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La huella del hereje

Электронная книга - «La huella del hereje». Краткое содержание книги:

El hallazgo del cuerpo sin vida de una joven en el interior de la catedral de Santiago de Compostela cae como un aldabonazo en la ciudad. Al mismo tiempo desaparece de la Biblioteca de la Universidad un manuscrito de Prisciliano, el gran hereje gallego. El subcomisario Lois Castro, viejo conocedor del oficio, se enfrenta a ambos casos con la inesperada colaboración de dos periodistas de raza: Laura Márquez, una joven becaria flacucha, de ojos castaños y con malas pulgas que llega a la ciudad huyendo de sus propios fantasmas y Villamil, un veterano reportero, correoso y medio anarcoide que ha conocido días mejores en la profesión.
Una trama de ritmo creciente en la que se cruzan ecologistas, peregrinos de paso, profesores universitarios, tiburones de las finanzas y curas que hacen sus propias apuestas de salvación en una ciudad levítica donde nada es lo que parece. La huella del hereje es un adictivo thriller que insta al lector a viajar en el tiempo y traslada la atmósfera amenazante y brumosa de la mejor novela negra a las calles inolvidables de Santiago de Compostela.
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Había poca luz. La de la bombilla de sesenta vatios que colgaba del techo caía directamente sobre la cama donde estaba Márquez. Durante unos diez segundos el chico la observó con renovado interés, como si de pronto le recordase a alguien. El chubasquero le venía demasiado grande y la hacía parecer una cría con la capucha mojada de lluvia, el pelo corto y un hilo muy fino de sangre que le corría de la nariz al labio superior.

– ¿Te duele? -preguntó él.

Márquez se restregó contra el hombro con gesto estoico.

– No, ya no.

El chico apartó la mirada incómodo y continuó con el relato de una forma atropellada, como si tuviera muchas más cosas que decir que tiempo para hacerlo. Laura apenas podía seguirlo. Habló de desechos radiactivos, de tanques M-60, de plantas potabilizadoras y de rottweilers. También mencionó unos ficheros guardados en una carpeta del ordenador de Patricia, con nombres, fechas y tablas de equivalencia, todo en un relato inconexo del que lo único que ella pudo sacar en conclusión es que quizá habían dado con algo serio.

– Ferticeltia utiliza rocas de fosfato para obtener el ácido fosfórico con el que fabrica el Agromax; los residuos sobrantes los deposita en esa mierda de vertedero, dentro de los límites de su propiedad. Supongo que eso es precisamente lo que transportaban los tanques de los camiones, una sustancia lechosa que acaba endureciéndose como el cemento. Sabíamos que su contenido en metales tóxicos era muy alto, pero de lo que no teníamos ni puñetera idea era de lo del uranio. Conseguimos los resultados de las mediciones de radiactividad realizadas por la propia empresa. Los niveles de concentración son de un gramo por tonelada. Muy por encima de los límites permitidos.

– ¡Joder! ¿Y no lo denunciasteis?

– Pues claro que lo hicimos, al ayuntamiento, a la Consellería de Medio Ambiente… Hubo un informe de El Arca de Noé, distribuimos octavillas, organizamos actos de protesta, nos encadenamos a la verja de la fábrica, pero no sirvió de nada. Entonces fue cuando Patricia decidió cambiar de táctica y actuar por su cuenta.

– A ver si lo he entendido bien. ¿Me estás diciendo que Patricia y tú os metisteis solos en esto?

– Bueno, teníamos nuestros contactos, los de El Arca de Noé nos echaron un cable, y también en la universidad -el rostro del chico se ensombreció repentinamente-. Había un profesor de la facultad con el que Patricia tenía mucha confianza, uno de esos guaperas con mucha labia… -Luego se quedó callado con el ceño fruncido. Parecía un poco herido en su orgullo.

A Márquez empezaban a casarle algunas cosas. Ya no le parecía que el chico estuviera tan loco.

– No la dejaba en paz -soltó él al cabo de un rato-. Esos tipos son todos iguales. Van a lo que van. Además… -añadió con una expresión de infinito desprecio-, si es que podría ser su padre.

– Quizá sólo quería ayudarla…

– ¿Ayudarla? Venga… Las tías es que a veces parecéis gilipollas.

A lo lejos se oyó el traqueteo lejano de un tren, aunque también podía ser el sonido de la lluvia en los árboles. Márquez miró pensativa hacia el cristal roto de la ventana. Sólo se veía la esquina de un hórreo de piedra gris. No fue la típica construcción gallega lo que llamó su atención, sino el encuadre. Tardó unos segundos en darse cuenta, pero de pronto la imagen emergió de su memoria como de una cubeta de revelado. Era una fotografía en blanco y negro. El tipo iba vestido de Sherlock Holmes con una gorra de doble visera y capelina de tweed y sujetaba a un perro por el collar. La foto estaba hecha probablemente desde la ventana con un gran angular. Fidel Dalmau mantenía en ella una pose tan estudiada y simétrica que a Laura le dio que pensar.

– ¿Crees que el profesor estaba al tanto de vuestras investigaciones? -preguntó. Su cerebro continuaba funcionando en el mismo rumbo de forma infatigable y callada, y quizá también con una pizca de aprensión.

– Por mí, no, desde luego… -el chaval miró ceñudo al suelo-, pero vete a saber qué le contó Patri. -Hizo una pausa que a Márquez le pareció eterna-. Basta que una persona desaparezca para que te des cuenta de lo poco que sabías de ella -añadió, pensativo, con voz amortiguada. Parecía realmente decepcionado-. Ella siempre se quedaba un poco por encima de la situación, o aparte, no sé cómo explicarlo. Había algo en su forma de hacer las cosas que te hacía dudar. No sé…, como si en algún lugar tuviera un compartimento secreto en el que no dejaba entrar a nadie. La veías hablar, reír como si nada, tomarse una cerveza y, de repente, le descubrías en los ojos esa mirada, ¿sabes? Una expresión extraña, como si estuviera pensando en otra cosa. Le gustaba el riesgo. Traté de advertirla del peligro en muchas ocasiones, la última vez ni se dignó cogerme el puto móvil. Si lo hubiera hecho, tal vez aún estaría viva. Pero ella iba a la suya. Nunca tenías la sensación de que estaba contigo al ciento por ciento. Hay personas así, que sólo te cuentan de la misa la media.

De eso Márquez sabía más que un poco. De compartimentos secretos, de gente en la que confías y a quien realmente no conoces, de sueños compartidos con fantasmas, de silencios abruptos de madrugada con la ventana abierta, de pasados que pesan como un muerto, de hoy por ti y mañana… si te he visto, no me acuerdo. Wilberth Santos era su única cuenta pendiente. De pronto sintió una extraña simpatía por el chaval.

– ¿Por qué no acudes a la policía?

– ¿A la poli? No, gracias. Ya acudí antes, cuando todo esto podría haberse evitado, y no me hicieron ni puto caso. Imagínate ahora, que creen que soy culpable… Además, si quieren cogerme, que se lo curren un poco. No me voy a ofrecer en bandeja. Antes quiero saber quién lo hizo y por qué. ¿Vas a ayudarme o no?

– Con las manos atadas, difícilmente -respondió Márquez Tras un momento de duda, el chico fue al baño, volvió con una toalla empapada y se la puso en la nuca.

– Echa la cabeza hacia atrás -le ordenó-, o seguirás sangrando. -Después le soltó las bridas de las manos.

– Lo que me extraña es que no hayan venido todavía por aquí -dijo ella estirando los dedos para desentumecerlos.

– Lo hicieron, registraron el galpón de arriba abajo. Dos polis, uno flaco y otro bastante corpulento. Menos mal que antes me dio tiempo de llevarme el portátil.

– ¿Dónde está?

– Tranquila -exclamó ufano-, lo tengo en un lugar seguro.

Márquez apoyó la cabeza en las manos un poco aturdida todavía, tratando de hacer recopilación de datos y establecer asociaciones. Tenía la impresión de que algo se le estaba yendo de las manos en todo aquello, parecido a contemplar un paisaje desde la perspectiva equivocada. A juzgar por lo que decía el chico, la actitud de Patricia planteaba nuevos interrogantes. Tal vez las cosas no fueran exactamente lo que parecían. Había algo en el asunto de los vertidos que no le acababa de encajar, como si fuera una trama demasiado burda, de película de serie B con empresarios taimados y tratos bajo mano que resultaba un tanto irreal, no porque no pudiese ser cierta, sino precisamente porque sonaba demasiado obvia. Como si alguien se hubiera aprovechado de la militancia ecologista de la chica para hacer que su muerte pareciera un ajuste de cuentas o algo por el estilo. Fue entonces cuando, por primera vez, se le ocurrió la idea de que tal vez alguien estuviera interesado en desviar la atención de la catedral. Imaginaba unas cuantas cuestiones que requerían respuesta y trataba de situarlas por orden de importancia. Después de unos segundos, preguntó:

– ¿Sabes si Patricia andaba detrás de un libro raro?

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