Los Diarios Secretos De Miranda
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
Dios santo, ¿qué había hecho para merecer eso? Si le hubieran entregado una estilográfica y un papel y le hubieran ordenado que relatara la tortura perfecta, nunca se le habría ocurrido algo así. Y eso que tenía una imaginación muy activa.
– ¡He encontrado unos troncos!
Turner siguió el sonido de la voz de Miranda hasta la otra habitación.
– Ahí. -Señaló una pila de troncos que había junto a la chimenea-. Supongo que lord Chester prefiere utilizar ésta cuando está aquí.
Turner se fijó en la enorme cama con las abullonadas colchas y las suaves almohadas. Tenía una idea bastante exacta de por qué lord Chester prefería esa habitación y no implicaba a la corpulenta lady Chester. Enseguida colocó un tronco en el hogar.
– ¿No crees que deberíamos usar la de la otra habitación? -preguntó Miranda. Ella también había visto la cama.
– Está claro que ésta se usa con mayor frecuencia. Es peligroso utilizar una chimenea sucia. Podría estar atascada.
Miranda asintió muy despacio y Turner supo que estaba intentando fingir que no estaba incómoda. Siguió buscando ropa seca mientras él se encargaba del fuego, pero sólo encontró unas mantas viejas. La miró mientras se envolvía en una de ellas.
– ¿Cachemira? -le preguntó.
Ella abrió los ojos como platos. Turner se dio cuenta de que se había fijado en que la estaba observando. Sonrió o, mejor dicho, le enseñó los dientes. Puede que ella estuviera incómoda, pero él también lo estaba. ¿Acaso pensaba que aquello era fácil para él? Por el amor de Dios, le había dicho que lo quería. ¿Por qué diantres había hecho eso? ¿Es que no sabía nada de los hombres? ¿Era posible que no entendiera que esa frase era la única que lo aterrorizaría?
No quería que le confiara su corazón. No quería esa responsabilidad. Había estado casado. Le habían partido, pisoteado y destrozado el corazón. Lo último que quería era tener la custodia de otro, y menos del de Miranda.
– Coge la colcha de la cama -le dijo, encogiéndose de hombros. Seguro que era más cómoda que lo que había encontrado.
Sin embargo, ella meneó la cabeza.
– No quiero tocar nada. No quiero que nadie sepa que hemos estado aquí.
– Sí, claro -dijo él, muy seco-. Porque entonces tendría que casarme contigo, ¿verdad?
Ella se quedó tan afligida que Turner farfulló una disculpa. Señor, se estaba convirtiendo en alguien que no le gustaba especialmente. No quería hacerle daño. Sólo quería…
Demonios, no sabía lo que quería. Sólo podía pensar en que dentro de diez minutos no podría concentrarse en nada que no fuera mantener las manos en los bolsillos.
Se dedicó al fuego y soltó un gruñido de satisfacción cuando la diminuta llama naranja, por fin, envolvió uno de los troncos.
– Despacio -murmuró, mientras acercaba una rama a la llama-. Ya está, ya está y… ¡sí!
– ¿Turner?
– He conseguido encender el fuego -masculló él, sintiéndose un poco estúpido ante su exagerada emoción. Se levantó y se volvió. Ella seguía envuelta en la vieja manta-. No te servirá de nada en cuanto se te empape con la camisa -le comentó.
– No tengo muchas más opciones.
– Eso depende de ti. Yo voy a secarme. -Acercó los dedos a los botones de la camisa.
– Quizá debería irme a la otra habitación -susurró ella.
Turner vio que no se movió ni un centímetro. Se encogió de hombros y se quitó la camisa.
– Debería irme -volvió a susurrar ella.
– Pues vete -dijo él, pero dibujó una sonrisa.
Ella abrió la boca como si quisiera decir algo, pero la cerró.
– Yo… -Dejó la frase en el aire mientras adoptaba un gesto de pánico.
– Tú, ¿qué?
– Debería irme. -Y esta vez lo hizo. Salió de la habitación con presteza.
Turner meneó la cabeza. Mujeres. ¿Había alguien que las entendiera? Primero le decía que lo quería. Luego le decía que quería seducirlo. Luego lo ignoraba durante dos días. Y ahora sufría un ataque de pánico.
Volvió a menear la cabeza, esta vez más deprisa, sacudiéndose el agua del pelo. Se envolvió con una de las mantas, se colocó frente al fuego y se secó. Sin embargo, los pantalones mojados eran muy incómodos. Miró la puerta. Miranda la había cerrado cuando había salido y, teniendo en cuenta su estado actual de bochorno femenino, dudaba que se atreviera a entrar sin llamar.
Se quitó los pantalones muy deprisa. El fuego empezó a calentarlo casi de forma inmediata. Volvió a mirar hacia la puerta. Para asegurarse, se deslizó la manta hasta la cintura y la anudó. En realidad, parecía un kilt.
Recordó la expresión de la cara de Miranda justo antes de salir de la habitación. Bochorno femenino y algo más. ¿Fascinación? ¿Deseo?
¿Y qué había estado a punto de decirle? No era «Debería irme», que es lo que había acabado diciendo.
Si se hubiera acercado a ella, le hubiera tomado la cara entre las manos y le hubiera susurrado «Dímelo», ¿qué le habría dicho?
3 de julio de 1819
He estado a punto de volver a decírselo. Y creo que él lo sabía. Creo que sabía lo que iba a decir.
Capítulo 11
Turner estaba tan ocupado pensando en lo mucho que le gustaría tocar a Miranda, por cualquier parte y por todas partes, que se olvidó por completo de que la chica debía de estar congelándose en la otra habitación. Cuando descubrió que él ya estaba seco y había entrado en calor, recordó que ella no.
Se maldijo cientos de veces por ser un idiota, se levantó y caminó hasta la puerta que ella había cerrado. La abrió y luego soltó otra retahíla de improperios cuando la vio acurrucada en el suelo, temblando casi con violencia.
– Serás tonta -dijo-. ¿Acaso quieres morirte de frío?
Ella levantó la mirada y abrió los ojos como platos cuando lo vio. De repente, Turner recordó que iba prácticamente desnudo.
– ¡Maldición! -murmuró para sí mismo, pero meneó la cabeza con exasperación y la levantó del suelo.
Miranda despertó del aturdimiento y empezó a resistirse.
– ¿Qué haces?
– Meterte un poco de sensatez en la cabeza.
– Estoy perfectamente -dijo, aunque los temblores demostraban que mentía.
– Ni en sueños. Yo me estoy helando sólo de hablar contigo. Ven junto al fuego.
Ella miró con anhelo las llamas naranjas que crujían en la otra habitación.
– Sólo si tú te quedas aquí.
– De acuerdo -dijo él. Lo que fuera para que entrara en calor. Con un movimiento poco caballeroso, la empujó en la dirección correcta.
Miranda se detuvo cerca del fuego y acercó las manos a las llamas. De la garganta, le salió un gemido de satisfacción que viajó hasta la otra habitación y se clavó en el corazón de Turner.
Él avanzó unos pasos, fascinado por la pálida y casi transparente piel de la nuca de Miranda.
Ella volvió a gemir y se volvió para calentarse la espalda. Cuando vio a Turner tan cerca, dio un respingo.
– Has dicho que te irías -lo acusó.
– Te he mentido. -Se encogió de hombros-. No confío demasiado en que te seques como Dios manda.
– No soy una niña pequeña.
Él deslizó la mirada hasta sus pechos. Llevaba un vestido blanco y, al estar pegado a la piel, se le adivinaban los oscuros pezones.
– Está claro que no.
Ella se cubrió el pecho con los brazos.
– Si no quieres que te mire, date la vuelta.
Ella lo hizo, pero no antes de quedarse boquiabierta ante su audacia.
Turner se quedó un buen rato mirándole la espalda. Era casi tan encantadora como la parte delantera. La piel del cuello era preciosa, y se le habían soltado varios mechones y, con la humedad, se le habían rizado. Olía a rosas frescas y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no alargar la mano y acariciarle el brazo.
No, el brazo no, la cadera. O quizá la pierna. O quizá…