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La huella del hereje

Электронная книга - «La huella del hereje». Краткое содержание книги:

El hallazgo del cuerpo sin vida de una joven en el interior de la catedral de Santiago de Compostela cae como un aldabonazo en la ciudad. Al mismo tiempo desaparece de la Biblioteca de la Universidad un manuscrito de Prisciliano, el gran hereje gallego. El subcomisario Lois Castro, viejo conocedor del oficio, se enfrenta a ambos casos con la inesperada colaboración de dos periodistas de raza: Laura Márquez, una joven becaria flacucha, de ojos castaños y con malas pulgas que llega a la ciudad huyendo de sus propios fantasmas y Villamil, un veterano reportero, correoso y medio anarcoide que ha conocido días mejores en la profesión.
Una trama de ritmo creciente en la que se cruzan ecologistas, peregrinos de paso, profesores universitarios, tiburones de las finanzas y curas que hacen sus propias apuestas de salvación en una ciudad levítica donde nada es lo que parece. La huella del hereje es un adictivo thriller que insta al lector a viajar en el tiempo y traslada la atmósfera amenazante y brumosa de la mejor novela negra a las calles inolvidables de Santiago de Compostela.
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Castro se revolvió inquieto en el asiento. Había muchas cosas que al comisario le indisponían contra el estamento eclesiástico. Se trataba al fin y al cabo de una Iglesia que había inventado el derecho divino de los reyes, predicando la sumisión a los poderosos y la mansedumbre ante el insulto. Reglas que, desde luego, él no profesaba. Varios siglos después la misma Iglesia condenaba el uso del preservativo, demostrando con ello que el problema del sida o la pavorosa miseria de cuatro quintas partes del mundo le traían sin cuidado. De pronto el comisario se dio cuenta de que todos sus prejuicios estaban a flor de piel, con riesgo de interferir gravemente en la investigación. Los días pasaban y la necesidad de tener un sospechoso se hacía acuciante. Su malestar había ido en aumento desde el mismo instante que había entrado en la casa rectoral. Hay personas que suscitan nuestro recelo mientras que otras nos inspiran confianza con sólo mirarlas, gente amable, próxima… Pero hasta el más santo puede reaccionar de manera inesperada según lo que se halle en situación de perder. Sabemos muy poco de los cambios que pueden experimentar las personas, aunque se trate de nuestros mejores amigos. No hacía falta ser policía para saberlo, pensó Castro. La gente menos esperada comete los crímenes más insospechados. Encantadoras viejecitas envenenan a familias enteras, chicos de buena familia asaltan farmacias o intervienen en tiroteos, banqueros de trayectoria irreprochable y treinta años de servicio resultan los grandes estafadores del siglo, y abogados de renombre se emborrachan y mandan a sus esposas al hospital. Pero no hay nada más peligroso para un policía que dárselas de experto en la condición humana.

Hizo un esfuerzo por mantener a raya su aprensión.

Estaba cansado. Antes de despedirse del padre Barcia, echó una mirada de reojo a la vitrina del fondo.

– Suerte con su trabajo -le deseó el diácono, que había acudido puntual a la llamada de campanilla del párroco, con un tono educado y comedido que a Castro le puso de los nervios.

Había en él una especie de ansia o afectación que, si no hubiera sido por su juventud, podría haberse interpretado como un exceso de misticismo. Castro lo observó sin saber muy bien a qué atenerse. Esbozó una sonrisa forzada al estrecharle la mano. Una de esas sonrisas de policía que encierran una pequeña arma de efecto retardado que no debe detonarse antes de tiempo. Estaba de un humor de perros.

Después salió a la plaza de Platerías. Apenas quedaba nadie en los alrededores de la catedral. Un grupo de tunos se alejaba rasgando las mandolinas bajo los soportales.

– «¡Clavelitos…!»

– Lo que me faltaba -farfulló Castro entre dientes, y se dispuso a tomar la dirección contraria.

Mientras se dirigía al aparcamiento donde había dejado el coche, fue procesando los datos nuevos y relacionándolos con los que ya tenía, pero había algo que se interponía a sus reflexiones. Y no tenía ni idea de qué era. Al llegar al parking tardó un buen rato en encontrar las llaves del coche, lo que le hizo soltar unas cuantas blasfemias con el ánimo encabronado. Finalmente dio con ellas en un bolsillo interior de la americana. Y, casi al instante, la pieza encajó. La idea le golpeó como un puñetazo imprevisto en la boca del estómago. La llave.

Entre los objetos personales de Patricia Pálmer había dos llaves unidas por una arandela. La de mayor tamaño parecía antigua, como de un armario o una vitrina de época, de unos cuatro centímetros, con la cabeza en forma de tréboles entrelazados. Habían probado a abrir con ella todos los cajones del piso de Patricia en la calle Honduras y el galpón que tenía su familia en Sietecoros sin ningún resultado. Se sentó al volante y cogió un caramelo de menta de la guantera. Recordó el frío que hacía el día que apareció el cuerpo de la chica. Arias y él habían salido a fumar un cigarrillo al saliente de la tienda de souvenirs. La escena apareció de pronto nítida en su memoria igual que un tablero de ajedrez en el que de pronto el adversario hubiese movido ficha. Arrancó y salió del garaje conduciendo muy despacio. Oía latir su corazón de prisa y superficialmente al ritmo del limpia-parabrisas.

XVI

El chico permanecía al lado de la cama, bien plantado sobre sus botas Mountain Guide de color calabaza, los pulgares colgados en los bolsillos de los tejanos, una ceja enarcada, expectante. Márquez le calculó un metro setenta, flaco, y con aquella cazadora de cuero y sus rizos encaracolados tenía un aspecto singular. Le pareció un poco macarra y bastante guapo. Él la miraba con la misma calidez que podría haber en el glaciar Perito Moreno en sus buenos tiempos.

– Si prometes portarte bien, te quito la mordaza -dijo-. No tenemos mucho tiempo.

– ¿Tenemos? -consiguió articular ella, incrédula, con las mandíbulas todavía entumecidas.

– Sí. Las cosas se han complicado un poco.

– Vaya… -se limitó a decir, decidida a seguirle la corriente como a los locos.

– Si has llegado hasta aquí, supongo que ya sabes de qué va este asunto.

El chico le dio la espalda y se acercó a la mesa en la que abrió un botellín de agua mineral que se bebió a grandes tragos sin ofrecerle. Después arrastró una silla hasta el borde de la cama y se sentó a horcajadas.

A Márquez le dolían todos y cada uno de los músculos del cuerpo, y las bridas que llevaba alrededor de las muñecas estaban a punto de cortarle la circulación. De pronto sintió un cansancio infinito y maldijo su profesión, lo que también incluía a Graham Greene y su Americano impasible, e incluso a Woodward y a Bernstein, los chicos malos del Washington Post. ¿Quién cojones la mandaría meterse donde no la llamaban en lugar de obedecer a su redactor jefe? Villamil debía de estar en aquel momento delante de la pantalla de su ordenador, procesando información sobre las actividades del arzobispado y sus movimientos bancarios. Conociéndolo, era probable que también estuviera blasfemando en arameo. El móvil había sonado dos veces, sin duda había estado intentando localizarla.

El chico hablaba demasiado de prisa y sus ojos apenas parpadeaban mientras lo hacía. Eran de un tono castaño claro con pequeños pigmentos amarillos que todavía los volvían más incomprensibles. Su aspecto era el de alguien que vivía a salto de mata y que no se había dado una ducha en bastante tiempo. Márquez imaginó que no debía de haberle sido fácil burlar el cerco policial. Eso la hizo observarlo con cierto arrobamiento y prestar más atención a lo que decía. El chico mencionó una furgoneta, una Volkswagen Crafter de color gris metalizado con cristales tintados y puerta corredera, aparcada junto a la verja de los hangares de la fábrica; habló de un hijo del guarda forestal, un chaval medio sonado, ex boxeador o algo parecido, que había ganado varios concursos levantando piedras y hacía de vigilante nocturno; también dijo algo sobre el trasiego de camiones que rodeaban el meandro que describía el río en la Fuensanta. A Laura le sonaba vagamente el lugar.

– ¿No es ahí donde sitúa la leyenda la cuna de Prisciliano?

– Joder, no me vengas tú también con ésas -resopló el chaval echándose hacia adelante en la silla-. Esto no tiene nada que ver con historias de santos. Estoy hablándote de algo serio. Y peligroso… No sé si te das cuenta. Patricia está muerta, a mí han intentado atropellarme y tirarme por un terraplén. Esos camiones se paraban en la gasolinera a llenar el depósito, maldita sea. -Hablaba a trompicones. A Márquez le dio la impresión de que estaba bastante nervioso e intentaba disimularlo-. Desde aquí se oía el ruido de los motores. Había un cierto ritmo en el paso de los vehículos, uno cada diez minutos más o menos, como si se hubieran puesto de acuerdo para repartirse la noche. Descargaban y volvían.

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