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Diosa Por Elección

Электронная книга - «Diosa Por Elección». Краткое содержание книги:

Por fin, Shannon Parker se había reconciliado con la vida en el mundo mítico de Partholon. Amaba a su marido centauro y se había acostumbrado a su conexión con la diosa Epona y los beneficios que conllevaban ambas cosas. Casi había olvidado su antigua vida en la Tierra… sobre todo, cuando descubrió que estaba embarazada…
Pero entonces una súbita explosión de poder la envió de vuelta a Oklahoma. Sin la magia, Shannon no podía regresar a Partholon, así que tendría que buscar ayuda. El problema era que esa ayuda tomó la forma de un hombre tan tentador como su marido. Y, durante el camino, Shannon descubriría que ser una diosa por error era mucho más fácil que ser una diosa por elección…
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Lo miré. Yo nunca había podido ocultarle nada, ni lo había intentado. Quizá Rhiannon tampoco hubiera podido ocultarle su verdadera forma de ser. Quizá él ya supiera que Rhiannon no era yo.

Tomé aire y erguí los hombros.

– No sé por dónde empezar. Es complicado.

– La vida es complicada -me dijo-. Empieza por el principio, y nos las arreglaremos desde ahí.

– Papá, no he sido yo misma durante estos seis meses.

Mi padre asintió.

– Sí, ya lo sé. Fuiste muy grosera con mamá Parker. Es una suerte que ella te quiera tanto. Me alegro de que hayas vuelto a la normalidad y…

Yo alcé la mano para detenerlo.

– No, no me refiero a que no haya actuado con normalidad. Me refiero a que no era yo. Literalmente.

El comentario que iba a hacerme se le quedó en los labios, y me observó con suma atención.

– Explícate, Shannon Christine.

– ¿Te acuerdas de que hace seis meses tuve un accidente?

– Por supuesto que lo recuerdo. Estuviste sin conocimiento durante días. Estábamos muertos de preocupación. Yo sabía que ibas a estrellar ese maldito Mustang más tarde o más temprano. Conduces demasiado rápido… -murmuró, sacudiendo la cabeza, preparado para retomar aquella vieja discusión.

– No fue un accidente normal, papá. Y no me estrellé contra nada. Compré un ánfora en la subasta de una finca. Era una urna funeraria antigua, creo. En ella estaba la imagen de la Suma Sacerdotisa, la Encarnación de Epona.

– La diosa celta de los caballos, ¿verdad? -dijo, asintiendo. A mi padre le encantaba leer, como pueden atestiguar todos los libros que almacenaba en el salón.

– La diosa era yo -continué-. O, más exactamente, mi reflejo en otro mundo, en otra dimensión. Es un mundo en el que existe la mitología en vez de la tecnología, y en el que algunas personas son reflejos exactos de las personas que hay aquí.

– Shannon, ésta es una broma muy tonta.

– ¡No es una broma! -exclamé yo, mirando a Clint, que hasta aquel momento, se había mantenido en silencio-. Díselo.

– Señor… Escúchela. Le está diciendo la verdad, y puede demostrárselo.

Yo entorné los ojos. ¿De qué estaba hablando? ¿Cómo iba a demostrarlo? Clint asintió para animarme.

Yo carraspeé y me volví de nuevo hacia mi padre.

– Fue el ánfora lo que causó mi accidente, y más que eso. Fue la causa de que me transportaran a otro mundo y me intercambiaran por mi reflejo, la Encarnación de la Diosa Epona.

Él abrió unos ojos como platos, pero no me interrumpió.

– Así que la bruja que ha estado estropeándome la vida y la de mis amigos y mi familia durante estos seis meses no era yo.

– ¿Me estás diciendo que no has estado físicamente en este mundo?

Asentí.

– ¿Y que la mujer que dejó tu trabajo, se casó y acabó con un millonario y ha estado paseándose por todo el país en un jet no eras tú?

– Exactamente.

– Shannon, eso parece una locura.

– ¡Ya lo sé! Soy yo la que lo está viviendo, y a mí me parece ridículo.

Cerré los ojos y me froté las sienes al sentir una nueva oleada de náuseas y un súbito dolor de cabeza. Mi padre no iba a creerme.

Entonces, Clint me posó la mano en el cuello.

– Señor Parker… -dijo con calma-, es tarde y Shannon ha pasado por muchas cosas hoy. Tal vez sea mejor que nos vayamos a dormir y terminemos de explicárselo por la mañana.

– Tienes mal aspecto, niña -me dijo mi padre.

Yo abrí los ojos.

– Papá, Suzanna ha muerto.

Él dio un respingo.

– ¡La pequeña Suzanna! Dios santo, ¿qué es lo que le ha pasado?

Clint intervino.

– Es una parte de la historia, señor Parker. Por ahora le diremos que ha ocurrido esta misma noche, y que Shannon ha tenido que verla morir.

Su voz tenía un tono protector que me sorprendió.

Yo vi que mi padre lo miraba especulativamente.

– De acuerdo, hijo. Que nuestra chica se acueste.

Mi padre se acercó al sofá y me tomó de la mano para que me pusiera en pie. Me dio un abrazo y unas palmaditas en la espalda. Después me olisqueó.

– Dios santo, Bichito, hueles fatal.

– Lo sé -dije con tristeza.

Sin soltarme la mano, me llevó por el pasillo a mi habitación. Allí encendimos velas para iluminar, y después, él se volvió hacia Clint.

– Ésta es la habitación de Shannon. Tú puedes dormir en la cama que hay en la oficina, si te parece bien.

– Sí, señor.

Mi padre asintió y se volvió hacia mí de nuevo.

– Creo que todavía quedan algunas cosas tuyas en la cómoda, y supongo que habrá bastante agua caliente como para que puedas darte una ducha rápida. La necesitas. Mañana aclararemos todo esto.

Yo le di un abrazo y susurré:

– Te quiero, papá.

– Yo también te quiero, Bichito -respondió. Después se dio la vuelta y empujó a Clint hacia la puerta-. Ven conmigo, hijo -me dijo, cerrando la puerta con firmeza.

La típica actitud protectora de mi padre me hizo sonreír mientras rebuscaba en el primer cajón de la cómoda. Encontré unos de mis viejos vaqueros, un jersey y uno de mis camisones favoritos, que tenía un dibujo de Santa Claus metiéndose en una chimenea. Tenía un letrero que decía: Cómo saber si has sido realmente malo. Me lo había regalado una estudiante por Navidad.

– ¡Oh, qué estupenda visión! -suspiré, de pura felicidad, al encontrar un par de braguitas de color violeta, completas-. ¡Demonios, qué alegría poder librarme de esos malditos tangas!

Es asombroso lo poco que hace falta para hacerme feliz cuando estoy estresada.

Mi padre tenía razón. Quedaba agua suficiente para darse una buena ducha. El agua me calmó, y apenas me había puesto el camisón cuando comenzaron a cerrárseme los ojos. Apagué las velas de un soplido y me acosté. Dormí profundamente, sin soñar, durante horas, hasta que mi cuerpo consciente descansó y entré en el Paraíso de los Sueños.

Estaba charlando tranquilamente con Hugh Jackman, caracterizado de Lobezno, cuando noté que mi cuerpo ascendía y era succionado a través del tejado del rancho de mis padres. Flotar en aquel cielo del que caía tanta nieve fue una experiencia rara. Era como si los copos blancos estuvieran dentro de mí y a mi alrededor a la vez.

– ¡Aj! ¡Tengo ganas de vomitar otra vez! -dije.

«Respira, Amada».

Hice lo que me indicaba la diosa e inhalé el aire helado. Casi inmediatamente, el vértigo remitió. Me di cuenta, con algo de desconcierto, de que no sólo tenía más y más experiencia con el Sueño Mágico, sino que me sentía cómoda en él.

Miré hacia abajo y me quedé asombrada con el cambio de la tierra por debajo de mí. Era como una postal de Navidad de Colorado. Las tierras de papá estaban totalmente cubiertas de nieve. Junto al establo, los montículos eran casi de un metro de altura.

– Es precioso -susurré.

«No es natural, Amada», me dijo mi diosa.

– ¡Lo sé! -Respondí yo-. Nunca nieva así en Oklahoma.

«Es porque en este mundo ha entrado algo antinatural. Aquí está trabajando un demonio de verdad».

– Nuada -dije yo, como si el nombre fuera una maldición.

«Debes detenerlo».

– ¿Yo? ¡Si no sé cómo hacerlo!

«Debes conseguirlo, Amada. Tú eres la única que puede».

– ¿Cómo? En Partholon pude averiguarlo porque estaba rodeada de gente que entendía la magia. Ellos me ayudaron. ¡Y tú me ayudaste!

«Confías muy poco en ti misma, Amada».

Yo me alarmé al notar que la voz de la diosa comenzaba a desvanecerse.

– ¡No! ¡No te vayas!

«Tranquila. Los ancianos te guiarán… y el Chamán de este mundo…».

– ¡Epona! -grité-. ¿Qué ancianos? ¿Qué Chamán?

«Recuerda que eres la Elegida».

Y, como la niebla, se desvaneció.

Capítulo 7

Tragué una bocanada de aire y me incorporé bruscamente.

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