En el tiempo de las Hogueras
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En el tiempo de las Hogueras». Краткое содержание книги:
El monje escriba Michel es el encargado de obtener su confesión antes de que sea condenada a la hoguera. Sin embargo, a medida que la abadesa avanza en su relato, Michel se va sumergiendo en un mundo mágico donde se enfrenta al bien y al mal, y en su corazón irá creciendo la imagen de una mujer santa, valiente y noble.
Aun así, el dolor no me permitió conciliar el sueño durante largo rato. Cuando por fin me dormí, empecé a soñar…
En la ciudad, me arrodillé en el interior de una gran catedral que reconocí de mis visitas infantiles como la imponente basílica de Saint-Sernin, con las grandes puertas orientadas al oeste abiertas al sol de la tarde. A mi lado, en el santuario principal, había más personas de las que había visto en mi vida: monjas y monjes, por supuesto, pero también gente de todas las clases, campesinos, mercaderes y nobles inferiores, todos rezando y llorando.
En el altar ardían cientos de velas por los muertos. En los pasillos había penitentes tumbados de bruces, con los brazos y las piernas abiertos para formar una cruz romana, mientras murmuraban Padrenuestros y Avemarías, observados por un bajorrelieve de Cristo en toda su majestad. Algunos se flagelaban con correas de cuero erizadas de púas, con las espaldas en carne viva mientras rezaban.
Aun en mi desesperación, la visión de aquel santuario me llenó de admiración, con capacidad para albergar cinco mil almas, alto hasta tocar el sol. Y en algún lugar, bajo la belleza y la serenidad, mi abuela sufría. El cielo arriba, el infierno abajo.
Me trasladé a un punto alejado del altar, me arrodillé sobre la piedra fría y recé mi oración de antes: «Santa Madre de Dios, que tu paz descienda sobre mí. Guíame, para que pueda ayudar a mi abuela…».
Repetí la oración una y otra vez hasta calmarme un poco. Con una sensación de amor y alivio me dejé conducir, paso a paso, hasta mi destino.
Había cinco naves cavernosas. Contemplé mis pies mientras caminaban hacia la tercera. Reparé en un pequeño crucero que conducía a la escalera, la cual descendía hacia un oscuro corredor que concluía en una puerta de madera tres veces más alta que yo y dos más ancha. Con la confianza del que sueña, atravesé la madera como si fuera un fantasma.
Dentro había un joven alto y musculoso que tal vez me doblaba la edad, con un bigote de color canela, como también el pelo. Blandía una espada con aire amenazador.
Pasé por su lado y entré en un pasillo de piedra oscura.
Al final, tras unos barrotes de hierro, estaba mi Noni.
Se alegró tanto al verme que derramé lágrimas de felicidad, aunque intuí que ya la habían torturado y que sufría dolores. Pero así son los sueños a veces, y no siempre vemos con claridad.
– Sibilla -dijo, y extendió las manos entre los barrotes.
Se las cogí y me senté, como si los barrotes se hubieran fundido y no se interpusiera nada entre nosotros, ni distancia ni paredes, ni siquiera la edad y los cuerpos que nos alojaban en esta vida.
– ¿Por qué, Noni, por qué? ¿Por qué me escondiste mi Visión?
– Hija -contestó sin dejar de sonreír-, ¿por qué me haces preguntas cuya respuesta ya conoces?
Era verdad. De haber conocido el peligro, hubiera insistido en ir con Noni a los huertos del seigneur para protegerla. No habría permitido que subiera a la carreta ni entrado en la cárcel sola. Insistí:
– ¿Has de estar aquí? Puedo venir con Justin y Mattheline, y encontraremos una forma de liberarte, encontraremos una forma…
– Investiga en tu corazón -dijo Noni, y por un momento pareció infinitamente joven.
La vi como debía haber sido de joven, con el cabello lustroso y oscuro, los labios carnosos y rojos, hermosa de pies a cabeza. Y derramé amargas lágrimas.
– Ay -dijo Noni-, ya ves que no puedes negar a la Diosa. Ella te ha dicho lo que ha de suceder.
– Pero no puedo permitir que te hagan daño. Tiene que existir otra forma -susurré.
– En verdad existe, y sabes tan bien como yo adonde conduce el camino de la salvación. A la muerte de todos nosotros, hija. A la extinción de la Raza, que con el tiempo llevará a la destrucción de todos los hombres. ¿Cómo podríamos vivir sabiendo que compramos unos pocos años de felicidad a ese precio? -Apoyó una mano firme y tibia sobre mi mejilla húmeda. Os aseguro que esa caricia no fue un sueño, porque yo la sentí, tan cierto como que ahora siento el dolor de los golpes del torturador-. Soy feliz con mi elección. Tomé la decisión el día que naciste, cuando la Diosa me mostró mi destino y el tuyo. El tuyo es más duro, Sibilla, porque ahora has de aprender a ser más humana. -Hizo una pausa y retiró la mano-. Y has de encontrarle, porque solo tú puedes salvarle del Mal que nos amenaza. Solo tú puedes enseñarle a Iniciarse tal como los dos estabais destinados. Una vez unidos, Dios y Diosa son los mayores poderes, y el Mal no puede derrotarles.
»Ahora, apresúrate a seguir tu camino -continuó-, y procura no volver a casa, porque tu pobre madre ha caído en las garras del Enemigo y representa un peligro para ti. Toda tu magia no puede salvarla. Que la Diosa te bendiga y derrame sobre ti todos sus dones. En ti se multiplicarán por mil.
– ¡No puedo dejarte sufriendo así! -insistí, pero daba igual. Ella ya me había dejado, y me desperté sentada en la oscuridad, con el regazo lleno de hojas secas de otoño.
Durante tres días crucé el bosque, guiándome por el sol y los impulsos de mi corazón. Dicen que el patriarca Jacob peleó con Dios en la forma de un ángel. Bien, en aquellos días peleé con la Diosa en cierta manera, rezando con fervor a cada paso que daba, como una suplicante que se aferra a la pierna de su benefactor y no la suelta hasta que su petición es atendida. No sentía nada por Noni, obra de su magia, imagino, para ahorrarme más dolor.
Hasta la tarde del tercer día. Fatigada, caí dormida bajo un bosque de robles, y desperté con el corazón acelerado cuando la Visión se apoderó de mí.
Estaba en la gran plaza a la sombra de la basílica de Saint-Sernin. En la plaza habían habilitado una berma, y sobre esa berma habían clavado postes. Hacia los postes estaban conduciendo prisioneros encadenados.
Dejé escapar una exclamación ahogada, pero estaba tan impresionada que no salieron sonidos ni lágrimas.
Había varios prisioneros, de eso estoy segura. Pido disculpas a sus espíritus por mi falta de compasión y atención, porque aquel terrible día solo vi a un ser, lastrado por sus pesados grilletes y conducido hasta su destino finaclass="underline"
Noni.
Mi adorada Noni, despojada de toda vida y belleza. Ya no existía la robusta matrona que yo había conocido. Una débil anciana ocupaba su lugar. Habían rapado su largo y reluciente cabello, negro como el azabache con algunas mechas plateadas, y en su lugar aparecía una capa irregular que se había vuelto blanca casi por completo desde la última vez que la había visto. Tenía las mejillas hundidas, porque le habían roto casi todos los dientes, y sus ojos estaban tan hinchados que había perdido la vista. Ignoro cómo la reconocí, porque hasta su cuerpo se había alterado de una forma horrible: las piernas arqueadas, los brazos colgando.
Todos los prisioneros estaban encadenados entre sí por los tobillos y las muñecas, y los guardias les obligaban a seguir andando. En una ocasión Noni, que era la más débil, tropezó y cayó. El guardia la puso en pie y le propinó un puñetazo en la espalda que casi la derribó de nuevo.
Cuando por fin la desencadenaron del otro prisionero y le ordenaron arrodillarse en la pira, se dejó caer con un profundo suspiro de aceptación, como si hubiera dejado atrás lo peor de sus sufrimientos y lo que quedara fuera mera formalidad. Dos verdugos se paseaban entre los prisioneros, y uno se acercó a Noni. Aflojó con una llave el grillete de un tobillo, y la colocó de forma que la estaca quedara entre sus pantorrillas antes de volver a ceñir el grillete. Hizo lo mismo con las cadenas de sus muñecas: las aflojó, pasó los brazos a su espalda (ella hizo una mueca de dolor) y volvió a asegurar los grilletes.
Esta medida imposibilitaba la huida, incluso para alguien fuerte, pero no era suficiente, porque aún existía la posibilidad de que se desmayara o cayera hacia las llamas, y muriera deprisa. Para impedirlo, el verdugo ató su torso varias veces con una cuerda, con el fin de mantener recta la espalda y asegurar que la muerte se produjera tras la agonía del fuego.