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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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– Espera. La has cagado.

– ¿Sí?

– Sí.

– No creo. ¿Qué otro motivo podía haber para que te dirigieras a mí como AD Havers? A de agente. Igual que tú.

– El motivo más obvio del mundo -contestó Nkata.

– ¿De verdad? ¿Cuál?

– Nunca te he llamado Barb.

La mujer parpadeó.

– ¿Qué?

– Nunca te he llamado Barb -repitió él-. Solo sargento. Siempre. Y luego, esto… -Hizo un ademán abarcando la habitación pero se refería a todo cuanto había sucedido aquel día, como ella bien sabía-. No sabía qué otra cosa poner. El nombre y todo eso. -Hizo una mueca y se frotó la nuca. Bajó la cabeza-. De todos modos, AD es tu grado, no quién eres.

Barbara le miró. Su atractivo rostro, con la desagradable cicatriz, parecía inseguro en aquel momento. Revivió en un instante los casos en que había trabajado con Nkata. Y al hacerlo comprendió la verdad.

Disimuló su confusión con el cigarrillo, inhaló, exhaló, estudió la ceniza, la hizo caer en el fregadero. Cuando el silencio se le antojó excesivo, suspiró y dijo:

– Joder, Winston. Lo siento. Puta mierda.

– Exacto -dijo él-. ¿Vienes o te quedas?

– Voy.

– Bien.

– Ah, Winnie -añadió ella-. También soy Barbara.

6

Ya había oscurecido cuando se internaron en Chart Street, en la zona de Shoreditch, y buscaron aparcamiento junto a una acera invadida por Vauxhalls, Opels y Volkswagens. Barbara había sentido un nudo en el estómago cuando Nkata la había guiado hasta el esbelto coche plateado de Lynley, una posesión tan preciada para el inspector que el hecho de haber entregado las llaves a un subordinado denotaba claramente su confianza en él. Ella había recibido aquel llavero en solo dos ocasiones, pero bastante después de haber trabajado por primera vez como compañera del inspector. De hecho, cuando reflexionó sobre su asociación con Lynley, descubrió que era incapaz de imaginarle entregando esas llaves a la persona que ella era cuando trabajaron juntos por primera vez en una investigación. Que las hubiera cedido a Nkata con tanta facilidad hablaba con elocuencia sobre la naturaleza de su relación.

Estupendo, pensó con resignación, así son las cosas. Escrutó el barrio que estaban atravesando, en busca de la dirección que la DVLA había facilitado como perteneciente al dueño de la moto encontrada cerca del lugar de los hechos, en Derbyshire.

Como muchos distritos similares de Londres, Shoreditch había padecido etapas de decadencia, pero aún no se daba por vencido. Era una zona muy poblada que comprendía un estrecho apéndice de tierra, el cual colgaba del cuerpo principal de Hackney, en el nordeste de Londres. Como constituía una de las fronteras de la City, parte de Shoreditch había sido invadida por el tipo de instituciones económicas que uno esperaba encontrar únicamente dentro del amurallado recinto romano de la antigua Londres. Otras partes habían sido conquistadas por el desarrollo industrial y comercial. No obstante, todavía sobrevivían vestigios de las aldeas de Haggeston y Hoxton, ya engullidas, aunque algunos de esos vestigios adoptaban la forma de placas conmemorativas que indicaban los lugares donde los Burbage [5] habían establecido su negocio teatral, y donde estaban enterrados los socios de William Shakespeare.

Chart Street parecía resumir la historia del barrio en una sola calle. Formaba un ángulo agudo que se extendía entre Pitfield Street y East Road, y albergaba tanto establecimientos comerciales como residencias. Algunos edificios eran bonitos, modernos y nuevos, y en consecuencia simbolizaban la abundancia de la City. Otros esperaban ese milagro de los barrios de Londres, el aburguesamiento, capaz de transformar una calle sencilla de pisos de alquiler en un paraíso yuppie en cuestión de pocos años.

La dirección proporcionada por la DVLA les condujo hasta una hilera de casas pareadas que, en apariencia, se hallaban en una fase intermedia entre el desmoronamiento y la renovación. La casa era de ladrillo, y si bien el enmaderado pedía a gritos una capa de pintura nueva, en las ventanas colgaban cortinas blancas que, al menos desde el exterior, parecían limpias y planchadas.

Nkata encontró aparcamiento frente al pub Marie Lloyd. Maniobró el Bentley con la clase de concentración que, imaginó Barbara, dedicaba un neurocirujano al cráneo abierto de un paciente. Abrió la puerta y bajó la tercera vez que el AD enderezó meticulosamente el coche. Encendió un cigarrillo y dijo:

– Puta mierda, Winston. A este paso nos haremos viejos aquí. Venga ya.

Nkata emitió una risita afable.

– Te he concedido tiempo para sucumbir a tu vicio.

– Gracias, pero no necesito fumar el paquete entero.

Una vez hubo aparcado el coche a su plena satisfacción, Nkata bajó, lo cerró con llave y conectó la alarma. Comprobó las puertas antes de reunirse con Barbara. Caminaron hacia la casa, mientras Barbara fumaba y Nkata meditaba. Se detuvieron ante la puerta amarilla. Barbara pensó que Nkata le estaba concediendo tiempo para terminar el cigarrillo, de modo que se llenó de nicotina antes de emprender una tarea que podía resultar desagradable, tal como era su costumbre.

Sin embargo, cuando tiró por fin la colilla al suelo, Nkata siguió sin moverse.

– ¿Y bien? -preguntó Barbara-. ¿Vamos a entrar? ¿Qué pasa?

– Es mi primera vez -se limitó a contestar Nkata.

– ¿La primera vez de qué? Ah, ¿la primera vez que eres portador de malas noticias? Bien, desengáñate. Nunca resulta fácil.

Nkata sonrió con tristeza.

– Es curioso cuando lo piensas -dijo en voz baja, y un acento caribeño afloró en la última palabra.

– ¿Cuando piensas qué?

– En las muchas veces que mi madre pudo recibir una visita similar de la bofia. Si yo hubiera seguido el camino que llevaba.

– Sí, bueno… -Barbara señaló la puerta y subió el único peldaño-. Todos tenemos alguna mancha en nuestra hoja de servicios, Winnie.

El tenue llanto de un niño se filtraba por las grietas del quicio. Cuando Barbara tocó el timbre, el llanto se intensificó, y la voz atormentada de una mujer dijo:

– Shhh. Ya está bien. Shhh. Darryl, ya lo has dejado claro. -Y preguntó a través de la puerta-. ¿Quién es?

– Policía -contestó Barbara-. ¿Podemos hablar?

Al principio no hubo respuesta, aparte de los berridos de Darryl, a quien nada inmutaba. Luego, la puerta se abrió y apareció una mujer con un niño apoyado en la cadera. Estaba frotándole la nariz al bebé contra el cuello de la bata verde que llevaba. Sobre el pecho izquierdo estaba bordado «Camino de rosas», y el nombre «Sal» debajo.

Barbara sacó su placa y se la enseñó a Sal, cuando una mujer más joven bajó corriendo la estrecha escalera que nacía a unos tres metros de la entrada. Tenía el cabello mojado.

– Lo siento, mamá -dijo-. Dámelo. Gracias por el descanso. Lo necesitaba. Darryl, ¿qué te pasa, cariño?

– Pa -sollozó Darryl, y extendió una mano mugrienta hacia Nkata.

– Quiere a su papá -comentó Nkata.

– No creo que ese cabrón le interese para nada -murmuró Sal-. Da un beso a tu abuelita, corazón -dijo a Darryl, que no se avino a razones. Sal le besó ruidosamente en la mejilla-. Es la tripa otra vez, Cyn. Le he preparado un biberón de agua caliente. Está en la cocina. Acuérdate de envolverlo con una toalla antes de dárselo.

– Gracias, mamá. Eres un sol -dijo Cyn. Se alejó por el pasillo en dirección a la parte posterior de la casa, con el niño apoyado en la cadera.

– ¿Qué quieren? -Sal paseó la vista entre Barbara y Nkata, sin moverse de su sitio. No les había invitado a entrar, ni pensaba hacerlo-. Pasan de las diez. Supongo que ya lo saben.

– ¿Podemos entrar, señora…? -dijo Barbara.

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[5] Se refiere a la familia de Richard Burbage, actor y socio de Shakespeare. (N. del T.)

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