Diosa Por Elección
- Автор: Каст Филис Кристина
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Diosa Por Elección». Краткое содержание книги:
Pero entonces una súbita explosión de poder la envió de vuelta a Oklahoma. Sin la magia, Shannon no podía regresar a Partholon, así que tendría que buscar ayuda. El problema era que esa ayuda tomó la forma de un hombre tan tentador como su marido. Y, durante el camino, Shannon descubriría que ser una diosa por error era mucho más fácil que ser una diosa por elección…
– ¿Dónde están el resto de los caballos? -pregunté, mirando en el primer box, y acariciando el hocico de terciopelo que me saludó.
– En el prado. Estarán bien, siempre y cuando se mantengan juntos bajo el techado. Tienen heno suficiente para un par de días. Bichito, llénales los cubos de agua. Clint, pon heno en las cestas de los boxes. Yo voy a medir el grano -nos ordenó-. Después miró a Clint y añadió-: Si tu espalda te lo permite.
– Mi espalda siempre está dispuesta a trabajar en el campo -le aseguró Clint.
– Bien -dijo. Después, se dirigió hacia los perros-. ¡Vamos, fuera! ¡A estirar las piernas! Estáis demasiado en medio.
Todos hicimos lo que nos había dicho.
El establo se llenó con los sonidos amables de nuestras tareas y con los maullidos de algún gato que había entrado ahora que los perros habían salido, y que pedía algo de atención.
Al cabo de un rato, percibí un sonido extraño. Era una mezcla entre aullido y gemido. Parecía un grito de pánico, diferente a cualquier otro ruido de perro que yo hubiera oído nunca.
– ¿Qué demonios pasa? -preguntó mi padre, mientras se dirigía hacia la puerta del establo.
– ¡Clint!
Clint ya lo había oído. Dejó la bala de heno, y los dos salimos detrás de mi padre.
Fuera, el viento se había detenido por completo, pero la nieve caía con más fuerza. Los copos gruesos formaban una capa que lo oscurecía todo, salvo un velo de luz matinal.
Nos quedamos inmóviles, intentando localizar la dirección de la que provenía el ruido.
– Seguro que esos cachorros nuevos se han quedado atrapados en la nieve, y no saben salir.
El silbido agudo de mi padre atravesó el aire.
– ¡Fawn! ¡Murphy! ¡Venid, perrines! -dijo, y volvió a silbar.
De repente, aparecieron varios perros por la esquina del establo. Corrieron hacia mi padre, temblando y gimiendo.
– ¿Qué os pasa, cabezas de chorlito? -les preguntó mientras les acariciaba afectuosamente las cabezas.
– Papá, están aterrorizados -dije, y añadí-: Además, faltan dos.
– Esos dos cachorros… Deben de haberse quedado atascados en la nieve. Parece que los aullidos vienen del estanque. Voy a ir a sacarlos de donde estén.
Mi padre se encaminó hacia el prado, pero Clint lo detuvo.
– Un momento -dijo-. Allí hay algo.
– Habla con claridad, hijo -le ordenó mi padre.
Clint me miró.
– ¿Lo sientes?
– Sí -respondí.
Sentía terror.
Los aullidos frenéticos se intensificaron. Nos llegaban desde el prado que había al este del establo, donde había un estanque grande con mucha agua para los caballos, y muchos peces para cualquier vecino que quisiera echar una caña de pescar.
– Bueno, pues esa cosa les está haciendo algo a mis perros, y eso me cabrea. Shannon, el rifle está en la sala de arreos, donde siempre. Y está cargado, así que ten cuidado.
– Nos quedamos juntos -oí que le decía Clint a mi padre mientras yo me alejaba hacia el establo en busca del rifle.
– Entonces, será mejor que protejas a Shannon.
– Señor, Shannon tiene mucho más poder dentro de sí que el que tiene el rifle.
Yo le entregué el rifle a mi padre mientras él murmuraba una respuesta a Clint. Los tres caminamos sobre la nieve hacia el estanque, que estaba cubierto de nieve. Durante todo el tiempo, seguimos oyendo aquellos horribles aullidos.
– ¡Fawn! ¡Murf! ¡Venid aquí! -volvió a gritar mi padre.
A los pocos instantes llegamos a la orilla oeste del estanque, y vimos con espanto que los dos cachorrillos estaban flotando en un charco oscuro de agua que se había abierto en el hielo en el centro de la superficie del agua. Apenas se les veía la cabeza mientras luchaban por mantenerse a flote. Cada pocos segundos, alguno emitía un aullido de miedo, y trataban desesperadamente de aferrarse con las garras al borde del agujero para poder salir. Sin embargo, no encontraban asidero y volvían a caer al agua helada.
– Oh, Clint. Es horrible.
Toda mi atención estaba centrada en los perros, pero de pronto vi a una figura moviéndose por encima del hielo hacia el agujero. Era mi padre. Se había tumbado sobre el estómago y estaba acercándose a los animales arrastrándose como un cangrejo.
– ¡Papá! -grité. Clint y yo hicimos ademán de seguirlo.
– ¡No os mováis! -ordenó mi padre, pero él siguió avanzando.
– ¡Para, papá! ¡El hielo se va a partir y te vas a caer! -grité con un sollozo.
Mi padre no respondió, y siguió avanzando. Yo oía que les estaba hablando de un modo tranquilizador a los cachorros, que respondieron reduciendo sus aullidos de temor a gemidos.
Entonces, noté que mi cara se quedaba sin color. Vi que el agua se ondulaba y se movía con una vida oscura y propia. Primero chapoteó ávidamente hacia la perra marrón, y engulló su cabeza con un sonido aceitoso. La cabecita marrón no reapareció.
– ¡Fawn! -gritó mi padre.
Después, el agua chapoteó hacia el cachorro plateado.
– Es Nuada. Está ahí -dijo Clint. Yo lo miré. Estaba rodeado por su aura azul, que brillaba como un zafiro-. Ve hacia los árboles que rodean el estanque, Shannon.
Señaló un enorme sauce cubierto de nieve, cuyas ramas colgaban sobre la superficie congelada del agua, como si fueran el pelo de un gigante en descanso.
– Permanece tocando el árbol, y estáte preparada.
Yo no le pregunté para qué. Fui todo lo rápidamente que pude hacia el tronco del árbol. Antes de llegar, oí a mi padre de nuevo:
– ¡Murphy! ¡No!
Entonces, un espantoso crujido atravesó el aire. Yo me tropecé y caí entre la cortina de ramas, pero me ayudé de la corteza áspera del tronco del sauce para levantarme. Me di la vuelta y vi a mi padre hundiéndose por una grieta del hielo, sumergiéndose lentamente en el agua helada.
– ¡Papá!
Vi con impotencia cómo luchaba contra el peso del agua y de su ropa. Dio un puñetazo en el hielo grueso que lo rodeaba, intentando hacer un agujero del que poder agarrarse, pero se cortó la mano y de su palma comenzó a brotar sangre.
Y el agua negra chapoteó hacia su cuello.
– ¡Shannon! -gritó Clint.
Se había colocado a un lado de la orilla, justo enfrente de mí. Estaba de lado, con los brazos extendidos en cruz, como si fuera Jesucristo. Con uno de los brazos me señalaba a mí, y con el otro señalaba a mi padre.
– Pídele el poder al árbol, y úsalo para enviarme tu energía, como hiciste en el bosque sagrado, cuando se tocaron nuestras manos.
Yo di un paso atrás para que todo mi cuerpo estuviera pegado al tronco del viejo sauce.
«Bienvenida, Amada de Epona».
– Oh, ¡ayúdame! -le pedí con un sollozo.
«Estamos aquí para ti, Elegida, pero debes tener el valor de pedirnos el poder».
¿A ellos? ¿De qué estaba hablando? Me di la vuelta y vi que las ramas del sauce estaban entrelazadas con las del árbol más cercano, y las del más cercano con el siguiente, y así sucesivamente, formando una cadena viviente de sauces, una autopista de ardillas.
– ¡Vamos! ¡Shannon! -la voz de Clint tenía un tono de desesperación.
Yo cerré los ojos con fuerza, y pensé sólo en el calor, en canalizar aquella energía. De repente, sentí aquel calor latiendo contra mi espalda. Entonces me concentré en Clint y vi su espectacular aura. Entonces el calor fue lo único que me ocupó la mente, tomé la energía que me estaba invadiendo y la reuní en mis dedos, como si estuviera formando una bola de fuego.
– ¡Sí, Shannon! ¡Bien hecho!
Tomé aire y me relajé en aquella sensación de energía ilimitada que había detrás de mí.
– Soy la Elegida de Epona.
Mi susurro fue recogido por las ramas del sauce, que comenzaron a mecerse, aunque no corría una brizna de viento. Sentí la energía cada vez más intensa, y me imaginé que la tenía en la palma de la mano como una circunferencia brillante. Entonces, con un movimiento rápido, la lancé hacia donde sentía el aura de Clint.