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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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– La localizaré en Chelsea -contestó Lynley, pero de todos modos dio el número del Black Angel a Denton.

No obstante, cuando telefoneó a casa de St. James descubrió que Helen y la mujer de St. James se habían ido después de cenar. Se quedó charlando con su viejo amigo.

– Estaban hablando de una película -dijo St. James-. Tuve la impresión de que era algo romántico. Helen dijo que le apetecía una velada viendo a norteamericanos revolcándose sobre colchones con cuerpos esculpidos, pelo elegante y dientes perfectos. Me refiero a los norteamericanos, no a los colchones, claro.

– Entiendo.

Lynley dio a su amigo el número del hotel, con el mensaje para Helen de que le telefoneara si llegaba a una hora razonable. Aún no habían tenido oportunidad de hablar antes de su partida hacia Derbyshire, dijo a St. James. Incluso a sus oídos sonó como una explicación muy endeble.

St. James dijo que se lo diría. ¿Cómo iba por Derbyshire?, preguntó a su amigo. Era una invitación tácita a comentar el caso. St. James nunca haría una pregunta directa. Sentía demasiado respeto por las normas tácitas que presidían una investigación policiaca.

Lynley descubrió que tenía ganas de hablar con su viejo amigo. Pasó revista a los hechos: las dos muertes, los diferentes medios de ejecutarlas, la ausencia de una de las armas, la falta de identificación del muchacho, las cartas anónimas compuestas con letras y palabras recortadas, la sugerencia garrapateada de que «Esta puta se ha llevado su merecido».

– Aporta una firma al crimen -concluyó Lynley-, aunque Hanken opina que la nota podría formar parte de un subterfugio.

– ¿Una maniobra de diversión por parte del asesino?

– Exacto.

– ¿Quién?

– Andy Maiden, si haces caso de los razonamientos de Hanken.

– ¿El padre? Eso es un poco fuerte. ¿Por qué Hanken apunta en esa dirección?

– No iba por ahí al principio. -Lynley resumió la entrevista con los padres de la chica muerta, lo que se había dicho y lo que había salido a la luz de manera inadvertida-. Así que Andy cree que existe una relación con el SO10.

– ¿Tú qué piensas?

– Como todo lo demás, hay que comprobarlo, pero Hanken no confió en nada de lo que dijo después de averiguar que Andy había ocultado información a su mujer.

– Tal vez solo intentaba protegerla -dijo St. James-. Es razonable que un hombre haga eso por la mujer que ama. Y si en realidad intentaban construir un subterfugio, ¿no os habrían dirigido a pensar en el muchacho?

Lynley coincidió con él.

– Existe un vínculo real entre ambos, Simon. Parece una relación muy estrecha.

St. James guardó silencio un momento. Alguien pasó por el pasillo, delante de la puerta de Lynley. Una puerta se cerró sin hacer ruido.

– En ese caso, hay otra forma de considerar el hecho de que Andy intentara proteger a su mujer, ¿verdad, Tommy?

– ¿Cuál?

– Puede que lo hiciera por otra razón. La peor posible, de hecho.

– ¿Medea en Derbyshire? -aventuró Lynley-. Eso es terrorífico. Cuando las madres matan, los niños suelen ser pequeños. Si las cosas van por ahí, tendré que descubrir un motivo.

– Medea habría dicho que ella tenía uno.

Nan Maiden nunca habría creído que algún día anhelaría algo tan tópico como la huida de casa de una adolescente en un arrebato de cólera. En el pasado, cuando Nicola desaparecía, su madre reaccionaba de la única forma que sabía: con una mezcla de miedo, ira y desesperación. Telefoneaba a las amigas de la muchacha, alertaba a la policía, salía a las calles a buscarla. No era capaz de otra cosa hasta saber que su hija se encontraba a salvo.

Que Nicola desapareciera en las calles de Londres siempre aumentaba la preocupación de Nan. Porque en las calles de Londres podía suceder cualquier cosa. Una adolescente podía ser violada, atraída al mundo de las drogas, apalizada, mutilada.

Había una posibilidad que Nan nunca tenía en cuenta cuando su hija desaparecía: que la hubieran asesinado. Era una idea insoportable. No porque el asesinato no se cebara en chicas jóvenes, sino porque si se producía el asesinato de Nicola, su madre no sabía cómo podría seguir viviendo.

Y ahora había sucedido. No durante los tempestuosos años de adolescencia, cuando Nicola se obstinaba en la autonomía, la independencia y lo que ella llamaba «el derecho a la autodeterminación, mamá. Ya no vivimos en la Edad Media». Ni durante aquella tortuosa etapa en que pedir algo a sus padres, desde algo tan sencillo como un CD hasta algo complejo y nebuloso como la libertad personal, constituía una tácita amenaza de desaparecer durante un día, una semana o un mes si su petición no era satisfecha. Sino ahora, cuando era una adulta, cuando cerrar con llave su puerta y asegurar su ventana no solo eran actos impensables sino innecesarios.

Pero eso es lo que debería haber hecho, pensó Nan. Tendría que haberla encerrado, atado a la cama, no perderla de vista ni un momento.

«Soy muy juiciosa -le había dicho Nicola hacía cuatro días-. Sabes que nunca tomo una decisión sin haber sopesado los pros y los contras. Tengo veinticinco años, y me quedan diez años. Bien, tal vez quince si voy con cuidado. Pienso utilizarlos a tope. No me vas a convencer de lo contrario, de modo que ni lo intentes, mamá.»

Lo había oído hasta la saciedad. En la voz de una niña de siete años que quería una Barbie, la casa de Barbie, el coche de Barbie y todas las prendas de vestir que podían adaptarse a Barbie, que era el epítome de la sexualidad femenina. En el llanto de los doce años, cuando no quería seguir viviendo a menos que le permitieran llevar maquillaje, medias y tacones de diez centímetros. En el malhumor de los quince años, cuando quería una línea telefónica personal y unas vacaciones en España sin el agobio de sus padres. Nicola siempre esperaba ver cumplidos sus deseos instantáneamente. Y muchas veces, a lo largo de los años, a su madre se le había antojado más fácil ceder antes que afrontar un día, una semana o una quincena de desaparición.

Pero ahora, Nan deseaba con todas sus fuerzas que su hija hubiera decidido simplemente fugarse. Y sintió culpabilidad por aquellas ocasiones, durante la adolescencia de Nicola, cuando enfrentada a otra de sus petulantes fugas había acariciado por un instante la idea de que habría preferido perderla en el parto antes que ignorar dónde estaba o si le había ocurrido algo.

En el lavadero del antiguo pabellón de caza, Nan Maiden apretó una de las camisas de su hija contra el pecho, como si la prenda pudiera metamorfosearse en la propia Nicola. Sin darse cuenta de lo que hacía, aspiró el aroma de la camisa, la mezcla de lociones y el champú que Nicola había usado. Nan consiguió visualizar a Nicola la última vez que había llevado esa camisa: en una reciente excursión en bicicleta acompañada de Christian-Louis, un domingo por la tarde, después de servir todas las comidas.

El chef francés siempre había considerado atractiva a Nicola (¿y qué hombre no?), y ella había descubierto el interés en sus ojos y no lo había desdeñado. En eso radicaba su talento: en atraer a los hombres sin el menor esfuerzo. No lo hacía para demostrarse algo a sí misma o a los demás. Lo hacía, sin más, como si proyectara una emanación peculiar que solo percibieran los hombres.

Durante la infancia de Nicola, Nan se había preocupado por su atractivo sexual y el precio que exigiría a la muchacha. Cuando Nicola llegó a la edad adulta, Nan comprobó ese precio.

«El propósito de la maternidad es traer niños al mundo que crezcan como adultos autónomos, no como clones -había sentenciado Nicola cuatro días antes-. Soy responsable de mi destino, mamá. Mi vida no tiene nada que ver contigo.»

¿Por qué decían los hijos esas cosas?, se preguntó Nan. ¿Cómo podían creer que sus opciones y el objetivo al que tendían no afectaba a más vidas que la suya? Tal como se habían desarrollado los acontecimientos para Nicola, todo tenía que ver con su madre, por el simple hecho de que era su madre. Porque nadie daba a luz sin preocuparse por el futuro de su hijo.

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