Los Diarios Secretos De Miranda
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
– El invernadero -dijo ella, casi como si no le importara que él participara o no-. Siempre he pensado que las naranjas eran pequeños trozos de sol.
Él asintió con brusquedad y, con el brazo, la invitó a ir la primera. Sin embargo, había algo maleducado y condescendiente en sus movimientos, y tuvo unas ganas terribles de apretar los dientes y rugir mientras empezaba a caminar.
Salió de la casa hacia el invernadero sin decir nada. Realmente Turner no veía el momento de acabar con todo aquello de la búsqueda del tesoro, ¿verdad? Bueno, pues ella estaría encantada de complacerlo. Era bastante lista; seguro que las pistas no eran difíciles de descifrar. Podían estar cada uno en su habitación dentro de una hora.
Por supuesto, encontraron una pila de sobres debajo de un naranjo. Sin decir nada, Turner se agachó, recogió uno y se lo dio.
Igual de callada, Miranda abrió el sobre. Leyó la pista y se lo entregó a Turner: «Los romanos podrían ayudaros a encontrar la siguiente pista.»
Si le molestaba el tratamiento de silencio que Miranda le estaba aplicando, no lo demostraba. Se limitó a doblar el papel y la miró con una expresión de expectación aburrida.
– Está debajo de un arco -dijo ella, con tono práctico-. Los romanos fueron los primeros que los utilizaron en la arquitectura. En el jardín, hay varios.
Efectivamente, diez minutos después tenían otro sobre en las manos.
– ¿Sabes cuántas pistas tenemos que encontrar para terminar? -preguntó Turner.
Era la primera frase que decía desde que habían empezado y hacía referencia a cuándo podría deshacerse de ella. Miranda apretó los dientes ante el insulto, meneó la cabeza y abrió el sobre. Tenía que mantener la calma. Si permitía que Turner abriera una sola grieta en su muro, se derrumbaría. Adoptó un gesto de impasividad, desdobló el papel y leyó:
– «Tendrás que cazar la siguiente pista.»
– Algo relacionado con la caza, imagino -dijo Turner.
Ella arqueó las cejas.
– ¿Has decidido participar?
– No seas mezquina, Miranda.
Ella soltó un suspiro irritado y decidió ignorarlo.
– Hay una pequeña cabaña de caza al este. Tardaremos unos quince minutos en llegar.
– ¿Y cómo has descubierto esa cabaña?
– He dado muchos paseos.
– Cuando yo estaba en la casa, supongo.
Miranda no vio ningún motivo para desmentirlo.
Turner entrecerró los ojos en dirección al horizonte.
– ¿Crees que lady Chester nos enviaría tan lejos de la casa principal?
– Hasta ahora, he acertado en todas -respondió ella.
– Es cierto -dijo él, encogiéndose de hombros-. Adelante.
Llevaban diez minutos caminando por el bosque cuando Turner miró con gesto sospechoso hacia el cielo oscurecido.
– Parece que va a llover -dijo, lacónico.
Miranda miró hacia el cielo. Tenía razón.
– ¿Qué quieres hacer?
– ¿Ahora mismo?
– No, la semana que viene. Pues claro que ahora mismo, imbécil.
– ¿Imbécil? -Sonrió y su dentadura blanca e impoluta casi cegó a Miranda-. Me has herido.
Ella entrecerró los ojos.
– ¿Por qué, de repente, eres tan amable conmigo?
– ¿Lo soy? -preguntó él, y ella se sintió humillada-. Oh, Miranda -continuó, con un suspiro condescendiente-, quizá me gusta ser amable contigo.
– Quizá no.
– Quizá sí -insistió él-. Y quizás, a veces, me lo pones muy difícil.
– Quizá llueva -respondió ella con igual arrogancia-, y deberíamos ponernos en marcha.
Un trueno silenció su última palabra.
– Quizá tengas razón -respondió el, mientras miraba hacia el cielo con una mueca-. ¿Estamos más cerca de la cabaña o de la casa?
– De la cabaña.
– Entonces, démonos prisa. No me apetece estar en el bosque si estalla una tormenta eléctrica.
Miranda estaba de acuerdo con él, a pesar de su preocupación por la decencia, así que empezó a caminar muy deprisa hacia la cabaña. Pero cuando apenas llevaban diez metros empezaron a caer las primeras gotas. Y, cuando llevaban diez metros más, lo que caía era un aguacero.
Turner la agarró de la mano y echó a correr, arrastrándola por el camino. Miranda iba a trompicones y se preguntaba si servía de algo correr, puesto que ya iban calados hasta los huesos.
Al cabo de unos minutos, llegaron frente a la cabaña de dos habitaciones. Turner giró el pomo, pero la puerta no se abrió.
– Maldita sea -farfulló.
– ¿Está cerrada? -preguntó Miranda, con los dientes repiqueteando.
Él asintió.
– ¿Y qué vamos a hacer?
La respuesta de Turner fue abalanzarse contra la puerta con todas sus fuerzas.
Miranda se mordió el labio. Aquello había tenido que dolerle. Intentó abrir una ventana. Cerrada.
Turner volvió a golpear la puerta.
Miranda rodeó la casa y probó otra ventana. Con un poco de esfuerzo, consiguió abrirla. En ese preciso momento, oyó que Turner había conseguido abrir la puerta. Se planteó brevemente entrar por la ventana de todos modos, pero al final decidió ser generosa y cerró la ventana. Turner se había esforzado mucho en abrir la puerta. Lo mínimo que podía hacer era dejar que creyera que era su príncipe azul.
– ¡Miranda!
Ella llegó corriendo.
– Estoy aquí. -Entró en la cabaña y cerró la puerta.
– ¿Qué diablos estabas haciendo ahí fuera?
– Ser mucho mejor persona de lo que te imaginas -murmuró, deseando haber entrado por la ventana.
– ¿Eh?
– Echando un vistazo -dijo ella-. ¿Has roto la puerta?
– No demasiado. Aunque el cerrojo ha saltado.
Ella hizo una mueca.
– ¿Te has hecho daño en el hombro?
– Estoy bien. -Se quitó el abrigo, que estaba empapado, y lo colgó de la pared-. Quítate la… -le señaló la delicada pelliza-, como quiera que llames a eso.
Miranda pegó los brazos al cuerpo y meneó la cabeza.
Él la miró con impaciencia.
– Es un poco tarde para la modestia mojigata.
– Alguien podría llegar en cualquier momento.
– Lo dudo -dijo él-. Imagino que están todos a cubierto y bien calentitos en el despacho de lord Chester, contemplando embobados todas las cabezas de animales de caza que tiene colgadas en la pared.
Miranda intentó ignorar el nudo que se le había hecho en la garganta. Había olvidado que lord Chester era un cazador consumado. Enseguida recorrió la habitación con los ojos. Turner tenía razón. Ni rastro de ningún sobre blanco. Parecía poco probable que apareciera alguien y, a juzgar por el aspecto del cielo, la lluvia no tenía ninguna intención de aflojar.
– Por favor, dime que no eres una de esas mujeres que antepone el recato a la salud.
– Por supuesto que no. -Miranda se quitó la pelliza y la colgó de la pared, junto a su abrigo-. ¿Sabes encender un fuego? -le preguntó.
– Siempre que haya madera seca.
– Pero tiene que haber. Es una cabaña de caza. -Levantó los ojos y miró a Turner esperanzada-. ¿Acaso a los hombres no les gusta estar calientes mientras cazan?
– Después de cazar -la corrigió él mientras buscaba un poco de madera-. La mayoría de hombres, incluyendo a lord Chester, supongo, son tan perezosos que prefieren recorrer el corto trayecto hasta la casa principal que hacer el esfuerzo de encender un fuego aquí.
– Oh. -Miranda se quedó inmóvil un momento, observándolo mientras él buscaba madera. Y entonces dijo-. Voy a la otra habitación a ver si hay algo de ropa seca que podamos utilizar.
– Buena idea. -Turner le observó la espalda mientras se alejaba. La lluvia le había pegado la falda al cuerpo y, a través de la tela mojada, se le transparentaban los cálidos tonos rosados de la piel. La entrepierna de Turner, que estaba casi congelada por el aguacero, despertó a una velocidad destacable. Maldijo y se golpeó el dedo gordo del pie mientras levantaba la tapa de un baúl de madera buscando troncos.