La huella del hereje
- Автор: Фортес Сусана
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La huella del hereje». Краткое содержание книги:
Una trama de ritmo creciente en la que se cruzan ecologistas, peregrinos de paso, profesores universitarios, tiburones de las finanzas y curas que hacen sus propias apuestas de salvación en una ciudad levítica donde nada es lo que parece. La huella del hereje es un adictivo thriller que insta al lector a viajar en el tiempo y traslada la atmósfera amenazante y brumosa de la mejor novela negra a las calles inolvidables de Santiago de Compostela.
– Castro -contestó.
– Jefe, soy el agente Alonso -oyó al otro lado-. Bingo. La llave encaja en la cerradura como un guante. Tenía razón. Alguien debió de dársela a la chica, y quien lo hizo, desde luego, sabía que ella iba a ir allí. Es muy probable que estuviera esperándola. Necesitamos una orden de registro de la casa rectoral lo antes posible junto con un equipo del departamento.
– Voy para allá -respondió Castro, y colgó.
Cuando su mirada se encontró con la de Inés, ella enarcó una ceja y se limitó a empujar la puerta de la cocina con un golpe de cadera y regresar con la bandeja por donde había venido sin soltar palabra. Hay cosas que nunca cambian.
XVIII
– Joder! -exclamó Márquez dando un respingo. Casi se cae de bruces al oír el chirrido de la puerta y encontrarse con aquel esqueleto articulado y fosforescente colgando del techo.
– Un regalo de cumpleaños -se excusó el chico-. Tengo amigos muy bromistas.
Después de su peculiar recorrido de motocross, aquello no era precisamente lo más gratificante. Habían atravesado kilómetros bajo la lluvia para llegar al punto exacto donde Robin guardaba los secretos informáticos de su princesa, pero el lugar distaba mucho de ser un castillo de hadas.
La casa estaba en un solar de tres plantas de la rúa do Home Santo, cerca del parque de San Domingos de Bonaval. El portón de entrada tenía un llamador de bronce con una mano bastante tétrica que sostenía una bola. En el interior la decoración estaba acorde con el motivo gótico de la entrada. En las paredes del pasillo, tapando los desconchones, había varias fotos de contenido naturalista muy ilustrativas sobre la reproducción del murciélago, la costumbre de algunos plantígrados de devorar a sus propias crías, la dieta alimenticia del buitre africano y cosas por el estilo. También había un póster de una actuación de Marilyn Manson en Cincinnati. El piso estaba prácticamente a oscuras. La única iluminación procedía de una bombilla desnuda que colgaba del vestíbulo. Robin hizo un gesto con la mano para que ella lo siguiera hasta el dormitorio. Márquez todavía no había visto lo mejor, una estantería metálica repleta de botes de cristal con distintos ejemplares de reptiles en su interior: salamandras, lagartijas, sapos, culebras, cada una con su nombre científico: Elaphe guttata, Coronella girondica, y cosas peores. Olía a cerrado, como la tumba de un faraón.
– ¿Cómo puedes vivir aquí? -dijo Márquez arrugando la nariz.
– No vivo aquí. Sólo guardo mis cosas. La casa era de mi abuela. Está abandonada y hace tiempo que no vive ningún vecino en el edificio, así que pensé que sería un lugar seguro. Nunca he traído a nadie, ni siquiera a Patri. Eres la primera persona que entra en mi guarida.
– Ya… ¿Ya qué debo el honor, si puede saberse?
– A qué estás muy buena, no te jode.
Márquez observó al chico con renovada desconfianza. Se movía por el cuarto con una cautela de animal acosado que le daba un aura interesante. Sus ojos amarillos brillaban en la penumbra con un matiz vagamente luciferino. Lo siguió con paso firme tratando de aparentar un aplomo que estaba muy lejos de tener. Pensó que hacía más de veinticuatro horas que no aparecía por el periódico, y supuso que Villamil estaría hecho una furia, pero era demasiado tarde para volverse atrás. Lo cierto era que el muchacho, con su aire de arcángel caído, tenía la extraña virtud de hacerle olvidar todo lo demás.
Robin volvió a sonreír un poco otra vez con gesto cómplice.
– Me gustan los bichos -dijo señalando los botes de cristal-. ¿A que no sabías que los indios akikujas tienen la costumbre de casar a las jovencitas con grandes serpientes? Y las mujeres huicholes, cuando bordan sus tejidos, lo hacen con una serpiente bien grande enroscada a la frente para que les inspiren bellos dibujos. Son modos de vida.
– Tú estás loco, chaval.
Márquez dejó la mochila en el suelo y dio una vuelta sobre sí misma intentando orientarse en aquella semipenumbra de techos altos.
– Como una cabra -añadió.
Todo el mobiliario parecía sacado de un anticuario cutre, una cama de matrimonio desvencijada, un secreter con tres cajones y un espejo de estilo Luis XVI, cuatro sillas con las patas acabadas en garras de león cuyo tapizado de terciopelo verde estaba completamente raído, un par de cuadros con escenas bucólicas, una porcelana de Lladró que mostraba a una niña dando de comer a un cisne y una mesa de comedor cuadrada que sostenía un ordenador portátil, modelo Acer TravelMate 5720 de color negro. Márquez lo observó con admiración: pantalla de 15,4 pulgadas y 5 GB de memoria RAM, lector de tarjetas, cámara web incorporada, micrófono, altavoces y tres puertos USB.
– El ordenador de Patricia, supongo…
El chico asintió con la cabeza. Conectó un módem ADSL a uno de los puertos y al instante una luz verde empezó a parpadear.
– Adelante -dijo-, empecemos.
– No me digas que no has entrado en sus archivos desde lo que pasó.
– ¿Y cuándo querías que lo hiciese? Te recuerdo que he estado bastante ocupado últimamente tratando de que no me echaran el guante -dijo con actitud condescendiente-. Pero, tranquila, creo que podré orientarme sin problemas -añadió, y acto seguido hizo doble clic en el icono «Mi maletín».
Márquez arrimó una silla a la mesa. No sabía qué demonios se iba a encontrar allí, pero cuando la pantalla se iluminó sintió que también su memoria se activaba con un chispazo y recordó una de las típicas frases raras de Villamiclass="underline" «Cuando uno no sabe adónde va, hay que ir con mucho cuidado, porque podría llegar.» El periodista a veces tenía un ingenio digno de los hermanos Marx en versión gallega.
El chico manipulaba el teclado en silencio, con el ceño fruncido y una seguridad sorprendente para un estudiante en busca y captura que figuraba en todos los informes policiales como el principal sospechoso del asesinato de su novia. Definitivamente Robin Hood funcionaba con sus propios códigos.
– Aquí está -dijo al cabo de unos segundos señalando un archivo zip de 250 Kb.
En el interior de la carpeta había dos documentos de Word y algunas fotos jpg de baja resolución que mostraban determinados tramos del río Umia a su paso por Caldas en las que se veían claramente las estratificaciones blancuzcas de sedimentos formadas en los embalsamientos de la orilla.
El primer documento era un informe demoledor del Consejo Superior de Investigaciones Científicas contrario a la utilización de fosfoyesos para uso agrícola. Incluía una tabla de equivalencias de radiactividad, publicada en la página web de El Arca de Noé, con un estudio de la organización ecologista sobre la incidencia de esos vertidos en el organismo y su relación con distintos tipos de cáncer. El texto incluía además una resolución de la Comisión Europea abogando porque los citados fosfoyesos fueran declarados residuos y tratados como tales, en lugar de subproductos, como pretendía la Consellería de Medio Ambiente.