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La huella del hereje

Электронная книга - «La huella del hereje». Краткое содержание книги:

El hallazgo del cuerpo sin vida de una joven en el interior de la catedral de Santiago de Compostela cae como un aldabonazo en la ciudad. Al mismo tiempo desaparece de la Biblioteca de la Universidad un manuscrito de Prisciliano, el gran hereje gallego. El subcomisario Lois Castro, viejo conocedor del oficio, se enfrenta a ambos casos con la inesperada colaboración de dos periodistas de raza: Laura Márquez, una joven becaria flacucha, de ojos castaños y con malas pulgas que llega a la ciudad huyendo de sus propios fantasmas y Villamil, un veterano reportero, correoso y medio anarcoide que ha conocido días mejores en la profesión.
Una trama de ritmo creciente en la que se cruzan ecologistas, peregrinos de paso, profesores universitarios, tiburones de las finanzas y curas que hacen sus propias apuestas de salvación en una ciudad levítica donde nada es lo que parece. La huella del hereje es un adictivo thriller que insta al lector a viajar en el tiempo y traslada la atmósfera amenazante y brumosa de la mejor novela negra a las calles inolvidables de Santiago de Compostela.
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– Lo hemos cotejado -dijo el chico-, y los cabrones superan con creces los límites permitidos. Están tirando entre treinta y cuarenta toneladas al día.

Márquez arrugó la nariz. Aquello no era lo que andaba buscando. Estaba segura de que tenía que haber algo más y necesitaba encontrarlo. A través de la ventana ascendía la claridad anaranjada de las farolas de la calle, y su luz mortecina hizo que le invadiera un profundo desánimo. Iba a cerrar la sesión cuando de pronto se fijó en una carpeta que llevaba por título «L. A. Confidential». No fue el título de la película lo que llamó su atención, aunque le había gustado mucho, sino las iniciales L. A., las mismas del Liber apologeticus.

– Pincha aquí -dijo señalando el archivo con el índice.

La ilustración que apareció en la pantalla mostraba una xilografía antigua con forma de óvalo que representaba un animal con cabeza de gallo y un látigo enroscado con forma de serpiente en la mano. Márquez sintió que una corriente de aire gélido le recorría la columna vertebral. La imagen era muy parecida a la que ella había encontrado en la página web del archivo diocesano, pero no exactamente igual. No habría sabido decir dónde estaba la diferencia. Quizá en la colocación de los signos del zodíaco, pensó, esforzándose como cuando de cría jugaba a descubrir los siete errores en la colección de los juegos de lógica que le compraba su abuelo. Con ocho años era muy buena con los acertijos, los laberintos y las sopas de letras, pero aquello no era precisamente un pasatiempo para niños, sino un libro por el que en pleno siglo XXI todavía había gente dispuesta a matar y a morir. Chasqueó la lengua con un ademán de fastidio sin lograr detectar la diferencia. El documento estaba escaneado de un libro con registro de la biblioteca de la universidad y constaba de cincuenta y dos páginas. Márquez fue pasándolas una a una deteniéndose en cada detalle y, al hacerlo, sonreía para sus adentros, como si fuese reconociendo cosas que esperaba encontrar.

– Es el libro que decías, ¿no? -había cierto orgullo triunfal en la voz del chico.

Márquez no le contestó. Toda su atención estaba concentrada en la pantalla.

– Sí -asintió al cabo de interminables segundos-. Es el Liber apologeticus -su voz había sonado distinta, como si surgiera del interior de una cripta oscura y peligrosa.

– Ni que fuera el Santo Grial -resopló el chico con desdén; sin duda el hallazgo lo había irritado, lo que le hacía parecer mucho más joven-. Sólo se trata de un puñetero libro…

– Es un texto religioso muy antiguo. Te sorprendería lo que alguna gente es capaz de hacer por sus creencias. La fe lleva a estados inexplicables. La gente se obsesiona… Tal vez tu chica fuera una iluminada.

– ¿Qué dices? -salió él en su defensa como un lince salvaje-. Patricia podía ser más terca que una mula, pero no era una fanática ni nada por el estilo.

– Tal vez no -concedió ella-. Puede que sólo fuera una cristiana un poco peculiar. Pero no hay que olvidar que el Liber apologeticus fue en su momento el símbolo de una herejía que llegó a socavar profundamente el poder de la curia. -La conversación con el párroco de Caldas volvió a su memoria con absoluta nitidez-. Para muchos todavía continúa representando una seria amenaza. -De repente frunció el entrecejo y de forma casi imperceptible la expresión de su rostro cambió, como si en su interior estuviera ocurriendo alguna clase de revelación-. También cabe la posibilidad -apuntó- de que alguien se aprovechara de ella.

– ¿Qué quieres decir?

Márquez levantó las cejas con un gesto de incertidumbre.

– No sé… Alguien con ascendiente sobre ella. Tu chica no tenía un pelo de tonta, pero me extraña que llegara ella sola a todo esto. Lo más probable es que alguien la ayudara. Un experto en códices antiguos, el párroco de Caldas, un profesor, tal vez tú mismo…

– Y una mierda… -soltó él con un bufido.

– Escucha -dijo ella mirándolo fijamente-, por alguna razón que se me escapa ese libro significaba mucho para demasiada gente. Es probable que Patricia hubiese contactado con ellos en otras ocasiones. Puede que esos contactos hubieran tenido lugar en la catedral, o puede que no. Pero de lo que no cabe ninguna duda es que ese manuscrito se había convertido en una amenaza para alguien. Y me da igual que te guste o no, pero voy a averiguar por qué, ¿entendido?

El chico se quedó observándola sin pestañear. Su argumentación parecía haberle afectado más de lo que estaba dispuesto a admitir. Márquez copió el archivo en un pendrive y lo envió al correo de Villamil. Con aquello tenían asegurado un reportaje a doble página en el suplemento dominical. Desde algún lugar, Bernstein y Woodward le guiñaban un ojo.

– ¿Puedes entrar en el correo de Patricia? -preguntó de pronto con gesto impaciente. La adrenalina estaba haciendo que su mente funcionase a toda velocidad, se sentía en lo alto de la pendiente, como una montaña rusa. Y le gustaba.

– No sé… Solía cambiar su contraseña con frecuencia. Déjame ver… -El chico tecleó una palabra, pero el resultado fue erróneo-. ¡Mierda! -exclamó.

Volvió a intentarlo un par de veces más sin conseguirlo.

– Piensa un poco -dijo Márquez-. ¿Qué era lo que más le importaba a Patricia?…, algo que ella quisiera mucho…

– Oye, no soy adivino, ¿vale?

Márquez se quedó pensativa, como si estuviese considerando distintas posibilidades. «Prisciliano» era una opción, pero le pareció poco inteligente impedir el acceso a su correspondencia privada con el nombre del profeta como contraseña. Pensó en «arcadenoe», «7coros» e incluso en el nombre del chico, «robin», pero ninguna le convenció como clave. Demasiado obvio -opinó-. No creo que ella cometiera esa clase de torpezas. De pronto, por una extraña asociación de ideas, recordó que la contraseña que Villamil tenía en el periódico era «scooby-doo», el perro detective de los dibujos animados. Todo el mundo tiene sus manías y, si se conoce a la persona, cualquiera puede acabar descubriendo sus claves sin necesidad de ser un experto en psicología ni nada parecido, pero aquella chica parecía toda una incógnita. Como había dicho el cura de Caldas, era demasiado joven, demasiado entusiasta, se lo tomaba todo demasiado en serio. Márquez se vio a sí misma saliendo de la casa rectoral con la capucha puesta al lado de Villamil mientras el perro corría de un lado a otro como loco, moviendo el rabo y lamiéndole las manos. Tenía la vista fija en la pantalla del ordenador y su expresión era como una pequeña fisura en aquella superficie luminosa. Si ella fuese Patricia, tal vez elegiría esa contraseña.

– Prueba con «nelson» -dijo por si sonaba la flauta.

El chico tecleó los seis caracteres. En la pantalla aparecieron los consiguientes asteriscos y al momento se produjo el «ábrete sésamo».

– ¡Lo conseguimos! -Robin levantó los dos brazos a la vez, como impulsado por un resorte automático-. ¡Somos la hostia!

En la bandeja de entrada había más de treinta mensajes sin abrir, fechados en la última semana. La mayoría eran correos basura, pero Márquez seleccionó uno del viernes 25 de febrero que correspondía a una dirección de la Facultad de Filosofía: f-campus.online@usc.es. Se trataba de un extraño acuse de recibo, el texto decía:

Mensaje recibido. Has hecho muy bien en encriptar el PDF. Chica lista. El L. A. es perfecto. No vuelvas a cuestionar mi extremada inteligencia, soy infalible. Ya sabes el dicho: sabe más el diablo por viejo que por diablo. Por cierto, el demonio azul es uno de los más interesantes: Caeruleus Lugubrius. Como sabes, se cría muy bien entre empresarios y exitosos hombres de negocios, aunque por su cautela y su silencio es también una mascota idónea para clérigos y demás personas respetables. Te recojo a las cinco donde siempre. Esta vez no podemos permitirnos ningún error. No olvides que se trata de un libro al que la propia Iglesia le ha atribuido poderes sobrenaturales y que ha sido perseguido, robado y guardado en secreto per saecula seculorum hasta que una princesa lo rescató de las tinieblas. Bravo.

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