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Электронная книга - «La calle donde ella vive». Краткое содержание книги:

El mundo que tan cuidadosamente había construido se estaba derrumbando a su alrededor…
Su dulce hija de doce años se estaba convirtiendo en una adolescente huraña sin que Rachel Wellers pudiera hacer nada. Las lesiones del accidente que había sufrido estaban poniendo en peligro su carrera de dibujante. Y lo peor de todo era que Ben Asher, el hombre al que había echado de su vida hacía trece años, había regresado respondiendo a la llamada de la niña.
Cuando se enteró de que Rachel había sufrido un accidente, Ben no dudó en dejar de lado su trabajo y acudir a la ciudad que había jurado no volver a visitar. Prefería no cuestionarse los motivos por los que lo estaba haciendo… sólo sabía que tenía que ayudar a Rachel. Y no tardó en darse cuenta de que lo ocurrido no había sido un accidente y que quizá él era responsable.
Lo que no imaginaba era lo que iba a volver a surgir entre ellos, ni lo difícil que sería volver a alejarse de Rachel…
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Pero unos segundos después, Ben regresó, caminando hacia ella en toda su desnuda gloria y se detuvo al lado de la cama.

– ¿Quieres que me vaya? -le preguntó.

Sí, gritaba la mente de Rachel, quería que se marchara.

Pero era su cuerpo el que había tomado las riendas de la situación, no su cerebro, y, precisamente por eso, Rachel se incorporó y levantó las sábanas.

Ben regresó inmediatamente a sus brazos.

Con un suspiro, Rachel lo estrechó entre ellos y enredó sus piernas con las suyas. Presionó la cara contra su cuello, que olía tan maravillosamente a Ben, y dejó escapar otro suspiro.

– ¿Estás bien? -le preguntó Ben, deslizando la mano por su espalda.

– Por ahora sí.

– El ahora es lo único que importa -susurró Ben, y la estrechó con fuerza.

Y si esa respuesta no era una síntesis de sus diferencias, Rachel no sabía qué podía llegar a serlo, pero no le importaba.

Viviría el momento, intentaría disfrutarlo como fuera.

Y sus preocupaciones sobre el futuro las dejaría… para el futuro.

Capítulo 17

Ben se despertó con el sol en los ojos y los brazos vacíos. No era nada sorprendente, siempre se había despertado solo. En diferentes camas, por supuesto, en diferentes continentes y en diferentes países, pero siempre con aquella vaga sensación de estar echando algo de menos.

Y por fin sabía lo que era:

– Rachel.

La noche anterior había sido una especie de temblor de tierra. La forma de entregarse de Rachel, su propia manera de responder… Ben esperaba que Rachel no lo odiara por lo ocurrido, porque temía que acababa de enamorarse de ella otra vez.

Pero eso no cambiaba nada. Porque continuaba sin estar preparado para aquella clase de vida. Continuaba sin querer tener una dirección fija y sin querer disfrutar de las mismas vistas cada mañana. Y a la luz de aquellos sentimientos, era evidente que había llegado el momento de abandonar aquella cama de esponjosas almohadas. Dio media vuelta en la cama para tumbarse de espaldas, y el corazón estuvo a punto de salírsele del pecho. Su hija estaba sentada en la cama, sonriéndole.

Ben se frotó la cara con las manos, se sentó en la cama y tuvo todavía la suficiente lucidez como para alegrarse de que la sábana le llegara a la cintura, puesto que estaba completamente desnudo.

– Eh, hola…

Emily continuaba sonriendo.

– ¿Qué es lo que te parece tan divertido?

– Estás en la cama de mamá.

Era cierto. Y no tenía la menor idea de cómo explicárselo. Él no estaba acostumbrado a dormir con una mujer durante toda la noche, entre otras cosas, porque por la mañana se despertaba con una terrible sensación de claustrofobia. Claustrofobia como la que en aquel momento comenzaba a atraparlo.

– Acerca de eso…

– Mamá está abajo, tomándose un café y fingiendo que no estás aquí, por si quieres saberlo.

– ¿Y cómo has adivinado que yo estaba aquí?

– Bueno, he subido a buscar una sudadera de mamá, y te he encontrado a ti -se levantó de la cama y dio media vuelta-. Creo que voy a decirle a mamá que te he encontrado en su dormitorio. Y que estás despierto.

– ¡No! -Ben se obligó a forzar una sonrisa para suavizar su tono-. Eh, ¿no crees que deberíamos dejar que continuara fingiendo? Ya sabes, que finja que no estoy aquí…

Rachel inclinó la cabeza con expresión pensativa.

– Si eso puede ayudar a tu causa.

Ah, así que él tenía una causa.

– Em…

Emily se acercó a su padre y le dio un enorme abrazo. Al sentirla tan pequeña y tan condenadamente dulce, Ben deseó poder retenerla para siempre entre sus brazos.

– Estaba empezando a pensar que no iba a funcionar -suspiró contra su cuello.

Ben posó las manos en su brazo y la separó lo suficiente como para mirarla a la cara.

– Emily, ya sé que habías planeado este encuentro, pero tengo que decirte que…

– No me he comportado como debía -admitió-, he sido una manipuladora, lo sé. Pero en el fondo, he hecho lo correcto, papá, ahora me doy cuenta. Mamá está radiante, y ella nunca está radiante, ¡ni siquiera cuando se maquilla!

Ben dejó escapar un largo suspiro.

– A lo mejor está radiante porque tiene frío.

– Papá.

– O porque se está constipando. Ya sabes, probablemente eso sea todo, está esforzándose mucho con la rehabilitación, y esas medicinas que toma le bajan las defensas, y…

– Eres tú, papá. Está resplandeciente porque estás aquí y lo sabes.

Ben fijó la mirada en su preciosa hija sin saber qué decir. Durante la mayor parte de su vida, Emily había estado fuera de su alcance y, durante el resto, probablemente ocurriría lo mismo. Pero en aquel instante, en aquel preciso instante de tiempo, podía disfrutar de ella. Podía ser algo más que un padre eventual. De repente, deseó estrechar su relación con ella, hacer que se convirtiera en algo que mereciera la pena conservar durante los años que tenían por delante.

Pero no tenía la menor idea de cómo hacerlo.

Entonces, entró Rachel en el dormitorio. Al ver a Emily sentada en su cama con Ben, estuvo a punto de tropezar.

– Mira lo que me he encontrado, mamá, aquí mismo, en tu cama, ¿te lo puedes creer?

Ben cerró los ojos y se preguntó cómo sería Emily cuando tuviera dieciocho años. El diablo sobre ruedas, pensó débilmente.

– Eh…

Rachel parecía haberse quedado sin habla, así que Ben volvió a abrir los ojos y descubrió a Rachel con expresión de auténtico pánico.

– ¿Si te digo que he venido sonámbulo hasta aquí te lo creerías? -le preguntó a Emily.

– No -contestó Emily entre risas.

Rachel elevó los ojos al cielo.

– Emily, nosotros, yo… -se interrumpió con un sonido de desesperación-. Es verdad, ha venido sonámbulo hasta la cama.

Riéndose, Emily se recostó contra el cabecero de la cama, al lado de Ben. Este cruzó las piernas y le pasó el brazo por los hombros, al tiempo que contemplaba con atención a su madre.

– De acuerdo, ha venido sonámbulo hasta aquí, y, aunque tú normalmente duermes con un ojo abierto, ha conseguido meterse en tu cama sin que te dieras cuenta, ¿eso es lo que ha pasado?

– Bueno… -Rachel fulminó a Ben con la mirada. ¡Ayúdame!, parecía estar gritándole.

– Acerca de esto, Em, -comenzó a decir Ben-, en realidad no es asunto tuyo saber por qué estoy aquí. Nosotros somos adultos, tú eres una niña y, a partir de ahora, tendrás que llamar antes de entrar en nuestro dormitorio.

Em abrió la boca, y volvió a cerrarla.

– Algo que deberías haber hecho hace cinco minutos.

– Quieres decir que…

– Exactamente. Quiero que repitamos la jugada.

– ¿De verdad quieres que vuelva a salir?

– Sí, de verdad.

Emily miró a su madre, que a su vez la miró como si la idea la entusiasmara.

– Ya has oído a tu padre.

Emily protestó, pero se levantó. Cuando estaba a medio camino, se volvió.

– ¿Sabéis? Tener a los dos padres en la misma casa es un rollo.

– Llama -respondieron los dos al unísono.

Emily salió dando un portazo y Rachel miró a Ben arqueando una ceja. Rachel estaba muy guapa por la mañana, advirtió Ben, con el pelo revuelto, las mejillas sonrosadas… y aquella bata que con tanto entusiasmo le había quitado la noche anterior.

Emily llamó a la puerta y Ben se arrepintió de no haberla enviado un poco más lejos. A la ciudad, por ejemplo.

– ¿No vas a decirle que entre? -le preguntó Rachel.

– Todavía no he encontrado ninguna buena razón por la que pueda explicarle que estoy en tu cama.

– En ese caso, quizá deberías levantarte.

– Sí -como si no lo supiera. A regañadientes, Ben se envolvió entre las sábanas y se levantó.

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