En el tiempo de las Hogueras
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En el tiempo de las Hogueras». Краткое содержание книги:
El monje escriba Michel es el encargado de obtener su confesión antes de que sea condenada a la hoguera. Sin embargo, a medida que la abadesa avanza en su relato, Michel se va sumergiendo en un mundo mágico donde se enfrenta al bien y al mal, y en su corazón irá creciendo la imagen de una mujer santa, valiente y noble.
En cuanto hubo terminado, el segundo verdugo llegó y rodeó de leña a mi abuela arrodillada, y luego de troncos para conseguir una hoguera rápida y eficaz.
En ese momento Noni empezó a cantar:
Diana e la bona Dea,
Diana e la bona Dea
Las palabras eran confusas, poco claras, pero agucé el oído hasta entenderlas. Las siguió repitiendo con orgullo, un canto mágico, tal vez, y una declaración, que nunca había osado hacer en público o en su propio hogar.
Por fin, la muchedumbre también la entendió y empezó a abuchearla. Alguien arrojó una piedra que le rozó la mejilla. Noni sonrió, reveló sus encías ensangrentadas y siguió cantando con voz débiclass="underline"
Diana es la buena Diosa, la Santa Madre.
¡Salve, Diana, la bona Dea!
La que siempre ha sido
la Madre de Dios.
Arrojaron una segunda piedra, y una tercera. Las dos erraron su blanco. Los gendarmes amenazaron a los fanfarrones con sus espadas. El populacho se calmó al instante, aunque algunos continuaron abucheando a Noni.
Daba la impresión, no obstante, de que Ana Magdalena no les oía. Sin dejar de cantar, alzó la cabeza hacia el cielo. Por estragado que estuviera su rostro, se lo veía radiante. Luego se volvió hacia uno de los clérigos sentados en una plataforma cercana. Intenté distinguir sus facciones, pero la figura iba cubierta con una capa y estaba escondida a la sombra. Ana Magdalena le cantó:
Diana e la bona Dea,
Diana e la bona Dea.
Domenico, tú que rompiste el vitral de la catedral hace tanto tiempo,
tú, la brisa traicionera el día que nació la niña,
tú, el cuervo de aquella fría mañana de verano,
piensas que tu odio ha vencido por fin.
¿No lo entiendes? Solo ha permitido que el Amor venciera de nuevo, para ser
más fuerte que antes.
La victoria es nuestra, no tuya.
Vuelve tu corazón hacia la Santa Madre una vez más y encuentra la paz…
¿Qué puedo decir sobre la muerte?
Nos han hablado de santos y héroes que, atravesados por flechas, crucificados cabeza abajo, arrancados sus ojos de cuajo, no gritan sino que dan una bienvenida jubilosa a su fin, los rostros embelesados. Os digo ahora que no son más que cuentos, que no hay dignidad ni clemencia en una muerte dolorosa, ni valentía ni belleza. Los mortales chillamos como cerdos.
Así pasó con Noni, al principio, pues en cuanto la leña prendió las llamas lamieron los pies de los prisioneros. Casi todos empezaron a chillar al unísono, pero Noni no silenció su cántico hasta que los troncos prendieron. Entonces lanzó chillidos de angustia.
Como Jacob, me encomendé a la Diosa y recé con todo mi ser: «Quítale el dolor. Quítale el dolor, y dámelo a mí».
No había ninguna magia en ello. Ni encantamiento, ni conjuro, ni cántico, solo pura voluntad. Voluntad combinada con amor, y tal vez esa sea la magia más grande, porque al punto me consumió una agonía como no había conocido en mi vida, y me arrojé al suelo chillando, satisfecha por la rápida respuesta obtenida y empujada a la locura por el dolor.
Todos hemos tocado, por accidente o desconocimiento, calderos al rojo vivo. Tanto es el dolor que el brazo, mano o dedo afectado, incapaz de soportarlo, se retira al instante. Luego, el sufrimiento es tan intenso que los niños aprenden enseguida a no repetir el error. ¿Cómo puedo describir la sensación de sumergirse en fuego? El cuerpo se retuerce, incapaz de escapar de un dolor insufrible, un dolor que embota todos los pensamientos, todos los sentimientos, todos los recuerdos, hasta que solo existe el dolor…
Mi voz se unió a la de las víctimas en un coro incesante de aflicción cuando las prendas interiores se transformaron en cenizas dejando al descubierto la piel enrojecida. El fuego consumió la tela hasta los hombros, después pasó del cuello y la barbilla al cráneo, donde estalló en una llamarada de Pentecostés. Todo el pelo desapareció en un instante espectacular, solo quedó el cuero cabelludo enrojecido, que al punto se cubrió de ampollas, las cuales se ennegrecieron, para teñirse de rojo una vez más…
Pero a pesar de mis sufrimientos, caí en la cuenta de que la voz de mi abuela no se oía con las demás, y la miré con ojos anegados en lágrimas.
Noni se había convertido en una tea viviente. No era una figura carbonizada y patética como los demás prisioneros, sino la encarnación viviente de la Divinidad, una mujer joven, hermosa, fuerte, incandescente, rodeada de cabellos y llamas entrelazados, los cuales formaban un halo dorado. Comprendí que no estaba viendo a una santa sino a la Diosa en carne y hueso, la Diosa sonriente, triunfante, y mis lágrimas de dolor se convirtieron en lágrimas de alegría.
Habló, con una voz que fue la música más melodiosa que he oído en mi vida, al Enemigo que la miraba sentado:
– Crees que has vencido, Domenico, pero aquí está la magia: la victoria es nuestra…
Ignoro cuánto duró mi tormento físico, pues llegó en un momento en que estaba demasiado débil para chillar, para susurrar, y me había quedado ciega. La agonía se había transformado en un profundo dolor en el centro de mi ser.
Pero llegó el momento en que mi abuela murió por fin, pues al principio el dolor aumentó de repente. Luego, sentí que su espíritu la abandonaba. De hecho experimenté una extraña oleada de calor, como si hubiera penetrado en mí.
Ella, y Algo más grande…
Debo confesar que, en aquel momento, no entendí con el intelecto lo sucedido. Pero mi corazón y mi intuición habían comprendido muy bien que el sacrificio de Noni por mí, y en cierta forma, mi sacrificio por ella, había sido un intercambio necesario, de lo contrario habría luchado por impedir su muerte con todas mis fuerzas. Pero aquel día Vi que su forma de morir había sido un gran honor, un destino que había abrazado de buen grado: morir sin dolor y triunfante.
Con esa certeza llegó la aceptación, y la paz, cuando los últimos rayos del sol tiñeron de coral las nubes, y me sentí confortada por la presencia de la Diosa y el espíritu jubiloso de Noni.
Pero yo también soy humana. Y cuando cayó la noche, ya no sentí la presencia de Noni y Diana, y el dolor se apoderó de mí. Me levanté y eché a correr. Corrí hasta que el bosque se transformó en montaña y de nuevo en bosque, hasta que ya no pude moverme y me derrumbé sin aliento sobre piedras, hojas y tierra de rico aroma.
A veces el destino es amargo.
Sobre mí pasaban negras nubes, preñadas de truenos que despertaban ecos en las montañas. Cuando por fin se desató la tormenta de verano, yo también me desaté y lloré con la lluvia.
TERCERA PARTE
MICHEL
CARCASONA Octubre de 1357
11
Después de vísperas, Michel regresó al cuarto del padre Charles y encontró a Thomas esperando en la puerta.
– Buenas noticias -dijo Thomas, aunque su tono lúgubre significaba cualquier cosa menos eso. La luz de las antorchas se reflejaba en su frente despejada, a la que se pegaban mechones de cabello claro, oscurecidos por una sombra de sudor-. Acabo de hablar con el obispo. Ha concedido permiso provisional a vuestra ordenación, que se celebrará hoy. Una carta anunciando el acontecimiento se enviará al arzobispo de Tolosa. Está prácticamente hecho. Por supuesto -añadió con orgullo-, Chrétien dará la aprobación final porque yo lo he pedido.
Michel suspiró, pero no de alivio. Thomas jamás hubiera accedido a ayudarle si conociera las intenciones de Michel en relación a Sybille, la madre Marie Françoise, se corrigió al instante.
Thomas indicó la puerta con un movimiento de la cabeza.