La calle donde ella vive
- Автор: Шелдон (Шелвис) Джилл
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La calle donde ella vive». Краткое содержание книги:
Su dulce hija de doce años se estaba convirtiendo en una adolescente huraña sin que Rachel Wellers pudiera hacer nada. Las lesiones del accidente que había sufrido estaban poniendo en peligro su carrera de dibujante. Y lo peor de todo era que Ben Asher, el hombre al que había echado de su vida hacía trece años, había regresado respondiendo a la llamada de la niña.
Cuando se enteró de que Rachel había sufrido un accidente, Ben no dudó en dejar de lado su trabajo y acudir a la ciudad que había jurado no volver a visitar. Prefería no cuestionarse los motivos por los que lo estaba haciendo… sólo sabía que tenía que ayudar a Rachel. Y no tardó en darse cuenta de que lo ocurrido no había sido un accidente y que quizá él era responsable.
Lo que no imaginaba era lo que iba a volver a surgir entre ellos, ni lo difícil que sería volver a alejarse de Rachel…
– ¡Claro que lo comprendo! Eres una egoísta y te odio por eso.
Rachel contuvo la respiración.
– Vaya, eso es nuevo.
– ¡Lo digo en serio! -pero tenía los ojos llenos de lágrimas-. Te odio.
– Em… -a Ben le desgarraba el corazón ver el rostro de Rachel, pero esta alzó la mano para interrumpirlo.
– Déjala terminar.
– Eso es todo. No tengo nada más que decir -Emily se cruzó de brazos y respiró temblorosa. Ben imaginó que estaba a punto de derrumbarse.
– Muy bien, cada cosa a su tiempo -Rachel tomó aire-. Sabes que tu padre no vive en esta casa y también que tendrá que irse en algún momento. Y si quiere irse ahora, no hay nada que lo retenga aquí.
– Pero sí lo hay -lloró Emily-. ¡Estoy yo!
Ben sintió un nudo en la garganta.
– Sabes que te quiero, Em, pero es cierto. Yo no vivo aquí, en algún momento tendré que marcharme.
– ¿Pero por qué? Yo estoy aquí, ¿qué otra cosa podrías querer?
Ben le tomó la mano y enmarcó su dulce y dolido rostro.
– Sí, estás tú aquí, y eso significa que esta casa es uno de mis lugares favoritos. Pero continuaré viéndote, y llamándote.
– No es así como funcionan las familias de verdad.
– No todas las familias viven juntas, lo sabes. Y ya eres suficientemente mayor como para comprenderlo.
– Porque mamá no te quiere.
Sí, Rachel no lo quería. Al fin y al cabo, ¿aquel no había sido siempre el problema?
– Como ha dicho tu madre, hay circunstancias que no comprendes y que ahora no vamos a explicarte. Pero hay una cosa que sí puedo y quiero decirte, Emily Anne, y es que la forma en la que le has hablado a tu madre es inaceptable…
– Ben…
Ben alzó la mano para interrumpir las palabras de Rachel.
– Es normal enfadarse con alguien a quien se quiere -dijo quedamente, al oír los sollozos de Emily-, pero no está bien ser cruel.
Emily enterró la cabeza en el pecho de su padre y éste, incapaz de hacer otra cosa, la envolvió en un abrazo y le susurró al oído:
– Te quiero, y tu madre también te quiere, Em. Y siento no poder darte todo lo demás.
Emily lo abrazó con tanta fuerza que estuvo a punto de quitarle la vida. Ben cerró los ojos mientras oía llorar a su hija, a la mejor parte de su corazón.
Al cabo de unos minutos, Emily se separó de él y hundió las manos en los bolsillos. Bajó la mirada hacia la punta de sus zapatos y le dijo a Racheclass="underline"
– Siento haber dicho que te odiaba. No es verdad -y sin añadir una palabra más, salió corriendo hacia su dormitorio y dio tal portazo que temblaron los cristales de las ventanas.
Parches gimió.
Ben dejó escapar un trémulo suspiro.
– Vaya, los doce años son una edad divertida, ¿eh?
– Si de verdad tienes ya un pie en la puerta, Ben -le dijo Rachel quedamente-, creo que lo mejor será que te vayas cuanto antes.
– Rachel…
– Nada de peros, Ben, esto nos está matando a todos. Entiendo la posible amenaza de Asada…
– Es más que una posible amenaza.
– Ambos sabemos que la amenaza pierde fuerza a medida que van pasando los días. Sí, está Emily y es evidente que ella quiere que te quedes, pero ambos sabemos que eso no va a suceder.
– No sé cómo decirle que voy a marcharme -se sentía desnudo, como si le hubieran dejado el alma al descubierto.
– Ella ya sabe que te vas a ir.
– Está sufriendo -y también él sufría-, sólo tiene doce años.
– Es más madura de lo que tú te piensas. Díselo, díselo cuanto antes.
– Rach…
– ¿Estás retrasando el momento, Ben? Eso no es propio de ti.
Sí, probablemente se merecía aquella contestación.
– Necesito algún tiempo.
– Estupendo, tómate el tiempo que necesites. Y después, márchate.
Ben comenzaba a sentir un ligero dolor de cabeza.
La perrita observó marcharse a Rachel y soltó después un patético gemido.
Ben la levantó en brazos y se ganó un lametón por el esfuerzo.
«Márchate, Ben», ¿cuántas veces se lo habían dicho? Maldita fuera, él nunca iba a quedarse en un lugar en el que no le querían.
Nunca.
Parches volvió a gemir, más suavemente en aquella ocasión.
– Sí -susurró Ben, reteniéndola contra él-, conozco esa sensación.
Capítulo 15
Una noche, poco después del estallido de Emily, estaban jugando los tres al Scrabble. Rachel sentada en el sofá del cuarto de estar y Emily y Ben en el suelo, alrededor de la mesita del café. Parches dormía a los pies de Ben.
Emily, con la lengua entre los dientes, colocó las letras P-A-P-A y le dirigió a Ben una sonrisa resplandeciente.
Con una sonrisa, él añadió I-T-O, formando la palabra «papaíto».
Rachel bajó la mirada hacia las letras, que parecían estar burlándose de ella.
– ¿Cómo es posible que pierda siempre en este juego? -preguntó, mientras añadía una E y una S a la O de la palabra de Ben para formar la palabra «eso».
– Es una cuestión de actitud -dijo Ben.
Emily asintió y añadió un par de letras a la palabra de Rachel, escribiendo algo sin sentido.
– Esa palabra no existe -protestó Rachel.
– ¿Lo ves? Actitud negativa -Emily chasqueó la lengua y se sumó los puntos correspondientes.
Ben se echó a reír.
– Cariño, ¿estás haciendo trampa?
– Siempre hace trampa -Rachel fulminó a su hija con la mirada-, esa es la razón por la que siempre gana.
– Muy bien -Emily retiró algunas letras para formar una palabra más corta-, ¿así estás contenta?
– Lo estaré si gano -bromeó Rachel.
Ben se estiró en el suelo y le sonrió. A su lado, Emily estaba resplandeciente y más feliz de lo que Rachel la había visto en mucho tiempo.
Era un momento tan bueno que le habría gustado enmarcarlo. Una instantánea perfecta en el tiempo, llena de ternura y felicidad.
Ben inclinó la cabeza, se sentó, posó la mano en el brazo de Rachel y la miró a los ojos.
– ¿Estás bien?
– Sí -contestó, y jamás había sido más cierto-. Estoy bien, de verdad.
Ben le sonrió y continuó jugando.
Pero dejó la mano en su brazo.
Al final de la semana, Ben continuaba en la casa y Rachel no sabía si sentirlo o alegrarse. Tomaban el café juntos todas las mañanas y, si Rachel no tenía que ir al fisioterapeuta o al médico, comían también juntos. Compartían las cenas con Emily y siempre encontraban algún tema para hablar.
O para discutir.
Pero jamás se aburrían. Rachel estaba comenzando a acostumbrarse a su presencia. A oírle reír, hablar, a observarlo jugar al baloncesto como si fuera pura poesía en movimiento, a oírlo hablar consigo mismo cuando estaba en el cuarto de revelado y a verlo con Emily. Y todo lo que implicaba el hecho de compartir con él aquella casa era al mismo tiempo un consuelo y una pesadilla.
Cuando Ben se fuera, su vida volvería a la normalidad que había construido para su hija y para ella, una vida magnífica. Tenía a su hija, su casa, su trabajo… bueno, lo del trabajo no estaba del todo claro, pero aun así, no tenía nada de lo que arrepentirse.
Y en cuanto a las relaciones personales… se quedaría sola.
En realidad, ya estaba sola. Pero con la presencia de Ben, casi podía imaginarse cómo sería su vida si él decidiera instalarse definitivamente en un lugar.
Llegó el fin de semana, y, siguiendo la rutina habitual de las mañanas de los sábados, Rachel estaba sentada a la mesa de la cocina con una taza de té y el periódico.
Se decía a sí misma que estaba disfrutando de la paz y la tranquilidad de sentir la casa vacía, pero la verdad era que habría disfrutado mucho más yéndose a pasear con Emily y con Ben.
Aunque no habría tenido fuerzas para ello.
Pero tampoco le había pedido nadie que fuera. Sostuvo la taza de té entre los dedos y miró a su alrededor. Como siempre le ocurría en momentos como aquel, experimentó cierta inquietud al pensar en Asada. Odiaba tener que mirar por encima del hombro de vez en cuando y se regañaba a sí misma por aquellas paranoias.