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La huella del hereje

Электронная книга - «La huella del hereje». Краткое содержание книги:

El hallazgo del cuerpo sin vida de una joven en el interior de la catedral de Santiago de Compostela cae como un aldabonazo en la ciudad. Al mismo tiempo desaparece de la Biblioteca de la Universidad un manuscrito de Prisciliano, el gran hereje gallego. El subcomisario Lois Castro, viejo conocedor del oficio, se enfrenta a ambos casos con la inesperada colaboración de dos periodistas de raza: Laura Márquez, una joven becaria flacucha, de ojos castaños y con malas pulgas que llega a la ciudad huyendo de sus propios fantasmas y Villamil, un veterano reportero, correoso y medio anarcoide que ha conocido días mejores en la profesión.
Una trama de ritmo creciente en la que se cruzan ecologistas, peregrinos de paso, profesores universitarios, tiburones de las finanzas y curas que hacen sus propias apuestas de salvación en una ciudad levítica donde nada es lo que parece. La huella del hereje es un adictivo thriller que insta al lector a viajar en el tiempo y traslada la atmósfera amenazante y brumosa de la mejor novela negra a las calles inolvidables de Santiago de Compostela.
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Castro negó con la cabeza. Muy a su pesar tuvo que reconocer que el asunto empezaba a intrigarle de veras.

– Bueno, es un tratado donde el profeta expone sus teorías sobre el bien y el mal con postulados condenatorios contra la propiedad, el poder y la propia Iglesia. El texto es bastante revolucionario incluso para esta época. De hecho, se ha puesto de moda entre los jóvenes. Muchos reivindican al tal Prisciliano como si fuera el Che Guevara o algo parecido.

Villamil hizo una pausa y pareció ensimismarse en sus propios pensamientos con ostensible incomodidad. No sabía muy bien cómo contarle aquello. Luego se dirigió al comisario con una nueva entonación en la voz y le dijo lo que tenía que decirle.

– Patricia Pálmer tuvo en sus manos ese manuscrito pocas horas antes de morir.

Castro adelantó el colmillo en una mueca incrédula. Pensó muchas cosas al mismo tiempo sin una secuencia lógica. Encendió un cigarrillo y estuvo un buen rato observando al periodista con ojos escrutadores y desdeñosos. No le cabía la menor duda de que Villamil ya conocía esa información el día que se habían entrevistado en su despacho. Si se lo hubiera dicho entonces, tal vez podría haber ganado un par de días. Quizá más.

Pensaba en todo ello ahora, en su despacho, mientras golpeaba inconscientemente el borde del tablero con el lápiz. Uno de los tubos fluorescentes del techo estaba estropeado y titilaba constantemente. Era obvio que las cosas no marchaban como debían. El recuerdo de la conversación con el diácono se interponía constantemente en sus reflexiones como una inquietud irracional. La atmósfera se le antojaba demasiado densa allí dentro. El novio de la chica seguía en paradero desconocido y, por si eso fuera poco, todavía nadie había podido hacer las comprobaciones necesarias con la maldita llave. Algunos casos parecían tender señuelos en varias direcciones con el único fin de disimular el anzuelo que se había quedado enredado en el medio La llave era la última oportunidad. Castro estaba seguro, más allá de toda lógica, de que si conseguía encajar esa pieza todo lo demás se colocaría en su sitio con la misma precisión que rige el mecanismo de los relojes suizos. El agente Zárate y el subinspector Romaní entraban en el turno de tarde, por lo que había tenido que enviar a dos policías de servicio a realizar un discreto registro en la catedral aprovechando que el diácono se hallaba en una reunión del patronato. Santa Olalla desempeñaba sus funciones a conciencia. Al parecer, la junta se había retrasado una hora, lo que los obligó a posponer el registro hasta el mediodía. Castro había preferido no encargarse él personalmente del asunto para dar la impresión de que se trataba de una inspección rutinaria, pero le parecía que ya estaban tardando demasiado. Su desazón había ido en aumento conforme pasaban las horas. Sabía que la hipótesis de que la llave de Patricia Pálmer correspondiera a la puerta de acceso a la tienda de souvenirs era sólo una posibilidad remota, pero se había aferrado a ella como a una tabla de salvación, lo que en cierto modo le hacía sentirse igual que un principiante. Estaba agotado, cabreado con todo el mundo y bastante frustrado.

Encendió el ordenador, accedió a su correo personal e imprimió los documentos sobre Ferticeltia que había pedido al Departamento de Hacienda. Sólo en el año 2006 la empresa había obtenido contratos por valor de un millón quinientos cuarenta mil euros. La mayoría, a cuenta de otras sociedades que en realidad eran holdings de su propiedad, como Viajes Sar, S. L., que pertenecía al director ejecutivo de Ferticeltia, Evaristo López; la consultora Even Faster, especializada en estudios de demoscopia, que estaba a nombre de su mujer y a la que le fueron adjudicados más de cincuenta contratos sin acudir a concurso; Fitmar, Agro Galego, Inmobiliaria Rías Baixas, S. A… Todas eran sociedades tapadera relacionadas de algún modo con los miembros del consejo de administración de Ferticeltia. Según el informe se trataba de un grupo de empresas que utilizaba como práctica habitual el soborno a funcionarios de la Xunta para obtener contratos ventajosos y saltarse todo tipo de prohibiciones en materia urbanística y medioambiental. Las empresas se nutrían de fondos públicos y evadían parte de los beneficios a través de patronatos y donaciones.

Allí estaba todo. Un informe pormenorizado de cuentas que incorporaba también la lista de todo el personal contratado por la empresa en los últimos seis meses, incluidos los guardias jurados encargados de vigilar las instalaciones. 127 folios. Esa línea de investigación era precisamente la que les había absorbido la mayor parte del tiempo dedicado al caso, y resulta que ahora aparecía el puñetero manuscrito de un profeta y todo el trabajo se iba a tomar por saco. Montones de horas destinadas a seguirle la pista a cada una de las empresas y descubrir quién se hallaba detrás, para estar casi como al principio. Evidentemente allí había más de un delito grave: soborno, blanqueo de capital, fraude fiscal… Pero Castro no acababa de ver el cargo de asesinato por ningún lado. A no ser que apareciera alguna prueba de que Patricia Pálmer conociese esa información y la hubiese utilizado para presionar a alguien, lo más que podía hacer con todo el dossier era pasárselo a los de Delitos Fiscales y que ellos se llevaran las medallas. Otro puto caso que, independientemente de cómo acabara, los de homicidios tenían todos los números de la rifa para perder. El comisario resopló, irritado. Ordenó los folios, luego los metió en una carpeta azul plastificada y, sin saber a ciencia cierta cuándo regresaría -ni siquiera si iba a regresar-, se largó de la oficina.

En la plaza del Obradoiro sólo quedaban un par de cámaras de televisión y algunos cruceristas con chubasqueros amarillos que avanzaban cubiertos con sus capuchas hacia la entrada norte de la catedral. Castro enfiló hacia la rúa del Franco y se detuvo en un quiosco para comprar El Heraldo y las calcomanías de Shin-Chan que le había prometido a Candela. De pronto se le ocurrió ir a ver a la niña a casa de su ex, que vivía en un pequeño chalet del paseo de la Rosaleda. No solía ir por allí muy a menudo. Tampoco lo pensó mucho. Tal vez era el momento de hacer algo que no le hiciese sentirse peor que no pensar en nada.

– Parece que te haya atropellado un autobús -dijo su ex nada más abrir la puerta y verlo con un esparadrapo en la frente. Ya caminaba sin muleta, pero todavía llevaba una férula azul marino de termoplástico en el pie izquierdo-. Pasa, anda -añadió al verlo parado en el umbral con una expresión de inseguridad y desamparo, como si temiera que no fuera a dejarlo entrar.

A veces, sobre todo cuando estaba quieto, Castro daba la impresión de ser un tipo casi tímido, lo que en determinadas situaciones podía ser una ventaja. Siempre había un compañero dispuesto a invitarle a una copa extra, un testigo resuelto a hacerle una última confidencia, o una mujer resignada a adoptarlo en el acto. Un don o una estratagema inconsciente, pero casi siempre peligrosa para quien se dejara seducir por ella.

La niña corrió hacia él desde el pasillo con unas botitas azules y un descolorido chándal de color rojo pálido con Tintín y Milú en la parte delantera.

– En serio, ¿qué te ha pasado? -insistió su ex. Era una mujer alta, de pelo castaño, con una mirada luminosa que a veces a Castro todavía lo ponía contra las cuerdas.

– Ahora, no, Inés; otro día. ¿Por qué no me invitas a un café?

– Vale, pero podrías habérmelo dicho, ¿no? -protestó ella con una pizca de mala conciencia. Aún recordaba la bronca que le había montado por teléfono cuando él le había dicho que no podría recoger a Candela.

Mientras ella desaparecía en la cocina, Castro y la niña se sentaron en el sofá con la bolsa de las calcomanías de Shin-Chan. Prometía ser un rato familiar y casi enternecedor de pareja divorciada reunida en torno al tresillo, una sensación vagamente anestésica que a Castro le hacía sentirse tan hueco como los espacios entre las estrellas. Alguna vez se había planteado volver a casa, pero estaba seguro de que no funcionaría. Se pasaba las veinticuatro horas del día intentando correr detrás de algo que nunca lograba alcanzar. Había una barrera que separaba aquel universo familiar y ordenado del mundo ululante de las ambulancias y las sirenas policiales donde la gente moría o quedaba mutilada bajo las pesadas ruedas de un camión, donde una chica de veinte años era golpeada, tal vez violada y asesinada. Un mundo peligroso. Fascinante. Vivo. Y habitable en la misma medida en que son comestibles las criadillas del cerdo. Cuestión de gustos. O de hambre. Todo dependía de en qué lugar de la barrera se encontrara uno o de dónde estuviera sentado. A Castro en aquel momento el tresillo de color beige tostado donde se hallaba sentado le pareció un limbo bastante aceptable. Al fin y al cabo todo hombre necesita una tregua. Pero antes de que su ex mujer regresara de la cocina con el café, oyó vibrar el móvil en el bolsillo de la americana y vio el número de la centralita en la pantalla.

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