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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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Y ahora había muerto. Dios mío, Nicola nunca volvería a entrar en casa como una exhalación a la vuelta de unas vacaciones, ni resoplaría al entrar con montones de bolsas del supermercado, ni volvería de una cita con Julian y contaría entre risas lo que habían hecho. Oh, Dios mío, pensó Nan Maiden. Su adorable, tempestuosa e incorregible hija se había ido para siempre. El dolor de esa certeza era como una cinta de hierro que le estrujara el corazón. No sería capaz de soportarlo. Por tanto, hizo lo acostumbrado cuando sus sentimientos la abrumaban: continuó con su tarea.

Sacó de la colada toda la ropa sucia de su hija, como si conservar el olor de la muchacha pudiera retrasar la inevitable aceptación de su muerte. Emparejó calcetines. Dobló tejanos y jerséis. Alisó las arrugas de todas las camisas, dobló bragas y las emparejó con sujetadores. Por fin, metió las prendas en bolsas de plástico que había cogido en la cocina. Después las anudó metódicamente, encerrando el olor de su hija, recogió las bolsas y salió de la habitación.

Arriba, Andy estaba paseándose de un lado a otro. Nan oyó sus pasos cuando avanzó silenciosamente por el pasillo de las habitaciones de huéspedes. Estaba en su cubículo, en su madriguera, paseándose desde la diminuta ventana de gablete hasta la estufa eléctrica, y viceversa, una y otra vez. Se había refugiado en la habitación después de la partida de la policía, anunciando que empezaría a revisar sus diarios de inmediato con la intención de localizar el nombre de alguien que tuviera una cuenta pendiente con él. Pero a menos que leyera dichos diarios mientras se paseaba, no había iniciado la investigación todavía.

Nan sabía por qué. La búsqueda era inútil. Porque la muerte de Nicola no estaba relacionada con el pasado de nadie.

No quiso pensar en ello. Aquí no, ahora no, tal vez nunca. Tampoco quería pensar en lo que significaba, o dejaba de significar, el que Julian afirmara que se había prometido con su hija.

Nan se detuvo al pie de la escalera que subía al piso privado de la casa, donde habitaba la familia. Sintió las manos resbaladizas mientras sujetaba las bolsas contra el pecho. Daba la impresión de que su corazón latía al ritmo de los pasos de su marido. Vete a la cama, le dijo en silencio. Por favor, Andy. Apaga las luces.

Ella sabía que él necesitaba dormir. Su marido tenía los miembros entumecidos. La llegada del detective de Scotland Yard no había mitigado su angustia, y la partida del detective la había aumentado. El entumecimiento de las manos había empezado a extenderse a los brazos. Consiguió mantener las apariencias mientras la policía estuvo presente, pero se desmoronó en cuanto se fue. Fue cuando dijo que iba a empezar a examinar los diarios. Si se refugiaba en su madriguera, podría ocultar lo peor de sus sufrimientos. Al menos, eso creía él.

Sin embargo, marido y mujer deberían ser capaces de ayudarse mutuamente a superar una situación así, caviló Nan. ¿Qué nos está pasando que lo afrontamos solos?

Sabía la respuesta a esa pregunta, al menos con respecto a su silencio: algunas cosas no debían hablarse. Algunas cosas, sacadas a la luz del día, podían hacer mucho daño.

Nan había intentado sustituir la conversación por solicitud unas horas antes, pero Andy había rechazado sus ofrecimientos de almohadillas eléctricas, coñac, té y sopa caliente. También había esquivado los intentos de Nan de masajearle los dedos. A la postre, todo lo que acaso se hubiera hablado entre ellos no fue verbalizado.

¿Qué decir ahora?, se preguntó Nan. ¿Qué decir cuando el miedo bullía en su interior, como innumerables batallones de un solo ejército, descontrolados y combatiendo entre sí?

Se obligó a subir la escalera, pero en lugar de ir en busca de su marido fue al dormitorio de Nicola. Cruzó la alfombra verde a oscuras y abrió el ropero encajado bajo el alero. Gracias a que sus ojos se habían adaptado a la oscuridad, distinguió un viejo monopatín en la parte posterior de un estante, y una guitarra eléctrica apoyada contra la pared del fondo, sin utilizar desde hacía mucho tiempo.

Tocó un amasijo de pantalones, dijo como una idiota «tweed, lana, algodón, seda» al palpar cada uno, y de pronto fue consciente de un sonido en la habitación, un zumbido procedente de la cómoda. Cuando se volvió, perpleja, el sonido cesó. Casi se había convencido de que eran imaginaciones suyas, cuando ocurrió de nuevo y se interrumpió con la misma brusquedad.

Nan dejó las bolsas sobre la cama y se acercó a la cómoda. No había nada encima que pudiera emitir aquel ruido, solo un jarrón con flores silvestres recogidas en un paseo por Padley Gorge. Las flores estaban acompañadas por un cepillo de pelo y un peine, tres frascos de perfume y un pequeño flamenco de juguete, con patas de un rosa estridente y grandes pies amarillos.

Dirigió una mirada hacia la puerta abierta de la habitación, como si estuviera haciendo un registro clandestino, y abrió el primer cajón de la cómoda. En ese momento el zumbido sonó por tercera vez. Sus dedos localizaron un pequeño cuadrado de plástico que vibraba bajo un montón de bragas.

Nan llevó el cuadrado de plástico a la cama, se sentó y encendió la lámpara de la mesilla de noche. Examinó lo que había sacado del cajón. Era el busca de Nicola. Un diminuto visor destellaba un único mensaje: «una llamada».

El zumbido sonó de nuevo, y Nan se sobresaltó. Apretó uno de los botones en respuesta. La pantalla mostró un número de teléfono con un código de zona que Nan reconoció como perteneciente al centro de Londres.

Tragó saliva. Miró fijamente el número y comprendió que la persona que llamaba no sabía que Nicola había muerto. Este pensamiento la empujó hacia el teléfono para contestar. Pero otra serie de pensamientos la condujeron hasta un teléfono situado en el vestíbulo de Maiden Hall, cuando habría podido llamar al número de Londres con igual facilidad desde la habitación que compartía con Andy.

Respiró hondo. Se preguntó si encontraría las palabras, y pensó que encontrar las palabras no cambiaría las cosas para nadie. Pero no quería reflexionar sobre eso. Solo quería telefonear.

Marcó los números a toda prisa. Esperó y esperó a que la conexión se realizara, hasta que se sintió un poco mareada y cayó en la cuenta de que estaba conteniendo el aliento. Por fin, con un clic, un teléfono empezó a sonar en alguna parte de Londres. Doble timbrazo, doble timbrazo. Nan contó hasta ocho. Ya empezaba a pensar que había marcado mal cuando oyó la voz ronca de un hombre.

Contestó a la vieja usanza, lo cual demostró a qué generación pertenecía: dijo las cuatro últimas cifras de su número. Y debido a eso, y porque la forma de contestar le recordó tanto a su padre, Nan se oyó decir lo que, horas antes, habría resultado impensable.

– Soy Nicola -susurró.

– Ah, Nicola -preguntó el hombre-. ¿Dónde coño estabas? Te llamé al busca hace más de una hora.

– Lo siento. -Y adoptó la forma de hablar telegráfica de su hija-. ¿Qué pasa?

– Nada, y lo sabes muy bien. ¿Qué has decidido? ¿Has cambiado de opinión? Puedes hacerlo, ya lo sabes. Todo será perdonado. ¿Cuándo vuelves?

– Sí -susurró Nan-. He decidido que sí.

– Gracias a Dios -repuso el hombre-. Oh, Dios mío. Maldita sea. Se me ha hecho imposible, Nikki. Te he echado de menos demasiado. Dime cuándo vuelves.

– Pronto.

Él susurró:

– ¿Cuándo? Dímelo.

– Te telefonearé.

– ¡No! Joder. ¿Estás loca? Margaret y Molly están aquí esta semana. Espera a que te llame al busca.

Nan vaciló.

– Por supuesto.

– ¿Te he hecho enfadar, cariño?

Ella no dijo nada.

– Lo he hecho, ¿verdad? Perdóname. No era mi intención.

Ella siguió en silencio.

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