Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Los Diarios Secretos De Miranda - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Los Diarios Secretos De Miranda

Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:

A los diez años Miranda Cheever no muestra signo alguno de convertirse en una gran belleza. Y ni siquiera a esa temprana edad Miranda ha aprendido a aceptar las expectativas que la sociedad tiene depositadas en ella… hasta la tarde en que Nigel Bevelstoke, el guapo y elegante vizconde Turner, besa solemnemente su mano y le promete que un día madurará y se convertirá en una mujer tan hermosa como inteligente.
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
1 ... 29 30 31 32 33 34 35 36 37 ... 66
Перейти на страницу:

– Lo que sé -respondió ella, mirándolo sin esconder la rabia-, es que… -Y entonces se calló, cerró la boca y se cruzó de brazos.

– ¿Qué? -preguntó él.

Miranda se volvió hacia la ventanilla.

– No lo entenderías -y añadió-: Y tampoco me escucharías.

El tono desdeñoso de su piel fue como uñas que se clavaban en la piel de Turner.

– Por favor, la petulancia no te pega.

Ella se volvió.

– ¿Y qué debería hacer? Dime, ¿cómo se supone que tengo que sentirme?

Él sonrió.

– Agradecida.

– ¿Agradecida?

Él se reclinó en el respaldo y su cuerpo entero era un ejemplo de insolencia.

– Podría haberte seducido, y lo sabes. Con facilidad. Pero no lo hice.

Ella contuvo el aliento y retrocedió y, cuando habló, lo hizo con una voz susurrada y letal.

– Eres odioso, Turner.

– Sólo te digo la verdad. ¿Y sabes por qué no hice más? ¿Por qué no te arranqué el camisón, te tendí en el sofá y te tomé allí mismo?

Ella abrió los ojos y su respiración fue más audible, y Turner sabía que estaba siendo grosero, maleducado y, sí, odioso, pero no podía parar, no podía detener la franqueza porque, maldición, Miranda tenía que entenderlo. Tenía que entender cómo era él realmente y de lo que era y no era capaz de hacer.

Y esto… esto… ella. ¿Había conseguido hacer algo noble por ella y ni siquiera le estaba agradecida?

– Te lo diré -dijo, entre dientes-. Me detuve por respeto hacia ti. Y te diré otra cosa. -Se detuvo, maldijo, y ella lo miró con desafío y provocación, como diciéndole: «Ni siquiera sabes lo que ibas a decir».

Sin embargo, ése era el problema. Que lo sabía y había estado a punto de decirle lo mucho que la había deseado. Que, si no hubieran estado en casa de sus padres, no estaba seguro de que hubiera podido detenerse.

No estaba seguro de si lo habría hecho.

Pero ella no tenía que saberlo. No debía saberlo. Turner no necesitaba que ella fuera consciente del poder que tenía sobre él.

– ¿Te lo puedes creer? -murmuró, más para sí mismo que para ella-. No quería arruinarte el futuro.

– Deja que me ocupe yo de mi futuro -respondió ella, furiosa-. Sé lo que hago.

Él se rió con desdén.

– Tienes veinte años. Crees que lo sabes todo.

Ella lo miró fijamente.

– Yo creía que lo sabía todo cuando tenía veinte años -respondió él, encogiéndose de hombros.

La tristeza tiñó los ojos de Miranda.

– Yo también -dijo, en voz baja.

Turner intentó ignorar el desagradable nudo de culpabilidad que se le estaba formando en el estómago. Ni siquiera estaba seguro de por qué se sentía culpable y, en realidad, todo aquello era ridículo. No debería estar hecho para sentirse culpable por no haberle robado la inocencia, y lo único que se le ocurrió fue:

– Algún día me lo agradecerás.

Ella lo miró con incredulidad.

– Pareces tu madre.

– Pareces malhumorada.

– ¿Y me culpas? Me estás tratando como a una niña cuando sabes perfectamente que soy una mujer.

Al nudo de culpabilidad empezaron a crecerle tentáculos.

– Puedo tomar mis propias decisiones -añadió, desafiante.

– Obviamente, no. -Él se inclinó hacia delante con un peligroso brillo en los ojos-. O no habrías dejado que te bajara el vestido y te besara los pechos la semana pasada.

Ella se sonrojó, avergonzada, y la voz le tembló con tono acusatorio cuando dijo:

– No intentes convencerme de que fue culpa mía.

Él cerró los ojos y se echó el pelo hacia atrás, consciente de que había dicho algo muy, muy estúpido.

– Claro que no es culpa tuya, Miranda. Por favor, olvida lo que he dicho.

– Igual que quieres que olvide que me besaste. -Habló con una voz sin una gota de emoción.

– Sí. -La miró y vio una especie de vacío en sus ojos, algo que nunca había visto en su cara-. Por Dios, Miranda, no te pongas así.

– No hagas esto, haz aquello -estalló ella-. Olvida esto, no olvides lo otro. Decídete, Turner. No sé qué quieres. Aunque creo que tú tampoco lo sabes.

– Soy nueve años mayor que tú Miranda -dijo él, en un tono de voz horrible-. No me hables con esos aires de superioridad.

– Lo siento, Alteza.

– No hagas esto, Miranda.

Y la cara de la chica, que hasta ahora era tensa y serena, de repente explotó de emoción.

– ¡Deja de decirme lo que tengo que hacer! ¿Se te ha ocurrido pensar que quería que me besaras? ¿Que quería que me desearas? Y me deseas, y lo sabes. No soy tan inocente para dejarme convencer de lo contrario.

Turner sólo podía mirarla fijamente y susurrar:

– No sabes lo que dices.

– ¡Sí que lo sé!

Sus ojos reflejaron la rabia y apretó los puños, y él tuvo la horrible premonición de que había llegado, de que era el momento. Todo dependía de ese momento y sabía, sin tener la menor idea de lo que ella iba a decirle y de lo que él le respondería, de que aquello no terminaría bien.

– Sé perfectamente lo que digo -dijo ella-. Te deseo.

Turner tensó el cuerpo y el corazón se le aceleró. Sin embargo, no podía permitirle que continuara.

– Miranda, sólo crees que me deseas -añadió, enseguida-. Nunca has besado a nadie más y…

– No me trates con condescendencia. -Lo miró fijamente, con los ojos llenos de deseo-. Sé lo que quiero, y te quiero a ti.

Él respiró de forma entrecortada. Merecía que lo beatificaran por lo que estaba a punto de decir.

– No, no me quieres. Es un encaprichamiento.

– ¡Maldito seas! -estalló-. ¿Estás ciego? ¿Estás sordo, mudo y ciego? No es un encaprichamiento, ¡idiota! ¡Te quiero!

«Dios mío.»

– ¡Siempre te he querido! Desde que te conocí hace nueve años. Te he querido desde entonces, cada minuto del día.

– Dios mío.

– Y no intentes decirme que es un enamoramiento infantil, porque no lo es. Quizás, en un momento determinado lo fue, pero ya no.

Él no dijo nada. Se quedó allí sentado como un imbécil y la miró.

– Yo… Conozco mi corazón y te quiero, Turner. Y si tuvieras un poco de decencia, dirías algo, porque yo ya lo he dicho todo, y no soporto este silencio y… ¡Oh, por el amor de Dios! ¿No puedes, al menos, parpadear?

Turner no podía ni siquiera hacer eso.

Capítulo 10

Dos días después, Turner todavía parecía estar algo aturdido.

Miranda no había intentado hablar con él, ni siquiera se le había acercado, pero, de vez en cuando, lo sorprendía mirándola con una expresión insondable. Miranda sabía que lo había incomodado porque ni siquiera podía mantener la mirada cuando sus ojos se encontraban. Se la quedaba mirando unos segundos, parpadeaba y se volvía.

Ella sólo deseaba que, alguna vez, asintiera.

Sin embargo, durante gran parte del fin de semana consiguieron no estar nunca en el mismo sitio al mismo tiempo. Si Turner salía a montar, Miranda iba al invernadero. Si Miranda daba un paseo por el jardín, Turner jugaba a las cartas.

Todo muy civilizado. Muy adulto.

Y, se dijo Miranda más de una vez, muy desgarrador.

No coincidían en las comidas. Lady Chester se enorgullecía de sus habilidades como casamentera y, como parecía imposible que Turner y Miranda pudieran establecer una relación romántica, no los sentaba el uno cerca del otro. Turner siempre estaba rodeado de un grupo de chicas jóvenes y Miranda solía verse relegada a hacer compañía a viudas canosas. Suponía que lady Chester no confiaba demasiado en su habilidad para conseguir un buen partido. Olivia, en cambio, siempre estaba rodeada de tres caballeros muy apuestos y adinerados, uno a su izquierda, otro a su derecha y otro enfrente.

Eso sí, aprendió bastante sobre los remedios caseros para la gota.

No obstante, lady Chester había dejado al azar las parejas para una de las actividades del fin de semana: la búsqueda del tesoro. La búsqueda se haría por parejas. Y, puesto que el objetivo de todos los invitados era casarse o empezar una aventura (dependiendo del estado civil de cada uno), cada equipo estaría formado por un hombre y una mujer. Lady Chester había escrito los nombres de los invitados en trozos de papel y había metido los de mujer en una bolsa y los de hombre, en otra.

1 ... 29 30 31 32 33 34 35 36 37 ... 66
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)