La huella del hereje
- Автор: Фортес Сусана
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La huella del hereje». Краткое содержание книги:
Una trama de ritmo creciente en la que se cruzan ecologistas, peregrinos de paso, profesores universitarios, tiburones de las finanzas y curas que hacen sus propias apuestas de salvación en una ciudad levítica donde nada es lo que parece. La huella del hereje es un adictivo thriller que insta al lector a viajar en el tiempo y traslada la atmósfera amenazante y brumosa de la mejor novela negra a las calles inolvidables de Santiago de Compostela.
Iba a preguntarle algo cuando unos pasos a su espalda le hicieron volverse. La figura del padre Barcia se recortó bajo el dintel de la puerta, pequeña e inmóvil, con la sotana raída y los zapatones sin lustrar. Su indumentaria contrastaba vivamente con la del joven diácono de diseño.
– Veo que ya se conocen -dijo el anciano.
Había una serie de interrogantes relacionados con el lugar del crimen que a Castro le parecían más extraños conforme pasaban los días. Antes de dirigirse a la casa del canónigo había repasado minuciosamente todo el dossier. Los guardias de seguridad de la catedral habían sido tajantes al afirmar que no quedaba nadie en el templo cuando hicieron la ronda de control antes de cerrar las puertas. Eran profesionales con experiencia de una reputada empresa de seguridad, lo que permitía suponer que habrían desempeñado su labor a conciencia. Un error de ese calibre no parecía muy probable. Por otro lado, no había manera de acceder al recinto desde fuera más que con la llave que se hallaba en poder del deán. No quedaban más posibilidades. A no ser… Castro recordó de pronto la tienda de souvenirs que daba a la plaza de la Quintana, una especie de apéndice de una de las capillas donde se vendían postales, conchas de vieira, botafumeiros en miniatura, medallitas y cosas por el estilo. Arias y él habían salido a fumar allí un cigarrillo el día que apareció el cuerpo de la chica. La tienda tenía una pequeña puerta de servicio que la comunicaba con la girola. ¿Quién demonios se encargaba de abrir y cerrar ese quiosco? ¿Podía alguien ajeno a la catedral haber utilizado esa entrada para burlar los controles? ¿No había visto nada extraño el padre Barcia antes de darse de bruces con el cadáver de Patricia Pálmer?
Castro y el viejo cura llevaban hablando más de veinte minutos a puerta cerrada. El anciano contestaba a las preguntas del comisario con voz vacilante, perdía el hilo con frecuencia y se quedaba pensativo mirando hacia un punto indefinido del espacio con los ojos empañados. Las arrugas de su rostro tenían un aspecto casi vegetal, como grietas en la corteza de un árbol. El comisario sintió compasión por él y lamentó de veras tener que molestarlo. Un hombre de setenta y dos años con principios de párkinson, prematuramente envejecido, que en toda su vida no había hecho más que confesar a beatas y que de repente se veía inmerso en una investigación criminal. No debía de ser un trago fácil. El sacerdote le recordaba además a un antiguo profesor del colegio de los maristas, el hermano Severino, terco como una mula, con los mismos zapatones de cura de pueblo pero fiel a sus convicciones. No le había tratado mal del todo cuando a Castro le dieron la beca para estudiar en el internado, un destino reservado casi exclusivamente a los hijos de la burguesía coruñesa. El buen hombre había dedicado unas cuantas horas extras a poner al día en Latín a aquel huérfano de marinero incorporado a mitad de curso y con menos pedigrí que un conejo de monte: «Rosa, rosae, dominus, domini…» Al comisario le vino a la memoria toda aquella cantinela, mezclada con el sonido de la lluvia en los canalones del patio, el timbre que marcaba el final de cada clase, los corredores sombríos y los pasos lentos de aquel cura mayor que caminaba encorvado hacia él cuando lo encontraba en la sala de estudio de los internos con la barbilla apoyada en las manos mirando aquel mar de la Costa da Morte, que era el único Dios al que desde niño había aprendido a temer. «Vamos, vamos, Castro -solía decirle con la voz cascada-, déjese de pensar en las musarañas y venga a repasar la tercera conjugación: mitto, mittis, mittere, misi, missum.» No es que los dos sacerdotes se parecieran físicamente, pero había algo que los unía, un velo de linfa en los ojos y aquella respiración sorda de animal fatigado que a Castro le provocaba lástima y mala conciencia. Nunca había vuelto a visitar al hermano Severino. Llegó a escribirle alguna postal por Navidad al principio, cuando salió del internado, pero luego dejó de hacerlo prácticamente al mismo tiempo en que dejó de ir a misa. «Seguramente debió de pasar sus últimos años solo -pensó-, con su sotana raída, cada vez más sordo, como aquel Dios al que dedicaba todas sus plegarias. Una historia triste.» Volvió a mirar al padre Barcia y notó que al anciano se le habían aflojado los músculos de la cara. Sin duda el suceso le había afectado más de lo previsto. El rostro y la espalda tienen una manera peculiar de expresar el agotamiento, como si toda la estructura del cuerpo empezara a desmoronarse.
– Si hay algo que pueda decirnos, cualquier cosa, sobre lo ocurrido ese día, por insignificante que le parezca, créame, sería de gran ayuda.
La sala estaba en silencio. Únicamente se oía el débil crujido de la silla que hacía Castro al balancearse. Los ojos del padre Barcia se detuvieron en las cuatro fotografías del cadáver de Patricia Pálmer que el comisario había puesto encima de la mesa. No desvió la vista, aunque era evidente la fuerza de voluntad que le suponía todo aquello. Castro dejó de moverse. El padre Barcia se pasó una mano por la barbilla y miró directamente al policía.
– No recuerdo nada más que lo que le he dicho -dijo-. Lo siento.
Castro soltó todo el aire de golpe y se reclinó contra el respaldo de cuero.
– De acuerdo. Hablemos entonces del padre Santa Olalla.
– Es un joven excelente y un digno sacerdote -había un leve temblor en la barbilla del deán, hacía pausas a cada rato, pero no como si se cansara, sino más bien como si estuviese sopesando sus palabras-. No sé qué sería de mí sin su ayuda, especialmente ahora, con la muerte de esa pobre chica.
– ¿Cuáles son sus obligaciones?
– Las habituales de un diácono -contestó el párroco-: ayuda en el culto, se encarga del rosario de la tarde…, todo menos decir misa, confirmar y dar la extremaunción. El padre Barcia hablaba con conocimiento de causa, pero con cierta desgana que convertía su voz en un hilo discontinuo. Se rascó el pelo a la altura de la sien en ademán pensativo y permaneció así unos segundos. Se le veía algo distraído, pero enseguida retomó el hilo-: También hace de albañil en sus ratos libres, está reparando una grieta en el retablo de la capilla del Espíritu Santo; algunas junturas filtran el agua cuando llueve, y piezas como ésa no las restaura cualquiera -comentó-, es necesario un experto. -Castro recordaba en efecto un andamio en uno de los ábsides de la girola cuando los de la Unidad de Inspección Ocular habían revisado el templo, pero no se había encontrado en el lugar nada de relevancia-. Y todavía saca tiempo para atender la contabilidad del patronato -añadió el anciano.
– ¿La contabilidad? -se extrañó Castro.
– Sí -respondió el párroco captando perfectamente el recelo del comisario-. No todo se arregla con fe, también hacen falta cuartos -la última frase la dijo en gallego, mirando al policía con una leve reprobación-. Se necesita una persona joven para lidiar con los bancos y conseguir ayudas. A los viejos, ya sabe, se nos olvidan las cosas. Yo nací en el año treinta y seis, antes de que empezara la guerra, eche cuentas. En una vida da tiempo a tantas cosas… Bueno, da tiempo y a la vez no da tiempo a nada. He tratado de cumplir mi labor pastoral lo mejor que he podido. Son tantas las distracciones del mundo… Uno ha visto cosas que nadie creería. El diablo es hoy el príncipe de la materia -dijo suspirando con resignación. A Castro le pareció que el aire de la estancia se había vuelto frío de pronto, como si alguien hubiera abierto una ventana a su espalda-. Algunos días me parece imposible estar vivo -continuó el anciano-. Siempre hay demasiados recuerdos. A ciertas edades la memoria está tan llena que, bueno, a veces casi es mejor no recordar nada. Yo de lo de antes me acuerdo de todo, pero ahora… -Se detuvo como si se diese cuenta de que se alejaba mucho de la conversación iniciada, pero su cabeza funcionaba mejor de lo que parecía. No había perdido de vista en absoluto la pregunta del comisario, carraspeó un poco y continuó-: El padre Santa Olalla está muy bien relacionado con los círculos económicos. Se sorprendería de lo que puede hacer una buena gestión.