Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
No tenía ningún interés en hacerlo, pero la siguió, esperando que quizá pudiera averiguar algo que mitigase su creciente preocupación. Atravesaron la zona del lavadero y de allí pasaron a la cocina. Gina dejó el mapa sobre la mesa y Robbie vio que se trataba efectivamente de un mapa de Ordnance Survey, tal y como había pensado. Ella había marcado la propiedad y había añadido al mapa una segunda hoja de papel con un dibujo hecho a lápiz. Este también mostraba la propiedad, sólo que era más grande. Gina aparentemente vio que estaba examinando el dibujo porque dijo: «Estamos…», y su voz sonó vacilante, como recelosa de compartir la información.
– Bueno, Gordon y yo estamos pensando en hacer algunos cambios por aquí.
Eso desde luego decía mucho acerca de la ausencia de Jemima. Robbie miró a Gina Dickens. Ella se había quitado el sombrero. Su cabello era puro oro. Estaba moldeado en su cabeza como una gorra ajustada, en un estilo que recordaba a los locos años veinte. Se quitó los guantes y los lanzó sobre la mesa.
– Un tiempo sorprendente -dijo-. ¿Quiere un poco de agua? ¿Sidra? ¿Una Coca-Cola? -Cuando él negó con la cabeza, Gina se acercó a la mesa y se quedó a su lado. Se aclaró la garganta. Robbie percibió que no estaba cómoda. Aquí estaba ella con el hermano de la ex amante de su amante. Era una situación «jodidamente» incómoda. Él también lo estaba-. Pensaba en que sería fantástico tener un verdadero jardín, pero no estaba muy segura de dónde hacerlo. Estaba intentando determinar dónde termina realmente la propiedad, y pensé que uno de estos mapas me serviría de ayuda, pero no fue así. De modo que decidí que tal vez en el segundo prado…, como no estamos…, como él no lo está usando. Pensé que podría cultivar un bonito jardín, un lugar adonde podría traer a mis chicas.
– ¿Tiene hijos?
– Oh, no. Trabajo con chicas adolescentes. La clase de chicas que podrían meterse en problemas si no tienen a alguien que se interese por ellas. ¿Chicas en peligro? Esperaba poder tener un lugar, en alguna parte, además de una oficina…
Su voz se apagó. Usó los dientes para estirar la parte interna del labio.
Él quería que esa mujer no le gustara, pero no podía evitarlo. No era culpa suya que Gordon Jossie hubiera decidido seguir adelante después de que Jemima le abandonara si realmente era eso lo que había pasado. Robbie miró el mapa y luego el dibujo que había hecho Gina. Vio que había trazado una cuadrícula en la zona del prado y que había numerado cada una de las casillas.
– Estaba tratando de hacerme una idea del tamaño exacto -dijo ella a modo de explicación-. De ese modo podría saber con lo que estamos…, con lo que estoy trabajando. No sé si ese prado servirá para lo que tengo en la cabeza, de modo que si no es así, entonces, ¿tal vez parte del brezal…? Por eso estoy tratando de determinar dónde acaba la propiedad, en caso de que tenga que hacer el jardín…, de que «nosotros» tengamos que hacer el jardín en otro sitio.
– Tendrá que ser así -dijo Robbie.
– ¿Qué?
– No pueden hacer el jardín en el prado.
Ella pareció sorprendida.
– ¿Por qué no?
– Gordon y Jemima -Robbie no permitiría que su hermana no formase parte de la conversación- tienen derechos comunes aquí, y los prados están destinados a los ponis, si están enfermos.
Su rostro se descompuso.
– No tenía idea… -respondió ella.
– ¿De que Gordon tuviese derechos comunes?
– Ni siquiera sé lo que significa esa expresión, sinceramente.
Rob le explicó brevemente cómo parte de la tierra dentro de los límites del Perambulation gozaba de ciertos derechos inherentes a ella -el derecho de pastoreo, el derecho de bosque, el derecho de cortar árboles o marga o turbera-, y que esta propiedad en particular tenía el derecho de pastoreo común. Eso significaba que Gordon y Jemima disponían de ponis que podían pastar libremente en el New Forest, pero con la condición de que las tierras próximas a la casa debían conservarse para los ponis en caso de que los animales tuviesen que ser retirados del bosque por alguna razón.
– ¿Gordon no le explicó nada de esto? -preguntó-. Es extraño que estuviese pensando en hacer un jardín en el prado cuando sabe que no puede hacerlo.
Ella pasó los dedos por el borde del mapa.
– En realidad, yo no le he hablado del jardín. Gordon sabe que me gustaría traer a las chicas aquí, para que puedan ver los caballos, pasear por el bosque o los cotos, hacer un picnic junto a alguno de los estanques… Pero eso ha sido todo. Pensaba que primero haría un esquema. Ya sabe…, ¿esbozar un bosquejo?
Robbie asintió.
– No es mala idea. ¿Son chicas de ciudad? ¿De Winchester o Southampton, o algo así?
– No, no. Son de Brockenhurst. Quiero decir que van a clase en Brockenhurst -a la universidad o el instituto-, pero supongo que pueden proceder de cualquier parte del New Forest.
– Es buena idea siempre que algunas de ellas no procedan de propiedades iguales a ésta -observó él-. Si fuese así, no les resultaría muy divertido, ¿no cree?
Ella frunció el ceño.
– No había pensado en eso. -Se acercó a la ventana de la cocina. Desde allí se podía ver el camino particular que se adentraba en la propiedad y el prado de la zona oeste, un poco más allá-. Toda esta tierra -dijo con un suspiro-. Es una pena no darle un buen uso.
– Depende de cómo defina «buen uso» -dijo Robbie.
Mientras hablaba echó un vistazo alrededor de la cocina. Estaba desnuda de todos aquellos objetos que habían pertenecido a Jemima: su colección de libros de cocina, sus coloridos colgantes de pared y sus caballos en miniatura, que solían estar en un estante encima de la mesa -algunos pertenecientes a aquella colección que ella había conservado en su casa familiar, la casa de él- habían desaparecido. En su lugar había ahora una docena de tarjetas postales antiguas del tipo de las que precedieron a las tarjetas de felicitación: una para Pascua, una para el Día de San Valentín, dos para Navidad, etc. No eran de Jemima.
Al verlas, Robbie pensó que Meredith Powell estaba en lo cierto en cuanto a sus sospechas. Gordon Jossie había borrado a su hermana por completo de su vida. No era algo ilógico. Pero sí lo era conservar su coche y su ropa. Tenía que hablar con Jossie. De eso no había ninguna duda.
Capítulo 8
A la mañana siguiente, Gordon permanecía en la cama completamente cubierto de sudor. Pero no tenía nada que ver con el calor del verano, ya que era temprano -apenas pasaban de las seis-, y el día aún no había empezado a calentarse. Había sufrido otra pesadilla.
Siempre se despertaba con un respingo, sin aliento, con un peso en el pecho y luego los sudores. Estos le dejaban empapado el pijama que usaba en invierno y las sábanas. Y, cuando estaba empapado en sudor, empezaba a temblar y eso despertaba a Gina, como antes lo había hecho con Jemima.
Sus reacciones, sin embargo, eran completamente diferentes. Jemima siempre quería respuestas a los porqués. ¿Por qué tenía pesadillas? ¿Por qué no hablaba con alguien de ellas? ¿Por qué no había ido al médico por esos sudores nocturnos? Podría indicar que algo no va bien. Una alteración del sueño, un problema en los pulmones, una debilidad en el corazón… Sólo Dios lo sabía. Pero cualquiera que fuese la razón, tenía que hacer algo porque eso podía matarle.
Y ésa era la forma en que Jemima pensaba siempre: gente que se moría. Era su miedo más grande. Y a Gordon no hacía falta que nadie le explicara la razón. Sus propios miedos eran diferentes, pero no menos reales que los de Jemima. Así era la vida. La gente tenía miedos. Se aprendía a hacerles frente. Él había aprendido a afrontar los suyos y no quería hablar de ellos.
Gina no le exigía que hablase acerca de todo eso. Cuando se despertaba con sudores por la mañana después de haber pasado la noche con ella -que era la mayoría, de hecho no tenía ningún sentido que siguiera conservando su habitación en Lyndhurst-, Gina se levantaba de la cama e iba al baño a buscar un paño de franela que mojaba bajo el grifo y luego regresaba a la cama para pasárselo por el cuerpo. También traía un recipiente con agua fría y, cuando el paño de franela se calentaba demasiado por el contacto con su piel, lo sumergía en el agua y volvía a aplicarlo sobre su cuerpo. En verano él no se ponía nada para meterse en la cama, de modo que no había ningún pijama empapado que quitar. Gina deslizaba el paño sobre los miembros, la cara y el pecho y, cuando él se excitaba, ella sonreía y se colocaba encima de él o hacía otras cosas igualmente placenteras. Entonces, cada pesadilla que había tenido, dormido o despierto, quedaba olvidada, y casi todos los pensamientos desaparecían de su mente. Excepto uno. Jemima.