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La huella del hereje

Электронная книга - «La huella del hereje». Краткое содержание книги:

El hallazgo del cuerpo sin vida de una joven en el interior de la catedral de Santiago de Compostela cae como un aldabonazo en la ciudad. Al mismo tiempo desaparece de la Biblioteca de la Universidad un manuscrito de Prisciliano, el gran hereje gallego. El subcomisario Lois Castro, viejo conocedor del oficio, se enfrenta a ambos casos con la inesperada colaboración de dos periodistas de raza: Laura Márquez, una joven becaria flacucha, de ojos castaños y con malas pulgas que llega a la ciudad huyendo de sus propios fantasmas y Villamil, un veterano reportero, correoso y medio anarcoide que ha conocido días mejores en la profesión.
Una trama de ritmo creciente en la que se cruzan ecologistas, peregrinos de paso, profesores universitarios, tiburones de las finanzas y curas que hacen sus propias apuestas de salvación en una ciudad levítica donde nada es lo que parece. La huella del hereje es un adictivo thriller que insta al lector a viajar en el tiempo y traslada la atmósfera amenazante y brumosa de la mejor novela negra a las calles inolvidables de Santiago de Compostela.
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Firmaba un tal «F.» que Márquez no tuvo la menor duda en identificar. Así que Indiana Jones estaba en el ajo. El mensaje, sin embargo, contenía una posdata bastante más explícita.

P. D. Ten cuidado. Te quiero entera, pelirroja, desde el escote hasta la cintura, para lo que tú ya sabes. Y no puedo esperar.

– ¡Así que era eso! -La expresión del chico había cambiado de un tajo, como si de pronto tomara conciencia de lo absurdo y estúpido que había sido. Su rostro tenía el color de una pared a punto de venirse abajo-. Lo sabía… -murmuró entre dientes.

– ¿Qué es lo que sabías? -preguntó Márquez-. ¿Que tu chica tenía un romance con su profesor?

Las dudas volvieron de nuevo a enturbiar su confianza. Como móvil del crimen, los celos no eran un asunto muy original, pero había que reconocer que estadísticamente era tan antiguo como la avaricia o la traición. El chico no parecía nervioso ni asustado. Al parecer, la irritación era su sentimiento general frente al mundo. Básicamente no actuaba como un culpable, aunque cualquiera sabía… A Márquez unas le iban y otras le venían.

– Patri se creía muy lista, pero era igual que todas -dijo él-. Nunca jugo limpió y, al final, tuvo lo que andaba buscando. -Sus ojos estaban cargados de pólvora, como si asomaran tras un rifle en medio del monte.

Se levantó y se acercó a la ventana. Estuvo así un rato, de espaldas, sin decir nada, sólo mirando hacia afuera mientras la cólera le avivaba los recuerdos: el tiempo transcurrido desde la primera vez que se habían visto en un concierto de Violadores del Verso, la noche de septiembre en que se atrevió a declararse en la escalera de la Quintana, su sonrisa renacentista, las primeras reuniones en casa de Antón, la forma que tenían los demás de asentir cuando ella exponía las cosas, también él la habría seguido hasta el mismo infierno si lo hubiese dejado, pero ella tenía sus propios planes. Le gustaba volar sola. Había algo en su forma de actuar que debería haberle puesto en guardia, sus conversaciones secretas con el cura, las llamadas al móvil en mitad de la noche, aquella forma suya de estar con un pie aquí y otro a miles de kilómetros, incluso cuando se despertaba a su lado en la cama tibia y somnolienta con el pelo revuelto. Puede que fuera su naturaleza o que no tuviera otra elección, pero lo cierto era que Patricia Pálmer jamás le había revelado más que una pequeña parte del juego. Se sentía dolido.

– ¿Qué quieres decir con que no jugó limpio? -preguntó Márquez.

– Nunca me contó nada. No tenía ni la más remota idea de la existencia de ese puto manuscrito -dijo con un rastro de odio, e hizo una pausa en la que pareció ensimismarse en sus propias reflexiones.

– Quizá lo hizo para protegerte -intercedió Laura-. A veces, cuanto menos sepa uno, mejor.

Márquez había aprendido por experiencia que algunos secretos acaban convirtiéndose en trampas mortales contra uno mismo, pero ya no se sentía con derecho a juzgar a nadie. Pensaba en Wilberth Santos, claro, en su cuerpo sin vida en una camilla del instituto anatómico forense de Lisboa. Otro que jugaba a dos bandas. Otro que tejía sus propias telas de araña en solitario. Otro que tal.

Robin se había acuclillado en un rincón; su gesto no era de decepción o ira, sino de cansancio, como cuando uno confirma sus sospechas y alcanza una certeza muchas veces intuida. Ya no sentía rencor, ni siquiera curiosidad. De pronto comprendió que todo había estado delante de sus ojos desde el principio, en forma de silencios y señales que no quiso o no supo ver. Afuera anochecía y nadie podía remediar ya nada.

Al cabo de un rato se incorporó.

– ¿Sabes qué te digo? -se había vuelto hacia Márquez, con una nueva determinación en la voz-. Que me importa un carajo lo que ese tipo le metiera a Patricia en la cabeza. La religión sólo existe para obligar a la gente a hacer cosas que no haría de otro modo. Yo no creo en la Iglesia, en ninguna. Tampoco creo en ningún gobierno, son todos iguales. Lo único que sé es que ella y yo estábamos juntos en esto antes de que apareciera ese profesor dándoselas de detective. Fueron muchos días de bajar hasta la Fuensanta para inspeccionar los vertidos, de espiar a los camiones, de entrar de noche en las oficinas para rastrear sus informes esquivando las pedradas del hijo del guarda forestal; el cabrón tenía una puntería de francotirador, en una ocasión casi me parte el cráneo con un pedrusco de tres kilos -dijo señalándose una brecha en la frente-. Pero teníamos una causa, algo concreto por lo que pelear, no una historia de santos ni de profetas, algo real que está jodiendo a la gente de verdad. Cadmio, arsénico, uranio… ¿Tienes idea del tipo de lesiones que su acumulación puede provocar en el organismo humano? Eso era importante para ella. Me pidió que le echara una mano, y lo hice. Y no pienso volverme atrás ahora. Se lo prometí. Voy a conseguir cerrar esa puta fábrica aunque sea lo último que haga. Si quieres ayudarme, vale. Si no, puedes largarte -dijo dando un portazo.

– Espera… -le grito Márquez desde el rellano, y cogió su mochila al vuelo.

XIX

El día amaneció encapotado con ráfagas de viento que rodeaban las esquinas de las calles con un silbido parecido al de la teja de los lobos. De vez en cuando, un rayo relampagueaba sobre el Pico Sacro, y al cabo de pocos segundos el rugido del trueno hacía retumbar los cristales de la comisaría. A pesar del mal tiempo Castro estaba de un humor excelente, ahora que algunas piezas empezaban a encajar. No había rastro del arma homicida ni estaba claro el móvil del crimen, pero al menos tenían un sospechoso principal. La llave había sido de capital importancia en las últimas horas. Además del padre Barcia sólo había otra persona que tuviera una copia que le permitiera el acceso a la tienda de souvenirs, y casualmente se daba la circunstancia de que era uno de los mayores expertos en códices paleocristianos.

Dos agentes de la secreta se habían convertido en la sombra de Ginés de Santa Olalla, y su investigación había resultado bastante esclarecedora, especialmente en lo que se refería a los vínculos del diácono con ciertos sectores empresariales más bien turbios. Según sus informes, al menos el nombre de uno de los empleados contratados por Ferticeltia para servicios de vigilancia coincidía con el de uno de los guardias jurados de la catedral. Se trataba de Andrés Nigrán Corbeira, alias O Culebra. Cráneo afeitado, treinta y siete años, un metro ochenta y tres y noventa y dos kilos de peso. Había trabajado como estibador en el puerto de Vigo y después como vigilante de costas. Era amigo personal del presidente del consejo de administración de Ferticeltia, Evaristo López. No tenía antecedentes aunque había sido arrestado en dos ocasiones, una por conducir ebrio y otra por un altercado en un club de alterne; en ambas había sido puesto en libertad sin cargos. Un tipo con buenos abogados. Sus ingresos mensuales rondaban los dos mil euros, un sueldo bastante decente pero insuficiente para explicar el chalet de cuatrocientos metros cuadrados con piscina climatizada y pista de tenis que tenía a su nombre en una urbanización de lujo de O Grove. A Castro le bastó una llamada a Nueva York para confirmar sus sospechas. «Es un tipo peligroso -le había dicho su amigo el abogado César Sueiro desde su despacho de Flatbush Avenue, en Brooklyn-, en tiempos trabajó para el clan de los Miñocas. Nunca conseguimos entrarle. Es frío, eficaz y sin escrúpulos.» De momento el comisario no había querido dictar orden de detención contra él por ver hasta dónde podía llevarle. El tipo se había entrevistado en dos ocasiones con el diácono de la catedral en el restaurante O Gaiteiro. El padre Ginés de Santa Olalla había acudido a las dos citas, de las que había fotos, vestido de seglar con gabardina Burberry azul oscuro y paraguas negro. Por otra parte, las pruebas apuntaban a que Ferticeltia había aportado importantes sumas en concepto de donaciones al patronato catedralicio.

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