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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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Un tenue viento soplaba en la calle. Una bolsa de plástico y un vaso de Burger King rodaban por la acera. Nkata desconectó la alarma del coche pero no abrió la puerta, sino que miró a Barbara por encima del techo, y después a la casa de aspecto sombrío que había al otro lado de la calle. Su cara era la viva imagen de la tristeza.

– ¿Qué pasa? -preguntó Barbara.

– Les he estropeado la noche. Ya no podrán dormir. Tendría que haber venido por la mañana. ¿Por qué no lo pensé? No habríamos podido regresar esta noche a Derbyshire. Estoy hecho polvo. ¿Por qué me precipité a venir, como si fuera a extinguir un incendio? Han de ocuparse del niño, y las he desvelado.

– No tuviste elección -dijo Barbara-. Si hubieras esperado hasta mañana, probablemente no hubieras encontrado a ninguna de las dos. Se habrían ido al trabajo y el colegio, y habrías perdido un día. No le des más vueltas, Nkata. Has hecho lo que debías hacer.

– Es él -dijo-. El tío de la foto. El que fue apuñalado.

– Ya me lo imaginaba.

– Ellas no quieren creerlo.

– ¿Y quién querría? -dijo Barbara-. Es el adiós definitivo sin la menor posibilidad de decirlo. No hay nada más jodido que eso.

Lynley eligió Tideswell. Un pueblo de piedra caliza que trepaba por dos laderas opuestas, situado a mitad de camino entre Buxton y Padley Gorge. Hospedarse en el hotel Black Angel, con su agradable panorámica de la iglesia parroquial y el verde circundante, le proporcionaría durante la investigación fácil acceso tanto a la comisaría como a Maiden Hall. Y a Calder Moor, en caso necesario.

El inspector Hanken aprobó la idea de Tideswell. Enviaría un coche a recoger a Lynley por la mañana, si su subordinado aún no había regresado de Londres.

Hanken se había amansado bastante durante las horas que habían pasado juntos. En el bar del Black Angel, Lynley y él dieron cuenta de sendos whiskies antes de la cena, una botella de vino para acompañarla y un coñac después, lo cual contribuyó a la causa.

El whisky y el vino evocaron en Hanken las batallitas profesionales tan habituales entre los policías: peleas con superiores, investigaciones torcidas en el último momento, casos desagradables en que había participado contra su voluntad. El coñac provocó revelaciones personales.

El inspector de Buxton sacó la fotografía familiar que había enseñado antes a Lynley y la examinó durante un rato antes de hablar. Mientras seguía con el dedo índice el contorno de su hijo, pronunció la palabra «hijos», y explicó que un hombre cambiaba para siempre en cuanto depositaban un recién nacido en sus brazos. Tal vez no lo parecía, pues esas cosas eran más propias de mujeres, ¿verdad?, pero así era. Y el resultado de ese cambio era un poderosísimo deseo de proteger, de cerrar todas las escotillas, de vigilar todas las rutas de acceso al corazón de la casa. De modo que, perder un hijo pese a tantas precauciones… era un infierno inimaginable para él.

– Algo que Andy Maiden está experimentando en este momento -comentó Lynley.

Hanken le miró. Y a continuación le confió que Kathleen era la luz de su vida. Supo que quería casarse con ella el mismo día que la conoció, pero había tardado cinco años en convencerla. ¿Cómo había sido en el caso de Lynley y su mujer?

El matrimonio, su esposa y los hijos eran los últimos temas que Lynley deseaba abordar. Así que los esquivó con habilidad, aduciendo inexperiencia.

– Soy un marido demasiado novato para poder contar algo interesante -dijo.

Pero descubrió que no podía eludir el tema cuando estuvo a solas con sus pensamientos en la habitación del hotel. De todos modos, en un intento por alejarlos, o al menos posponerlos, se acercó a la ventana. La abrió unos centímetros y procuró soportar el intenso olor a moho que impregnaba el aire. Sin embargo, tuvo tanto éxito en esto como en intentar no fijarse en la cama, con su mullido colchón y su edredón rosa, cuya sábana de imitación de raso prometía una noche de dura batalla para no resbalar al suelo. Al menos, la habitación estaba equipada con una tetera eléctrica, observó con aire sombrío, una cestita de mimbre con bolsitas de té, siete minienvases de leche, un paquete de azúcar y dos galletas de mantequilla. También tenía un cuarto de baño que carecía de ventana y contaba con una vieja bañera, iluminado por una sola bombilla desnuda y de tanta potencia como una vela. Podría haber sido peor, se dijo. Pero no estaba seguro de cómo.

Cuando ya no pudo seguir evitándolo, echó un vistazo al teléfono, que descansaba sobre una mesilla con patas de hierro contigua a la cama. Debía a Helen una llamada, al menos para darle su dirección, pero se resistía a coger el auricular. Meditó sobre el motivo.

Desde luego, Helen estaba mucho más equivocada que él. Tal vez había perdido los estribos con ella, pero Helen había cruzado una línea al defender a Barbara Havers. Por ser su esposa, se suponía que debía defenderle a él. Podría haber preguntado por qué había elegido a Winston Nkata como compañero y no a Barbara Havers, en lugar de iniciar una discusión con el propósito de que cambiara una decisión que se había visto obligado a tomar.

Claro que, tras reflexionar, recordó que Helen había iniciado la conversación preguntándole por qué había elegido a Nkata. Fueron sus sucesivas respuestas las que transformaron una discusión razonable en una trifulca. Sin embargo, él había reaccionado así porque ella le había provocado una sensación marital, cuando no moral, de indignación. Las preguntas de Helen implicaban una alianza con alguien cuyas acciones no podían justificarse. Que le pidieran a él que justificara sus acciones, que eran razonables, admisibles y comprensibles, era más que irritante.

La policía funcionaba porque sus agentes se ceñían a una firme cadena de mando. Los oficiales superiores alcanzaban su rango demostrando, entre otras cosas, que eran capaces de trabajar bajo presión. Con una vida en juego y un sospechoso que huía, la superiora de Barbara Havers había tomado una decisión en una fracción de segundo e impartido unas órdenes tan diáfanas como razonables. El hecho de que Havers hubiera desobedecido esas órdenes ya era bastante grave, pero que tomara la responsabilidad en sus manos era mucho peor. Sin embargo, arrogarse el poder mediante la utilización de un arma de fuego era algo muy grave. No se trataba de una simple violación de las normas. Era una burla de todo aquello que defendían. ¿Por qué no lo había comprendido Helen?

«Estas cosas nunca son en blanco y negro, Tommy.» El comentario de Malcolm Webberly cruzó por su mente como una contestación a su pregunta. Pero Lynley no estaba de acuerdo con el superintendente. Creía que algunas cosas sí lo eran.

En cualquier caso, no podía olvidar que debía a su mujer una llamada telefónica. No era preciso que continuaran la discusión. Pero podía disculparse por haber perdido los estribos.

En lugar de Helen, sin embargo, se encontró hablando con Charlie Denton, el joven y frustrado actor de teatro que interpretaba el papel de mayordomo en la vida de Lynley, cuando no estaba rondando por el puesto de venta de entradas a mitad de precio de Leicester Square. La condesa no estaba en casa, le informó Denton, y Lynley adivinó lo mucho que a aquel hombre enloquecedor le gustaba llamar a Helen por su título nobiliario. Había telefoneado a eso de las siete desde la casa del señor St. James, continuó Denton, y dijo que la habían invitado a cenar. Aún no había regresado. ¿Deseaba su señoría…?

Lynley le interrumpió al punto.

– Ya basta, Denton.

– Lo siento. -El joven lanzó una risita y abandonó todo servilismo burlón-. ¿Quiere dejarle un mensaje?

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