -Dejó la frase en el aire cuando se dio cuenta de que todavía lo estaba empeorando más.
– Igualmente ha sido una sorpresa, Olivia.
Olivia se quedó en silencio unos minutos mientras absorbía la sorpresa.
– Miranda, tengo que preguntártelo…
– ¡No! -la advirtió Miranda-. Por favor, no me preguntes de quién es.
– ¿Fue Winston?
– ¡No! -respondió, enseguida. Y luego murmuró-. Santo Dios.
– Entonces, ¿quién?
– No puedo decírtelo -dijo Miranda, con la voz rota-. Fue… Fue alguien totalmente inapropiado. No… No sé en qué estaba pensando, pero por favor no vuelvas a preguntármelo. No quiero hablar de eso.
– De acuerdo -dijo Olivia, porque se dio cuenta que no sería sensato seguir insistiendo-. No te lo preguntaré más, te lo prometo. Pero ¿qué vamos a hacer?
Miranda no pudo evitar estar agradecida ante el uso implícito del «nosotras».
– Quiero decir, ¿seguro que estás embarazada? -preguntó Olivia, de repente, con los ojos brillantes de esperanza-. Podría ser un retraso natural. A mí siempre se me retrasa.
Miranda lanzó una elocuente mirada al orinal y luego meneó la cabeza y dijo:
– A mí nunca se me retrasa. Nunca.
– Tendrás que ir a algún sitio -dijo Olivia-. El escándalo será considerable.
Miranda asintió. Tenía la intención de enviar una carta a Turner, pero no podía decírselo a Olivia.
– Probablemente, lo mejor sería sacarte del país. Al continente, quizá. ¿Qué tal tu francés?
– Pésimo.
Olivia suspiró con desaliento.
– Nunca se te han dado demasiado bien los idiomas.
– A ti tampoco -respondió Miranda, irritada.
Olivia decidió no responder y, en lugar de eso, sugirió:
– ¿Por qué no te vas a Escocia?
– ¿Con mis abuelos?
– Sí. No me digas que te echarán por tu estado. Siempre estás hablando de lo amables que son.
Escocia. Sí, era la solución perfecta. Lo notificaría a Turner y él podía reunirse con ella allí. Podrían casarse sin hacer mucho ruido y luego todo estaría, si no bien, al menos arreglado.
– Te acompañaré -dijo Olivia, decidida-. Me quedaré contigo todo lo que pueda.
– ¿Y qué dirá tu madre?
– Ah, le diré que alguien se ha puesto enfermo. La primera vez funcionó, ¿no? -Lanzó una mirada perspicaz a Miranda, con lo que daba a entender que sabía que se había inventado la enfermedad de su padre.
– Eso supone mucha gente enferma.
Olivia se encogió de hombros.
– Es una epidemia. Motivo de más para que ella no se mueva de Londres. ¿Y a tu padre qué le dirás?
– Ah, nada -se limitó a responder Miranda-. No presta demasiada atención a lo que hago.
– Bueno, por una vez es una ventaja. Nos marcharemos hoy mismo.
– ¿Hoy? -repitió Miranda, en voz baja.
– Ya tenemos las maletas hechas, y no tenemos tiempo que perder.
Miranda se miró el estómago plano.
– No, supongo que no.
13 de agosto de 1819
Olivia y yo hemos llegado hoy a Edimburgo. Los abuelos se han sorprendido mucho de verme, aunque todavía se han sorprendido más cuando les he explicado el motivo de mi visita. Se han quedado callados y muy serios, pero en ningún momento me han hecho pensar que estaban decepcionados o avergonzados de mí. Los querré siempre por eso.
Livvy ha enviado una nota a sus padres informándolos de que me había acompañado a Escocia. Cada mañana me pregunta si me ha venido el periodo. Y, como yo suponía, la respuesta es no. Me miro constantemente la barriga. No sé qué espero ver. Seguro que no sale de un día para otro, y menos tan temprano.
Tengo que decírselo a Turner. Sé que tengo que hacerlo, pero, por lo visto, no puedo despistar a Olivia ni escribir la carta en su presencia. Aunque la adoro, tendré que mandarla a casa. Está claro que no puede estar aquí cuando Turner llegue, y llegará en cuanto reciba mi misiva, siempre que pueda enviarla, claro.
Oh, por Dios, ya vuelve Olivia.
Capítulo 13
Turner no estaba seguro de por qué se había quedado tanto tiempo en Kent. El viaje de dos días enseguida se prolongó cuando lord Harry decidió que quería comprarse la propiedad y, además, quería reunir a todos sus amigos para una estridente fiesta de inmediato. Él no tenía forma de librarse de forma educada y, sinceramente, no quería marcharse, no cuando eso significaba tener que volver a Londres y hacer frente a sus responsabilidades.
Y no es que estuviera intentando evitar casarse con Miranda. En realidad, todo lo contrario. Cuando se resignó a la idea de volver a casarse, ya no le pareció un destino tan terrible.
Sin embargo, tenía sus dudas a la hora de volver. Si no se hubiera marchado de la ciudad con la excusa más débil del mundo, habría podido solucionarlo todo allí mismo. Pero, cuanto más esperaba, más quería seguir esperando. ¿Cómo demonios explicaría su ausencia?
Y así, el viaje de dos días se convirtió en una fiesta de una semana, que luego se transformó en tres semanas de libertad absoluta para cazar, hacer carreras y disfrutar de las mujeres libertinas que corrían a su aire por la casa. Turner disfrutó de todo menos de las mujeres. Puede que estuviera esquivando su responsabilidad con Miranda, pero lo mínimo que podía hacer era serle fiel.
Y luego Winston llegó a Kent y se añadió a la fiesta de buen grado y se abandonó a los placeres de tal forma que Turner se vio obligado a quedarse y ofrecerle consejo fraternal. Eso le robó dos semanas más de su tiempo, que entregó sin reparos, porque así aplacaba parte de la culpa que había estado sintiendo. No podía abandonar a su hermano, ¿verdad? Si no vigilaba a Winston, el pobre acabaría con un cuadro grave de sífilis.
Sin embargo, al final se dio cuenta de que no podía posponer más lo inevitable y volvió a Londres sintiéndose un estúpido. Miranda debía de estar subiéndose por las paredes. Tendría suerte si aceptaba su proposición. Y así, sin el más mínimo temor, subió las escaleras de casa de sus padres y entró.
El mayordomo apareció enseguida.
– Huntley -dijo Turner, en forma de saludo-. ¿Está la señorita Cheever o mi hermana?
– No, milord.
– Hmmm. ¿Y cuándo volverán?
– No lo sé, milord.
– ¿Esta tarde? ¿A la hora de la cena?
– Imagino que dentro de varias semanas.
– ¡Varias semanas! -Aquello sí que era una sorpresa-. ¿Y dónde diablos están?
Huntley se tensó ante el vocabulario de Turner.
– En Escocia, milord.
– ¿Escocia? -Maldición. ¿Qué diablos estaban haciendo allí arriba? Miranda tenía familia en Edimburgo; pero, si tenían planificado ir a visitarlos, nadie lo había informado.
Un momento, Miranda no estaría prometida con algún caballero escocés relacionado con sus abuelos, ¿verdad? De ser así, seguro que alguien se lo habría dicho. En primer lugar, Miranda. Y el Señor sabía que Olivia no sabía guardar un secreto.
Turner se colocó a los pies de la escalera y empezó a gritar:
– ¡Madre! ¡Madre! -Se volvió hacia Huntley-. Imagino que mi madre no está en Escocia, ¿verdad?
– No, está en la casa, milord.
– ¡Madre!
Lady Rudland acudió corriendo.
– Turner, ¿qué pasa? ¿Y dónde has estado? Marcharte así a Kent sin avisarnos.
– ¿Por qué están Olivia y Miranda en Escocia?