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Электронная книга - «La calle donde ella vive». Краткое содержание книги:

El mundo que tan cuidadosamente había construido se estaba derrumbando a su alrededor…
Su dulce hija de doce años se estaba convirtiendo en una adolescente huraña sin que Rachel Wellers pudiera hacer nada. Las lesiones del accidente que había sufrido estaban poniendo en peligro su carrera de dibujante. Y lo peor de todo era que Ben Asher, el hombre al que había echado de su vida hacía trece años, había regresado respondiendo a la llamada de la niña.
Cuando se enteró de que Rachel había sufrido un accidente, Ben no dudó en dejar de lado su trabajo y acudir a la ciudad que había jurado no volver a visitar. Prefería no cuestionarse los motivos por los que lo estaba haciendo… sólo sabía que tenía que ayudar a Rachel. Y no tardó en darse cuenta de que lo ocurrido no había sido un accidente y que quizá él era responsable.
Lo que no imaginaba era lo que iba a volver a surgir entre ellos, ni lo difícil que sería volver a alejarse de Rachel…
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– No.

Ben dejó escapar un sonido brusco y la desafió con la mirada y con la voz.

– Cobarde.

– Sólo estoy siendo realista.

Cualquier otro hombre habría admitido su derrota y se habría marchado. Cualquier otro hombre habría escondido sus sentimientos.

Pero Ben permaneció donde estaba, a sólo unos centímetros de distancia. Y le dejó ver en su mirada todo lo que sentía: enfado, calor, frustración.

– ¿De verdad no me vas a dejar demostrártelo?

– No -Rachel desvió la mirada-, no me interesa.

– Diez minutos -le prometió Ben con voz sedosa-, podría cambiar todo tu mundo en diez minutos.

– Vete, Ben.

Y Ben, una vez más, obedeció.

Ben empujó la puerta de la calle y la cerró con cerrojo. Asada estaba lejos, todo el mundo se lo decía, pero él no podía deshacerse de la vieja costumbre de vigilar su espalda.

Y la de Emily.

Y la de Rachel. Maldita fuera.

Lo había echado. Nada nuevo. Ben salió por la puerta de la calle, se sumó a los numerosos compradores que surcaban las calles y se perdió entre ellos. Aquellas calles eran muy diferentes de las peligrosas calles que él estaba acostumbrado a transitar. Eran calles limpias y seguras. No había en ellas necesidad de aquella terrible tensión, ni de la agresividad, y tampoco se encontraba en ellas ninguna vía de escape para aquellos sentimientos.

Mientras caminaba a grandes zancadas entre los escaparates, Ben deseó estar en el otro extremo del mundo, y deseó también que Rachel le hubiera permitido cumplir su promesa. Por su puesto, estar juntos otra vez los habría matado. O por lo menos lo habría matado a él, pero aun así…

– ¡Ben!

Oh, encima estaba comenzando a oír voces. Oía la dulce voz de Rachel entre la multitud. Como si lo hubiera seguido, como si…

– ¡Ben, espera!

Giró sobre los talones y se quedó clavado en el suelo por la impresión. Rachel, con un vestido de gasa, las sandalias y apoyándose sobre el bastón, lo seguía a una velocidad alarmante. Y parecía frenética por alcanzarlo. A él, sí, a Ben Asher, el hombre que acababa de cerrar de un portazo la puerta de su casa.

– Lo siento -se precipitó a decir Rachel, mientras continuaba caminando hacia él.

Ben le abrió los brazos, sin pensar siquiera en lo que hacía, y ella se refugió en ellos.

Ante la ligera tensión que percibía en los brazos de Ben y la falta de sonrisa de su rostro, la sonrisa de Rachel también desapareció. Tragó saliva.

– Oh, Ben.

Aquellas dos palabras eran más que elocuentes y, sin embargo, a Ben no parecían decirle nada.

– ¿Quieres que terminemos de hablar de los orgasmos? -preguntó con voz ronca.

Una mujer que acababa de pasar por su lado cargada de bolsas lo miró arqueando expresivamente las cejas.

– Eh, no -Rachel le sonrió a modo de disculpa a la mujer-. Yo, esperaba que pudiéramos hablar de otras cosas.

– Yo preferiría provocarte un orgasmo.

En aquella ocasión fue un hombre que iba paseando un San Bernardo el que los oyó y los miró con renovada atención. Rachel cerró los ojos.

– Hablar, Ben. ¿Podemos hablar?

– Si es eso lo único que estás dispuesta a ofrecerme.

– Es lo único -señaló hacia un café situado en un edificio cercano-. ¿Tienes hambre?

«De ti».

– Claro.

Cuando estuvieron sentados, Rachel pidió un té frío, dejó la carta a un lado y miró a Ben.

– ¿Qué? -le preguntó él.

– No te amargues.

– ¿Por qué iba a tener que amargarme?

– No lo sé.

Ben asintió.

– ¿Te acuestas con Adam?

– Parece que sólo eres capaz de pensar en una cosa.

– ¿Te acuestas con Adam?

– Sabes que eso no es asunto tuyo -Ben contestó con una sola pero expeditiva palabra y Rachel volvió a suspirar-. No, no me acuesto con Adam.

No se acostaba con Adam. Gracias a Dios.

– Tienes razón -contestó Ben, entrelazando las manos-. No es asunto mío.

Frente a él, Rachel gimió y escondió el rostro entre las manos.

– Eres un canalla.

– Sí, es uno de mis especiales talentos.

Ben advirtió la confusión de Rachel y se sintió inmensamente disgustado consigo mismo. ¿Qué derecho tenía él a querer que Rachel continuara soltera?

Era posible que para la semana siguiente él ya se hubiera marchado.

La camarera les llevó una jarra de té frío. Para que pudieran mantenerse allí, en la misma mesa, hablando a pesar de la tensión que los envolvía, Ben se pidió un enorme desayuno.

– Dime una cosa -le pidió Rachel-, ¿adonde tienes tanta prisa por volver?

– ¿Es una pregunta personal, Rachel?

Rachel echó limón y azúcar al té. Bebió un sorbo. Dejó la bebida a un lado y miró a Ben a los ojos.

– Sí. Quizá sea porque me estoy haciendo mayor. Más madura -le fulminó con la mirada cuando vio que se echaba a reír-. Es cierto -insistió, y se encogió de hombros-. De verdad me gustaría saberlo. Dime por qué no eres capaz de permanecer atado a un lugar durante mucho más tiempo del que se tarda en hacer una colada cuando no hay nadie esperándote en ningún lugar en particular.

– Eh, yo aquí he hecho la colada unas cuantas veces. Incluso te he hecho a ti la colada. Y me encantan tus braguitas de color salmón, por cierto, y el sujetador de encaje negro y…

Rachel elevó los ojos al cielo.

– Ya sabes lo que quiero decir.

Sí, claro que lo sabía. Y porque su curiosidad era sincera y no producto de la amargura, porque era obvio que de verdad quería saberlo, Ben descubrió que podía intentar admitir parte de lo que consideraba su mayor secreto, la única cosa que no le había contado nunca a nadie.

– Quedarse en un sólo lugar, echar raíces, implica que has sido capaz de encontrar tu hogar, de encontrarte a ti mismo.

– Sí -se mostró de acuerdo Rachel.

– Pero ni siquiera sé quién soy realmente yo. No parezco capaz de encontrarme a mí mismo.

Rachel se apoyó en el respaldo de la silla. Parecía ligeramente sorprendida.

– Pero claro que sabes quién eres.

– Sí, soy un nombre que no tiene la menor idea de quiénes eran sus padres.

La mirada de Rachel se suavizó.

– Eso no lo sabía.

– Porque nunca te lo dije. No podía.

– Oh, Ben, ¿siempre viviste en un hogar adoptivo?

– Sí. Y me aceptaban únicamente porque tenían la obligación de hacerlo como cristianos, eso era lo que solían decirme.

– ¡Pero eso es terrible! Ningún niño debería sentir que no lo quieren. Odio que te hicieran una cosa así.

– No lo hagas -respondió Ben precipitadamente, incapaz de soportar su compasión-, sólo estoy intentando explicarte.

– ¿Nunca te han dado ninguna información sobre tu pasado?

Ben se bebió medio vaso de té. De repente, sentía la garganta muy seca.

– Lo único que sé es que me encontraron en un cubo de basura de Los Ángeles cuando tenía dos días. Estaba a punto de morir de frío y muerto de hambre.

Rachel se tapó la boca con la mano. Una mano que le temblaba. No, no era una historia bonita, pero ella había preguntado.

– Así es, siempre he sabido que no pertenecía a ningún lugar. Que no le pertenecía a nadie.

– ¡Qué crueldad! ¿Cómo es posible que les confiaran un niño a unas personas capaces de hacerte sentirte de ese modo?

– Eh, ahora no importa -contestó Ben conmovido al ver las lágrimas que asomaban a los ojos de Rachel-. Estoy intentando hacerte comprender, eso es todo. Por eso no me gusta estar aquí.

– ¿Y por qué no me lo habías dicho antes?

– Nunca se lo he contado a nadie -él mismo podía percibir el dolor y la sorpresa que reflejaba la voz de Rachel-. Prefería fingir que la situación no era tan terrible. Y cuando estaba contigo, no lo era -sonrió-. Mira, Rachel, la cuestión es que yo siempre había pensado en marcharme de South Village, pero no podía hacerlo hasta que hubiera cumplido dieciocho años. Durante toda mi infancia y mi adolescencia, me sentí atrapado. Atrapado por las circunstancias, por la pobreza, por la falta de cuidados. De modo que, en cuanto me gradué…

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