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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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– Cole -dijo la mujer-. Sally Cole. Sal.

Se apartó de la puerta y les examinó cuando atravesaron el umbral. Cruzó los brazos. A la luz más generosa de la entrada, Barbara vio que se había hecho mechas rubio platino a cada lado de la cara, y que llevaba el pelo corto, justo por debajo de las orejas. Lo cual destacaba unas facciones irregulares e incongruentes: frente despejada, nariz ganchuda, boca diminuta en forma de pimpollo.

– No puedo soportar las intrigas, de modo que hablen de una vez.

– ¿Podríamos…?

Barbara movió la cabeza hacia una puerta que se abría a la izquierda de la escalera. Parecía dar acceso a la sala de estar, aunque la estancia estaba dominada por un amplio y curioso arreglo de utensilios de jardinería que se alzaba en el centro: un rastrillo al que faltaban la mitad de las púas, una azada con el borde curvado hacia adentro y una pala roma formaban un tipi sobre un extirpador, cuyo mango estaba partido por la mitad. Barbara lo observó con curiosidad y se preguntó si estaría relacionado con la manera de vestir de Sal Cole: la bata verde y las palabras bordadas sugerían una profesión relacionada con lo floral, cuando no hacia la agricultura.

– Mi Terry es escultor -informó Sal, al tiempo que se paraba junto a Barbara-. Así se gana la vida.

– ¿Herramientas de jardinería? -preguntó Barbara.

– Tiene una pieza con tijeras de podar que me dan ganas de llorar. Mis dos hijos son artistas. Cyn está haciendo un cursillo de diseñadora de modas. ¿Vienen por algo relacionado con mi Terry? ¿Se ha metido en algún lío? Díganmelo sin rodeos.

Barbara miró a Nkata, por si quería hacer los dudosos honores. Se tocó la cicatriz de su mejilla, como si le hubiera empezado a doler.

– ¿Terry no está en casa, señora Cole? -preguntó Barbara.

– No vive aquí -respondió Sal, y explicó que compartía vivienda y estudio en Battersea con una chica llamada Cilla Thompson, también artista-. No le habrá pasado nada a Cilla, ¿verdad? No estarán buscando a Terry a causa de Cilla, ¿no? Solo son amigos. Si le han hecho una cara nueva otra vez, será mejor que hablen con ese novio que tiene, no con mi Terry. Terry sería incapaz de matar a una mosca, ni aunque le estuviera mordiendo. Es un buen chico, siempre lo ha sido.

– ¿Hay un…? Bueno, ¿hay un señor Cole?

Si iban a decir a la mujer que su hijo quizá había muerto, Barbara deseaba que otra presencia, en teoría más fuerte, asimilara el golpe.

La mujer resopló.

– El señor Cole, cuando lo era, nos hizo un numerito digno de Houdini cuando Terry tenía cinco años. Prefirió irse con un par de gatitas a Folkestone, y ahí se acabó el padre de familia. ¿Por qué? -Su voz sonó más ansiosa-. ¿Para qué han venido?

Barbara hizo una señal a Nkata. Al fin y al cabo, había vuelto a Londres para localizar a la mujer, si era necesario. Le tocaba a él dar la noticia de que el cadáver no identificado podía ser el de su hijo. Empezó con la Triumph. Sal Cole confirmó que su hijo tenía una moto de esa marca, lo cual la condujo a la lógica pregunta de si había sufrido un accidente de tráfico, y preguntó a qué hospital le habían llevado. Barbara deseó que la noticia fuera tan sencilla como una colisión en la autopista.

Pero las cosas no eran tan fáciles. Nkata se había acercado a una repisa repleta de fotografías, encima de un hueco poco profundo, receptáculo en otro tiempo de un hogar. Levantó una de las fotos con marco de plástico, y su expresión reveló a Barbara que acompañar a la señora Cole hasta Derbyshire sería una pura formalidad. Al fin y al cabo, Nkata había visto fotos del cadáver, cuando no el propio cadáver. Y si bien en ocasiones las víctimas de un asesinato se parecían poco a como eran en vida, un observador atento podía efectuar una identificación mediante una fotografía.

Por lo visto, ver la foto proporcionó a Nkata el valor suficiente para relatar la historia, lo cual hizo con una sencillez y delicadeza que impresionó a Barbara.

Se había producido un doble homicidio en Derbyshire, informó Nkata a la señora Cole. Las víctimas eran un joven y una mujer. Habían encontrado en las cercanías la moto de Terry, y el joven en cuestión tenía cierto parecido con la foto de la repisa. Podía ser una casualidad que hubieran encontrado la moto de Terry cerca del lugar de los hechos, por supuesto, pero la policía necesitaba que alguien fuese a Derbyshire para identificar el cuerpo. La señora Cole podía ser esa persona. O si creía que podía ser demasiado traumático, otra persona, tal vez la hermana de Terry… La señora Cole debía decidir. Nkata dejó en su sitio la fotografía.

Sal le miró, estupefacta.

– ¿Derbyshire? -dijo-. No, no lo creo. Mi Terry está trabajando en un proyecto en Londres, un proyecto que le dará mucho dinero. Un encargo que le roba casi todo el tiempo. Por eso no pudo venir a comer el domingo, como de costumbre. Está loco por nuestro pequeño Darryl. No se perdería una tarde de domingo con él. Pero el encargo… Terry no pudo venir por culpa del encargo. Eso dijo, al menos.

Su hija se reunió con ellos, se había puesto un chándal azul y estirado el pelo hacia atrás.

– ¿Qué pasa, mamá? Estás pálida como un cadáver. Siéntate o te desmayarás.

– ¿Dónde está el chiquillo? ¿Dónde está nuestro pequeño Darryl?

– Se ha calmado. El agua caliente le ha sentado de maravilla. Venga, mamá. Siéntate de una vez.

– ¿Lo envolviste con una toalla como te dije?

– El bebé está bien. -Cyn se volvió hacia Barbara y Nkata-. ¿Qué ha pasado?

Nkata se lo explicó sucintamente. La joven escuchó y luego agarró el mango de la azada que formaba parte de la escultura.

– Este encargo iba a tener el triple de este tamaño. Él me lo dijo.

Se acercó a una butaca raída y rellena en exceso, rodeada de juguetes. La joven cogió uno: un pájaro amarillo que apretó contra su pecho.

– ¿Derbyshire? -dijo con incredulidad-. ¿Qué coño haría nuestro Terry en Derbyshire? Debió de prestar la moto a alguien, mamá. Cilla lo sabrá. Vamos a telefonearle.

Marcó los números en un teléfono que descansaba sobre una mesa achaparrada al pie de la escalera.

– ¿Eres Cilla Thompson? Soy Cyn Cole, la hermana de Terry… Sí… Ah, muy bien. Menudo monstruo. Siempre nos tiene pendientes de él. Escucha, Cilla, ¿está ahí Terry? Oh. ¿Sabes adonde fue? -Dirigió una sombría mirada a su madre-. Bien, pues… No. Ningún mensaje. Si aparece dentro de una hora o así, dile que me llame a casa, ¿de acuerdo?

Colgó.

Sal y Cyn se comunicaron en silencio, como sucede con las mujeres acostumbradas a convivir juntas.

– Se ha dedicado a ese proyecto en cuerpo y alma -dijo Sal en voz baja-. Dijo: «Esto dará vida al Arte del Destino. Ya lo verás, mamá.» No entiendo por qué se fue.

– ¿El arte del destino? -preguntó Barbara.

– Su galería. Así quiere llamarla: El Arte del Destino -aclaró Cyn-. Siempre ha querido tener una galería para exponer artistas modernos. Iba a estar, va a estar, en la orilla sur, cerca de Hayward. Es su sueño. Mamá, quizá sea una falsa alarma. Puede que no sea nada. -Pero su voz sonó como si solo deseara auto- convencerse.

– Necesitaremos la dirección -dijo Barbara.

– La galería todavía no existe -contestó Cyn.

– Del piso de Terry -aclaró Nkata-. Y del estudio que comparte.

– Pero acaban de decir… -Sal no terminó el comentario.

El silencio cayó sobre ellos. El motivo era evidente para todos: lo que tal vez no era nada podía convertirse en lo peor para una familia como los Cole.

Cyn fue en busca de la dirección exacta.

– Vendré a buscarla por la mañana, señora Cole -dijo Nkata-. Pero si Terry telefonea esta noche, llámeme al busca. ¿De acuerdo? A la hora que sea. Llámeme al busca.

Escribió el número en una hoja que arrancó de su libreta y se la entregó a Sal. La hermana de Terry regresó con la información sobre su hermano y se la dio a Barbara. Había dos direcciones anotadas junto a las palabras «piso» y «estudio». Ambas estaban en Battersea. Las memorizó, por si acaso, y entregó el papel a Nkata. Este le dio las gracias con un gesto y lo guardó en el bolsillo. Dijo la hora en que pasaría a recoger a la mujer, y los dos agentes se encontraron de nuevo en la noche.

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