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La huella del hereje

Электронная книга - «La huella del hereje». Краткое содержание книги:

El hallazgo del cuerpo sin vida de una joven en el interior de la catedral de Santiago de Compostela cae como un aldabonazo en la ciudad. Al mismo tiempo desaparece de la Biblioteca de la Universidad un manuscrito de Prisciliano, el gran hereje gallego. El subcomisario Lois Castro, viejo conocedor del oficio, se enfrenta a ambos casos con la inesperada colaboración de dos periodistas de raza: Laura Márquez, una joven becaria flacucha, de ojos castaños y con malas pulgas que llega a la ciudad huyendo de sus propios fantasmas y Villamil, un veterano reportero, correoso y medio anarcoide que ha conocido días mejores en la profesión.
Una trama de ritmo creciente en la que se cruzan ecologistas, peregrinos de paso, profesores universitarios, tiburones de las finanzas y curas que hacen sus propias apuestas de salvación en una ciudad levítica donde nada es lo que parece. La huella del hereje es un adictivo thriller que insta al lector a viajar en el tiempo y traslada la atmósfera amenazante y brumosa de la mejor novela negra a las calles inolvidables de Santiago de Compostela.
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– Quieta -oyó decir a su agresor-, no me obligues a hacerte daño.

El timbre de voz era nítido, de alguien indudablemente joven. Ni siquiera había conseguido verle la cara. Quiso girarse pero, con la mejilla contra el suelo, su campo de visión quedaba bastante limitado. Todo estaba en plano torcido y con el desenfoque natural que provoca tener las costillas mal encajadas. Apenas pudo distinguir unos tejanos muy sucios y unas botas de montaña de doble suela de color calabaza con corchetes metálicos y cordones grises.

XV

Castro avanzó dos pasos amortiguados sobre la alfombra apoyándose en una sola muleta. Un día demasiado largo. No había tenido tiempo de afeitarse por la mañana y la barba empezaba a oscurecerle el mentón. Además, sentía en el estómago una ligera molestia parecida a la incertidumbre. Demasiados cabos sueltos. La estancia olía a cerrado de sacristía. De la pared del fondo colgaba un cuadro de grandes dimensiones en el que se veía al apóstol Santiago a lomos de un caballo blanco encabritado, con un sombrero de cowboy. La imagen lo retrotrajo hasta su más tierna infancia. De pronto se vio ante el altar de una capilla rural con apenas seis años, de la mano de su madre, con abrigo y zapatos nuevos, preguntando en voz alta si aquel vaquero era Dios. El comisario sonrió a solas para sus adentros con una mueca torcida. No le gustaba mucho recordar viejos tiempos.

Al otro lado de la sala había un reclinatorio bajo un crucifijo de marfil y una mesa con cuatro sillas de cuero capitoneado. El comisario se detuvo en la pared de la izquierda ante una vitrina antigua de nogal cuyos estantes se curvaban bajo el peso de gruesos volúmenes. Literatura exclusivamente religiosa, comprobó. Códices, epístolas, opúsculos, actas de sínodos y una interesante recopilación de edictos papales. La colección parecía buena. Estuvo tentado de girar la llave de la cerradura para admirar los ejemplares con detenimiento, pero finalmente se limitó a contemplarlos prudentemente a través del cristal. No hacía falta ser un experto en temas evangélicos para hacerse una idea de su valor. Manuscritos, incunables y ediciones muy antiguas encuadernadas en piel con inscripciones en latín y xilografías carolingias doradas en el lomo. Sin duda, más de uno estaría dispuesto a pagar por alguno de aquellos tomos su peso en oro.

– ¿Le interesa la literatura conciliar? -oyó que decía una voz a su espalda.

Un diácono joven lo observaba con curiosidad desde la puerta, esgrimiendo una sonrisa beatífica. Castro le calculó veintipocos años cuando se acercó, treinta a lo sumo. Complexión delgada, traje oscuro de corte impecable, zapatos italianos, camisa gris con alzacuello y una cruz de Santiago bordada en rojo a la altura del pecho.

– Tengo otras lecturas de cabecera -sonrió Castro-, pero admiro la belleza de las viejas ediciones.

– Lástima que se quede sólo en la apariencia -respondió el prelado fingiendo decepción-. El verdadero valor de esos textos está en su interior. Todo el pensamiento cristiano está ahí -dijo señalando las vitrinas-, desde san Agustín hasta el Santo Padre Benedicto XVI, el corpus ideológico con el que a lo largo de los siglos la Iglesia ha combatido las herejías.

– Vaya, siempre creí que de esos menesteres se encargaba directamente la Inquisición -había una jocosa ironía en la voz de Castro.

– Leyendas… -respondió el diácono, dispuesto a seguirle el juego-. Hace muchos años que el Santo Oficio dejó de existir. Ya no quemamos a nadie.

– Lo dice como si lo lamentara.

El diácono se echó a reír, encajando la pulla con buen humor.

– Nada de eso -respondió-, pero convendrá conmigo en que sin autoridad la Iglesia no funciona. Ni yo mismo creería en los evangelios si no me moviera la autoridad de la Iglesia. Usted debería saberlo, al fin y al cabo es policía.

– Veo que no necesito tarjeta de presentación -dijo midiendo con los ojos a su interlocutor.

La luz lateral que entraba por la ventana suavizaba un poco el rostro del religioso: piel sonrosada, casi lampiña, labios demasiado finos que acentuaban su aspecto aniñado. Parecía uno de esos cachorros de buena familia, educado en la universidad pontificia. Tímido, pulcro, algo atildado, con una sonrisa bienintencionada. Un mirlo blanco. Demasiado joven para estar maleado, pero no tanto como para acabar de caerse de un guindo.

– El padre Barcia me avisó de que vendría usted sobre las ocho. Perdone, no me he presentado -se excusó el joven alargando la mano derecha-. Soy Ginés López de Santa Olalla, encantado de saludarle.

– Supongo que es usted el nuevo diácono de la catedral.

– Algo así.

– ¿Cuánto hace que trabaja aquí?

– En realidad hace apenas unos meses. Pero conozco a fondo la diócesis. Estudié en el seminario menor, mi familia es gallega.

– Nadie lo diría. No tiene rastro de acento.

El diácono se encogió de hombros.

– Es que llevo mucho tiempo fuera, pero nunca he dejado de mantener contacto con el cabildo compostelano. Esta ciudad tiene algo especial, ¿no le parece?

– Sí, supongo que sí… -concedió Castro-. Es una vieja ciudad con demasiadas historias y demasiados trapos sucios.

– Comprendo que lo diga -dijo el diácono bajando la vista-. Es horrible lo que ocurrió.

– ¿Se acuerda del día que apareció el cadáver de la chica? -comenzó el comisario en tono rutinario mientras se desabrochaba el abrigo.

– Cómo iba a olvidarlo…

– No estaría usted a cargo de los oficios ese viernes… -continuó Castro con el mismo tono afable y casual, como si se tratara de una nimiedad que acababa de ocurrírsele en ese momento.

– Me temo que no voy a servirle de gran ayuda. Estuve toda la mañana en el archivo, y por la tarde tuve una reunión del patronato. Soy especialista en paleografía y codicología -dijo el religioso con un rastro de vanidad casi infantil-. Reconstruir los textos perdidos o incompletos de los grandes Padres de la Iglesia es parte de mi cometido. Cada día llegan cajas enteras de documentos procedentes de excavaciones arqueológicas o de donaciones que esperan para ser clasificados. Una labor ingente… Compostela es una de las diócesis con mayor número de legajos por transcribir. Por eso me enviaron aquí.

– ¿Quién le envió?

– El Instituto de Derecho Pontificio cuenta con un organismo que se dedica al estudio y la conservación de las fuentes originarias del cristianismo. Se le conoce como AF, el Asertio Fidei.

– Ah, creí que había venido por asuntos pastorales.

– También, por supuesto. El AF no tiene una finalidad exclusivamente documental. Su objetivo es hacer llegar a todas partes el mensaje cristiano a través del apostolado, sobre todo a los jóvenes…

– Entiendo. Seguro que para usted es más fácil llegar a ellos que para el padre Barcia. -El tono de voz de Castro seguía sonando despreocupado, como si hablase por hablar-. ¿Sabía que Patricia Pálmer pertenecía a un grupo de jóvenes cristianos? Imagino que si la hubiera visto antes en alguna ocasión la recordaría…

– Por supuesto -asintió el diácono atentamente, pero su espalda se enderezó de forma casi imperceptible al hacerlo. Hubo un momento de silencio que el comisario encajó con creciente interés-. Le aseguro que no la había visto en mi vida -recalcó sosteniendo la mirada del policía con absoluta convicción.

– Lo suponía -zanjó Castro ligeramente contrariado. La impresión de candor que le causaba el joven diácono le hacía sentirse un poco incómodo.

– Confío en que el padre Barcia pueda serle de más ayuda. Algo atravesó la mirada del diácono, pero desapareció demasiado de prisa como para que ningún policía pudiera interpretarlo-. Siéntese, por favor, no tardará.

Candoroso o no, era evidente que estaba adiestrado para ganarse el favor de la gente. Sin embargo, había en él una nota discordante que Castro no acababa de identificar. El comisario observó la calle con aire distraído, había dejado de llover y el cielo se abría un poco hacia la fachada de Platerías, dejando entrever un claro de luna.

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