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Diosa Por Elección

Электронная книга - «Diosa Por Elección». Краткое содержание книги:

Por fin, Shannon Parker se había reconciliado con la vida en el mundo mítico de Partholon. Amaba a su marido centauro y se había acostumbrado a su conexión con la diosa Epona y los beneficios que conllevaban ambas cosas. Casi había olvidado su antigua vida en la Tierra… sobre todo, cuando descubrió que estaba embarazada…
Pero entonces una súbita explosión de poder la envió de vuelta a Oklahoma. Sin la magia, Shannon no podía regresar a Partholon, así que tendría que buscar ayuda. El problema era que esa ayuda tomó la forma de un hombre tan tentador como su marido. Y, durante el camino, Shannon descubriría que ser una diosa por error era mucho más fácil que ser una diosa por elección…
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– ¡Shannon! -exclamó Clint, e interrumpió mis sollozos-. ¡Ya basta! Te vas a poner enferma otra vez.

Yo lo miré entre las lágrimas y me sequé los ojos con la manga de su abrigo.

– Vamos, dime cómo puedo llegar a casa de tu padre -me ordenó él-. Concéntrate.

Yo asentí y miré hacia el panorama cubierto de nieve. Pasamos por barrios residenciales por los que yo había jugado de niña. Las casas fueron distanciándose poco a poco, y me di cuenta de que no había luz, porque todo estaba a oscuras. La tormenta debía de haber cortado la electricidad.

– Ya casi hemos llegado -dije-. ¿Ves aquel edificio de cemento? Tuerce a la derecha -le indiqué, y esperé unos instantes. Después continué-: Sigue la línea de árboles hacia aquella colina. La casa de mi padre está a la derecha.

Señalé un pequeño camino que separaba dos prados en la cima de la colina.

– Gracias a Dios que la puerta está abierta -dije con un suspiro de alivio-. ¿Qué hora es? -le pregunté a Clint.

– Las ocho.

– Aparca detrás de cualquiera de las dos camionetas -le indiqué. Como de costumbre, mis padres no habían metido los coches al garaje. No lo usaban como refugio de vehículos, sino como almacén y taller.

– Quédate aquí. Voy a salir y te ayudaré.

Clint salió con rigidez del Hummer. Se irguió lentamente, con una mano posada en la espalda. Cuidadosamente, rodeó la furgoneta y me abrió la puerta.

– ¿Te duele la espalda?

– No te preocupes -respondió, y me hizo un gesto para que saliera.

Yo salté del Hummer con las piernas temblorosas. Clint me tomó del brazo y me ayudó a caminar hasta la puerta delantera. Entonces, carraspeé nerviosamente. No sabía qué hacer. En circunstancias normales habría avisado a mi padre de un grito y habría pasado a casa, pero en aquel momento no sabía cómo iba a recibirme. ¿Y si Rhiannon también había alejado de mí a mis padres? ¿Y si mi padre no quería verme?

– ¿Estás bien, mi niña? -me preguntó Clint, apartándome un rizo de la cara.

– No lo sé…

Antes de que pudiera terminar de responder, se abrió la puerta.

– ¿Shannon?

– Sí, soy yo, papá. Vengo con un amigo. ¿Podemos entrar? -pregunté, como si tuviera seis años otra vez.

– Sí, sí -dijo él, mientras quitaba el cerrojo de la puerta mosquitera-. Es la peor tormenta que recuerdo. ¡Parece que estoy en Illinois!

Entramos al pequeño recibidor. Había una lámpara de aceite grande que ardía sobre la consola que había junto a la puerta. Papá se acercó y ajustó la llama, y de repente, todos quedamos iluminados por un resplandor amarillo. Mi padre iba vestido con ropa cómoda y su vieja sudadera de la Universidad de Illinois. Estaba estupendo, sólido y fuerte. Tuve ganas de echarme a sus brazos y llorar como un bebé.

Sin embargo, arrastré los pies por el suelo nerviosamente, pensando en cualquier cosa que pudiera decir.

– Eh… ¿por qué no ladran los perros?

Mi padre criaba perros sabuesos, no para cazar, sino porque le encantaban.

– Están encerrados en el establo. Hace demasiado frío fuera. He encendido los radiadores eléctricos, y tienen un buen comedero lleno de comida. Están con los caballos. Esos cachorros deben de creerse que están en el cielo canino.

– ¡Oh, papá, te he echado mucho de menos!

Me puse de puntillas y lo abracé con fuerza. Él me dio un beso en la mejilla.

– Bueno, ahora ya estás en casa.

Yo le sonreí entre lágrimas de alivio, dándole gracias a mi diosa porque, hubiera hecho lo que hubiera hecho Rhiannon, no había conseguido destrozar mi relación con mi padre. Él miró con curiosidad a Clint, como preguntándose de qué lo conocía, e inmediatamente le tendió la mano.

– Señor Parker, es un placer conocerlo…

– Papá, es mi amigo Clint Freeman -dije yo, avergonzada por mi falta de buenas maneras-. Clint, mi padre, Richard Parker.

Se estrecharon la mano, y mi padre nos llevó hacia el salón.

– Vamos, poneos cómodos. Shannon, ¿por qué no le das algo de beber a Clint? Ya sabes dónde está todo.

Yo asentí y me dirigí hacia la cocina mientras mi padre le indicaba a Clint que se acomodara en el sofá.

– ¿Qué te apetece, Clint? -pregunté, buscando las tazas-. ¿Un café, té, o algo más fuerte?

– Un café, si no es molestia.

– Ya está hecho -me dijo mi padre desde el salón-. Espero que te guste fuerte -le comentó a Clint.

– Sí -respondió él.

Yo serví el café, me hice un té, y llevé ambas tazas al salón.

– ¿Tú no quieres nada, papá?

– No. Yo acabo de tomarme una taza de café con Baileys -me dijo. Después me miró con curiosidad y añadió-: Nunca bebo café tan tarde, pero tenía el presentimiento de que debía quedarme despierto esta noche.

Yo me senté junto a Clint y tiré nerviosamente de la bolsita de té.

– Aún queda un poco de la botella de whisky que trajiste de Escocia y que no has querido probar estos últimos meses. Te he guardado un poco por si recuperas de nuevo el sentido del gusto, ¿eh, Bichito?

Sentí cómo mis ojos se llenaban de lágrimas cuando mi padre empleó el apodo cariñoso con el que solía llamarme. Pero enseguida recordé que Rhiannon detestaba el whisky porque lo consideraba vulgar, y me estremecí ante la prueba de que ella había estado allí. Con mi padre.

– ¡No! ¡Quiero decir, sí! Me refiero a que todavía me gusta el whisky. Es sólo que esta noche prefiero un té.

«Y», añadí para mí, «durante los siete meses próximos también».

Tomamos nuestras bebidas en silencio. Yo no sabía por dónde empezar, pero con sólo estar en aquella habitación tan familiar me sentía mejor, más fuerte, más capaz de enfrentarme a los horrores de aquel día.

– ¿Dónde está mamá Parker? -pregunté.

La ausencia de mi madrastra me asaltó de repente. Ella debería haber estado por allí, insistiendo en que comiéramos algo y en que yo me quitara aquella ropa sucia y húmeda. En general, haciendo cosas de madre que me hacían sentirme querida. Me avergoncé de no haber preguntado por ella en cuanto había llegado.

– Mamá Parker está visitando a su hermana de Phoenix.

– ¿Sin ti?

– Llevaba meses preparando la visita. Yo iba a ir con ella, pero uno de esos potros idiotas decidió que quería saltar una valla y se rompió una pata, así que me he quedado para curar al muy tonto.

Yo asentí al oír aquella letanía familiar de quejas contra los caballos. Había pocas cosas que a mi padre le parecieran tan tontas como los caballos de carreras, y pocas cosas que adorara más.

Sabía que debía abordar el motivo de mi visita, pero aquella conversación hizo que me diera cuenta de lo mucho que ansiaba la normalidad, aunque sólo fuera una ilusión temporal.

– Bueno, ¿y cómo van las cosas en el instituto?

Mi padre llevaba entrenando casi tres décadas a los alumnos del instituto en el que yo trabajaba de profesora. A mí también me encantaba enseñar. Y una de las cosas en las que mi padre y yo estábamos totalmente de acuerdo era que los adolescentes eran más tontos que los caballos de carreras. Vi que en sus labios se dibujaba lentamente una sonrisa.

– Esos pequeños bobos… cada año son más tontos -dijo, y se echó a reír-. Y este año han contratado como subdirector a un sensiblero que ha trabajado en una de esas escuelas tan delicadas de medio grado. El muy tonto no sabría lo que es la disciplina ni aunque la tuviera delante de las narices -añadió, y me miró agitando la cabeza, con una expresión de sufrimiento y resignación-. Es una suerte que te fueras cuando lo hiciste.

Ante aquella mención de mi cambio de carrera profesional, la calidez que estaba sintiendo por dentro se congeló. Miré mi té con tristeza.

– Tienes mal aspecto, Bichito -me dijo mi padre-. ¿No vas a contarme lo que ha pasado?

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