La huella del hereje
- Автор: Фортес Сусана
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La huella del hereje». Краткое содержание книги:
Una trama de ritmo creciente en la que se cruzan ecologistas, peregrinos de paso, profesores universitarios, tiburones de las finanzas y curas que hacen sus propias apuestas de salvación en una ciudad levítica donde nada es lo que parece. La huella del hereje es un adictivo thriller que insta al lector a viajar en el tiempo y traslada la atmósfera amenazante y brumosa de la mejor novela negra a las calles inolvidables de Santiago de Compostela.
– ¿Un libro? -repitió él como si le hubiera preguntado por un objeto volador no identificado.
– Sí, un manuscrito antiguo o algo así.
– No lo sé, pero tampoco me extrañaría. Esa clase de chorradas eran típicas de ella. Le encantaban las sectas raras y cosas así. De todos modos, todo lo que tenía está en sus archivos. Como te he dicho, era muy meticulosa. Si quieres verlos, puedo enseñártelos.
El chico salió del galpón y se adentró en unos matorrales que había a la izquierda del camino de tierra. Cuando regresó arrastraba una moto entre las zarzas, empujándola por el manillar. Soltó unos cuantos tacos mientras trataba de hacerla arrancar a patadas.
Minutos después, ambos se dirigían a Santiago por una pista forestal en una motocicleta Honda de 125 centímetros cúbicos. Les pareció más prudente evitar la carretera nacional; además, la pista los llevaba prácticamente hasta la entrada de la ciudad.
Vistos a distancia parecían dos jinetes inclinados hacia adelante cabalgando en mitad de la lluvia, sin casco, avanzando contra viento y marea a lomos de una pequeña moto en la oscuridad como tantos adolescentes de diecisiete o dieciocho años que se puede encontrar uno la noche del sábado por las carreteras rurales dirigiéndose a una discoteca próxima o a unos recreativos, el que va de paquete pegado a la espalda del compañero para ofrecer menor resistencia al viento, frágiles y valientes en una carretera negra y plagada de trampas mortales, jugándose literalmente el tipo. Por sentido de la aventura, por amistad, por una chica, por una película, por lo que sea…
– ¿Cómo te llamas? -le preguntó ella.
– Robin.
– ¿Como Robin de los Bosques?
– Exacto.
XVII
Lois Castro no conocía a Márquez ni tenía la más remota idea sobre la investigación que llevaba a cabo para El Heraldo en torno a la desaparición de un manuscrito del siglo IV. Y hasta aquella mañana ni siquiera sabía que el Liber apologeticus era una obra atribuida a Prisciliano. De haberlo sabido, seguro que no estaría en aquel momento contemplando el desorden de su mesa y golpeando inconscientemente con el lápiz el borde del tablero.
Tener que enterarse por el veterano periodista de El Heraldo no le había hecho pizca de gracia. Villamil y él se habían citado a primera hora en El Derby, uno de los cafés míticos de Santiago, situado justo al comienzo de la zona vieja. El comisario había tardado más de diez minutos en atravesar cojeando la plaza de Galicia con un viento siberiano que cortaba hasta los pensamientos. Al entrar en el local sintió esa clase de vaho condensado con olor a café y a aguardiente que tanto le recordaba a los bares de Corcubión, una atmósfera cargada y profundamente masculina que se quebraba de pronto como una exhalación con una ráfaga de aire helado cada vez que alguien abría la puerta de la calle. Vio al periodista sentado a una mesa lateral junto a la ventana que daba a la calle Huérfanas. Vestía una chaqueta de pana marrón y una inconcebible corbata serigrafiada con la cara del gato Félix.
«Por el amor de Dios… -pensó Castro- que era un tipo serio, mientras se desanudaba de mala gana la bufanda y la dejaba con el tres cuartos en el perchero de la entrada.»
– ¿Cómo va eso? -preguntó Villamil a modo de saludo.
– Va -respondió el comisario lacónico.
– ¿Es cierto lo que se dice por ahí?
– No sé…, ¿qué se dice?
– Que ha venido un inspector de Madrid a hacerse cargo de la investigación.
– ¿Ah, sí?
Villamil tuvo la impresión de que, si quería obtener alguna información, iba a tener que soltar algún lastre. Bajó un momento la mirada antes de decidirse a abordar el tema. Después torció la boca en un gesto que traslucía cierta dificultad de síntesis. Reflexionó unos instantes como si necesitara hacer acopio de fuerzas y luego se dirigió al comisario con una nueva determinación en la voz.
– Voy a contarle el asunto a mi manera, ¿vale? Es como una historia en dos partes. Una es larga y oscura, pero responde a una lógica comprensible. La otra es más extraña y, bien pensado, podría tratarse de una locura, sin embargo, creo que una y otra están estrechamente relacionadas. Lo único que le pido es que me preste atención hasta el final, luego puede hacerme todas las preguntas que quiera. ¿De acuerdo?
Castro asintió con la cabeza y a continuación pidió un café.
– Como sabe, en El Heraldo estamos llevando a cabo nuestra propia investigación sobre la muerte de Patricia Pálmer…
– ¿Estamos? ¿Usted y quién más? -le interrumpió el comisario.
– Me ayuda una periodista de local, pero eso no importa ahora. La cuestión es que el asunto ha tomado una deriva inesperada que creo que debe conocer.
– Soy todo oídos…
– Supongo que recuerda la conversación que mantuvimos en su despacho, todo aquel asunto del vertido y las denuncias de organizaciones ecologistas…
– Perfectamente.
– Vale, pues después de aquello, la empresa intentó lavar su imagen y se hicieron algunos cambios que al parecer no gustaron a todos los socios. A partir de entonces Ferticeltia se convirtió en un nido de víboras como cualquier sociedad en la que se establece una lucha a muerte por el poder.
– Pero la familia sigue controlando la mayor parte de las acciones, ¿no?
– Sí, pero no es un bloque monolítico. El hermano mayor, Evaristo López, de unos cuarenta y tantos, es actualmente el director ejecutivo, un bala perdida, ambicioso, bastante incompetente, juerguista, y sin dos dedos de frente. En realidad, la que toma las decisiones importantes es su mujer, una coruñesa hija de un pez gordo de la banca gallega. Él sólo se dedica a las relaciones sociales. Fue presidente durante un par de años del Salnés Fútbol Club, también es habitual de los locales de alterne de la comarca, amigo de narcotraficantes, en fin, una joya. Luego está el segundo hijo, Gerardo, que estudió administración y dirección de empresas en Vigo y durante un tiempo intentó hacer su trabajo lo mejor posible, especialmente buscando financiación, pero carece del gen emprendedor del padre. No es tan frívolo como su hermano, pero no sirve para los negocios y odia a su cuñada. Está casado, tiene tres hijos y vive convencido de que su familia se la va a jugar con la herencia. Quiero decir que, llegado el momento, quizá estaría dispuesto a hablar.
– Está usted en todo -dijo Castro sonriendo de medio lado-. Esto ya empieza a parecerse a un caso. Continúe…
– Todavía nos queda un tercero en discordia. El benjamín de la familia, fruto según las malas lenguas de un desliz del viejo con una de las criadas. El chico se crió en casa. Debe de tener unos veintinueve o treinta años. Aparentemente es el que vive más apartado de la empresa, un muchacho introvertido y tímido. De pequeño sufrió varias crisis nerviosas y luego en la adolescencia se obsesionó con la religión. Anduvo metido en alguna secta de ésas y llegó a iniciar estudios en el seminario menor, aunque abandonó en el segundo año y la familia movió sus influencias para que continuara su formación en Roma.
El rostro de Castro se había afilado con una oreja levantada como un perro de presa. Una luz diminuta parpadeaba a toda velocidad en el interior de su cerebro. Antes de que el periodista tuviera tiempo de ser más explícito, lo adivinó.
– ¿No irá a decirme que es el nuevo diácono de la catedral?
– En efecto -respondió el periodista-. Ginés López de Santa Olalla, uno de los mayores expertos en códices antiguos que tiene la curia compostelana.
– ¿Y?
– Joder, pues todavía no lo sé. El poli es usted -resopló Villamil pasándose la mano por el pelo con ademán de cansancio-. Pero el caso es que uno de esos códices ha desaparecido. Y ahora viene la segunda parte de la historia. Se trata de un manuscrito atribuido a Prisciliano, el Liber apologeticus. ¿Ha oído hablar de él?