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Los Diarios Secretos De Miranda

Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:

A los diez años Miranda Cheever no muestra signo alguno de convertirse en una gran belleza. Y ni siquiera a esa temprana edad Miranda ha aprendido a aceptar las expectativas que la sociedad tiene depositadas en ella… hasta la tarde en que Nigel Bevelstoke, el guapo y elegante vizconde Turner, besa solemnemente su mano y le promete que un día madurará y se convertirá en una mujer tan hermosa como inteligente.
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
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Ahora tenía la mano en una de las bolsas. Miranda notó un nudo en el estómago.

– Sir Anthony Waldove y… -Lady Chester metió la mano en la otra bolsa-, lady Rudland.

Miranda soltó el aire y no se dio cuenta hasta entonces de que había estado conteniendo la respiración. Daría cualquier cosa porque le tocara con Turner… y cualquier cosa por evitarlo.

– Pobre mamá -le susurró Olivia al oído-. Sir Anthony Waldove es un poco corto. Tendrá que hacerlo todo ella.

Miranda se acercó un dedo a los labios.

– No oigo nada.

– El señor William Fitzhugh y… la señorita Charlotte Gladdish.

– ¿Con quién quieres que te toque? -preguntó Olivia.

Miranda se encogió de hombros. Si no la emparejaban con Turner, le daba igual.

– Lord Turner y…

A Miranda se le detuvo el corazón.

– Lady Olivia Bevelstoke. ¿No es bonito? Llevamos cinco años haciendo esto y es la primera vez que emparejamos a hermano y hermana.

Miranda volvió a respirar, aunque no estaba segura de si estaba decepcionada o aliviada.

Sin embargo, Olivia no tenía ni una duda sobre sus sentimientos.

– Quel desastre -farfulló, en su típico francés-. Con todos estos caballeros disponibles y me toca con mi hermano. ¿Cuándo será la próxima vez que tenga la oportunidad de pasear a solas con un caballero? Es una lástima. Una auténtica lástima.

– Podría ser peor -dijo Miranda, con su tono pragmático-. No todos los caballeros de aquí son… eh… caballeros. Al menos, tú sabes que Turner no intentará sobrepasarse.

– Es un consuelo muy pequeño, te lo aseguro.

– Livvy…

– Shhh, acaban de sacar el nombre de lord Westholme.

– Y, de las señoras… -Lady Chester gorjeó-, ¡la señorita Miranda Cheever!

Olivia le dio un codazo.

– ¡Qué suerte!

Miranda se encogió de hombros.

– Venga, no seas tan fría -la riñó Olivia-. ¿No te parece divino? Daría el pie izquierdo por estar en tu lugar. Oye, ¿por qué no cambiamos de pareja? No hay ninguna regla que lo prohíba. Además, Turner te gusta.

«Demasiado», pensó Miranda, con tristeza.

– ¿Y? ¿Qué te parece? A menos que también le hayas echado el ojo a lord Westholme.

– No -respondió Miranda, haciendo un esfuerzo por no parecer consternada-. No, claro que no.

– Entonces, hagámoslo -dijo Olivia, emocionada.

Miranda no sabía si lanzarse de cabeza o salir corriendo y esconderse en el armario. En cualquier caso, no tenía ninguna excusa para rechazar el ofrecimiento de Olivia. Seguro que su amiga querría saber por qué no quería estar a solas con Turner. Y entonces, ¿qué le diría? «¿Es que acabo de decirle a tu hermano que le quiero y mucho me temo que me odia? ¿No puedo estar a solas con Turner porque tengo miedo de que se sobrepase conmigo? ¿No puedo estar a solas con él porque tengo miedo de sobrepasarme yo con él?»

Sólo de pensarlo quería echarse a reír.

O llorar.

Sin embargo, Olivia la estaba mirando con expectación, aquella mirada tan suya que había perfeccionado a… los tres años. Y Miranda se dio cuenta de que, por mucho que hiciera o dijera, iba a acabar emparejada con Turner.

Y no es que Olivia estuviera consentida, aunque quizá sí que lo estaba, un poco. Es que cualquier intento por parte de Miranda para eludir el asunto se encontraría con un interrogatorio tan preciso y persistente que seguro que acabaría revelándolo todo.

Y, en ese caso, tendría que huir del país. O, al menos, encontrar una cama debajo de la que esconderse. Durante una semana.

Así que suspiró y asintió. Y pensó en aspectos positivos y resquicios de esperanza, y dedujo que no podía esperar ninguna de las dos cosas.

Olivia la tomó de la mano y se la apretó.

– Miranda, ¡gracias!

– Espero que a Turner no le importe -dijo ella, cautelosa.

– No le importará. Seguro que se pondrá de rodillas y dará las gracias a su buena suerte por no tener que pasar toda la tarde conmigo. Cree que soy una mocosa.

– No es verdad.

– Sí que lo es. A menudo me dice que debería parecerme más a ti.

Miranda se volvió, sorprendida.

– ¿De veras?

– Mmm-hmm. -Sin embargo, la atención de Olivia estaba puesta en lady Chester, que estaba terminando de emparejar a las señoras con los caballeros. Cuando terminó, los señores se levantaron para ir a buscar a sus parejas.

– ¡Miranda y yo hemos hecho un cambio de pareja! -exclamó Olivia cuando Turner se le acercó-. No te importa, ¿verdad?

– Por supuesto que no -respondió, pero Miranda no habría apostado ni un cuarto de penique a que estaba diciendo la verdad. Además, ¿qué otra cosa podía decir?

Lord Westholme llegó poco después y, aunque fue lo suficientemente educado como para ocultarlo, el cambio le pareció de maravilla.

Turner no dijo nada.

Olivia lanzó una mirada de perplejidad a Miranda, que ésta ignoró.

– ¡Ahí va la primera pista! -exclamó lady Chester-. ¿Quieren hacer el favor, los caballeros, de venir a recoger sus sobres?

Turner y lord Westholme se acercaron al centro de la sala y, a los pocos segundos, regresaron con un impoluto sobre blanco.

– Vamos a fuera a abrir el nuestro -dijo Olivia a lord Westholme, con una sonrisa pícara hacia Turner y Miranda-. No quisiera que nadie nos copiara la estrategia.

Por lo visto, los demás competidores tuvieron la misma idea porque, al cabo de un momento, Turner y Miranda se quedaron solos.

Él respiró hondo y apoyó las manos en las caderas.

– Yo no he propuesto el cambio -dijo Miranda, enseguida-. Ha sido Olivia.

Él arqueó una ceja.

– ¡No he sido yo! -protestó ella-. A Livvy le interesa lord Westholme y cree que piensas que es una cría.

– Es que es una cría.

A Miranda no le apetecía, especialmente, mostrarse en desacuerdo sobre ese asunto, pero, sin embargo, dijo:

– Seguro que ni se imaginaba lo que estaba haciendo cuando nos ha emparejado.

– Podrías haberte opuesto -dijo él, directamente.

– ¿Ah, sí? ¿Basándome en qué? -le preguntó Miranda. No tenía por qué estar tan enfadado porque hubieran terminado formando pareja-. ¿Cómo sugieres que le explicara que no debemos pasar la tarde juntos?

Turner no respondió porque no tenía respuesta, imaginó ella. Se limitó a dar media vuelta y a salir del salón.

Miranda lo miró un momento y entonces, cuando le quedó claro que no tenía ninguna intención de esperarla, resopló y lo siguió a paso ligero.

– ¡Turner, quieres ir más despacio!

Él se detuvo y sus movimientos exagerados demostraban lo impaciente que estaba con ella.

Cuando Miranda llegó a su lado, la miró con una expresión de aburrimiento y enfado.

– ¿Sí?

Ella hizo un esfuerzo por no perder los nervios.

– ¿Podemos intentar, al menos, ser civilizados?

– No estoy enfadado contigo, Miranda.

– Pues lo disimulas muy bien.

– Estoy frustrado -dijo, de una forma que ella estaba segura que pretendía sorprenderla. Y luego añadió-: De más formas de las que te imaginarías.

Miranda se las imaginaba, y solía hacerlo, y se sonrojó.

– Abre el sobre, ¿quieres? -farfulló.

Turner se lo entregó y ella lo abrió.

– «Encontrad la siguiente pista debajo de un sol en miniatura» -leyó.

Lo miró. Él ni siquiera la estaba mirando. Aunque tampoco la estaba evitando; sólo tenía la mirada perdida, como si quisiera estar en cualquier otro sitio.

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