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Электронная книга - «La calle donde ella vive». Краткое содержание книги:

El mundo que tan cuidadosamente había construido se estaba derrumbando a su alrededor…
Su dulce hija de doce años se estaba convirtiendo en una adolescente huraña sin que Rachel Wellers pudiera hacer nada. Las lesiones del accidente que había sufrido estaban poniendo en peligro su carrera de dibujante. Y lo peor de todo era que Ben Asher, el hombre al que había echado de su vida hacía trece años, había regresado respondiendo a la llamada de la niña.
Cuando se enteró de que Rachel había sufrido un accidente, Ben no dudó en dejar de lado su trabajo y acudir a la ciudad que había jurado no volver a visitar. Prefería no cuestionarse los motivos por los que lo estaba haciendo… sólo sabía que tenía que ayudar a Rachel. Y no tardó en darse cuenta de que lo ocurrido no había sido un accidente y que quizá él era responsable.
Lo que no imaginaba era lo que iba a volver a surgir entre ellos, ni lo difícil que sería volver a alejarse de Rachel…
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– No, no lo he olvidado -respondió Rachel suavemente.

– Estupendo. Pues no dejes de repetírtelo para poder mantener tus hormonas bajo control. Y si quieres hacer algo por ellas, llama a Adam.

– No puedo.

– ¿Por qué no?

– Me llamó ayer por la noche y me dijo que no iba a volver a ponerse en contacto conmigo hasta que yo no hubiera tomado una decisión sobre lo que quería de Ben.

– Bueno, pues devuélvele la llamada, dile que ya has tomado una decisión y que Ben se va a marchar.

– Mel…

– Oh, tengo que colgar. Jefe psicótico en alerta.

– Mel…

Clic.

Rachel colgó el teléfono y suspiró. Aquella conversación no había conseguido animarla. Nada de sexo con Ben. Decidida a olvidarlo, se volvió de nuevo hacia el caballete.

Emily permanecía sentada en el estudio, con el portátil sobre las piernas, concentrada en los intensos colores del cielo mientras iba poniéndose el sol. Adoraba aquella casa, adoraba el jardín, su dormitorio, el ascensor, la cercanía de las tiendas… adoraba todo.

Pero ya no era una niña. Y sabía que su casa era especial. Y cara.

Y, porque lo sabía, también comprendía algo más. Era una persona afortunada, muy afortunada. Se inclinó hacia la perrita que dormía a sus pies y la estrechó contra ella. Parches bostezó. Emily sonrió y enterró el rostro en su cuello.

Sobre ella, oía la voz queda de su madre… ¿y su padre quizá? Debían estar en el estudio de su madre, contemplando la puesta de sol.

Juntos.

El corazón le dio un vuelco, pero inmediatamente se recordó que llevaban ya mucho tiempo juntos y, a pesar de todos sus esfuerzos, no estaban haciendo planes de boda. De hecho, su padre había intentado decirle que iba a marcharse pronto. Ella fingía no entenderlo, pero sabía que no podría postergarlo eternamente. Su padre quería despedirse de ella.

Y ella no quería que lo hiciera.

¿Cómo podía querer marcharse cuando ella últimamente sentía que las cosas se habían suavizado mucho entre su madre y él? Y no eran imaginaciones suyas. Su madre le sonreía más a menudo. Y él muchas veces se limitaba a contestarle mirándola en silencio con una expresión que le indicaba a Emily que la quería.

– No está mal esta puesta de sol -oyó decir a su padre-, para lo que puede ofrecer una ciudad.

Su madre se echó a reír. ¡A reír nada menos!

Emily aguzó el oído, pero lo único que llegó hasta ella fue la risa ronca de su padre.

Continuaron riendo juntos. Y hablando. Estaban… Un momento. Si estaban sentados en aquel balcón, eso significaba que tenían que estar en el dormitorio de su madre.

A lo mejor… a lo mejor lo habían hecho… ¡Genial! Pero, si quería ser realista, tenía que reconocer que por lo menos ya lo habían hecho en otra ocasión. Ella era la prueba viviente. Debatiéndose entre el disgusto y la esperanza, agarró el portátil y la perra y se metió en el estudio, para darles cierta intimidad.

Con renovadas esperanzas, se sentó a preparar el próximo plan de ataque para conseguir que se enamoraran.

Ignorando por completo que su hija estaba en el piso de abajo esperando un milagro, Rachel estaba disfrutando de la puesta de sol sentada en una tumbona y deseando tener energía suficiente para agarrar la libreta y los lápices y capturar el hermoso espectáculo que tenía frente a ella.

Y, de pronto, oyó una voz saliendo de entre las sombras.

– No está mal esta puesta de sol, por lo menos para lo que puede ofrecer una ciudad.

Rachel se echó a reír, a pesar de que sintió que el corazón se le encogía. Alzó la mirada y descubrió a Ben apoyado en el marco de la puerta del balcón, observándola.

– Eso es porque el humo y la polución les dan un brillo especial a nuestras puestas de sol.

Ben sonrió radiante. Y Rachel sintió que el corazón le revoloteaba en el pecho.

– ¿Qué estás haciendo?

Se apartó de la puerta y caminó hacia ella con aquella seguridad que a Rachel siempre le hacía pensar en lo cómodo que se sentía en su propia piel. Y preguntarse qué podría hacer ella para conseguir aunque sólo fuera la mitad de esa confianza en sí misma.

– ¿Que qué estoy haciendo? -repitió Ben, sentándose a su lado, aunque en realidad no había prácticamente sitio para los dos-. Supongo que simplemente estoy aquí, contigo.

En el pasado, cuando eran jóvenes y tenían las hormonas a flor de piel, no eran capaces de hacer algo tan sencillo como estar juntos, sentados. Ben siempre tenía las manos encima de ella y aunque había sido una experiencia nueva y hasta cierto punto aterradora el compartir tanto afecto, Rachel había llegado a ser muy dependiente de él.

Durante los años que desde entonces habían pasado, no había vuelto a permitirse depender afectivamente de nadie. Y cuando Ben había vuelto a aparecer en la puerta de su casa, había sentido el impacto de su presencia hasta en el último rincón de su cuerpo y se había preguntado admirada cómo iba a poder ignorar tanto a Ben como a su patente sensualidad.

Tenían más años, eran más maduros, de manera que se podría pensar que sería más fácil. Al fin y al cabo, ambos habían decidido que no podía haber nada entre ellos y que podían controlarse.

Pero allí, en la oscuridad, con el tentador calor de aquella noche de primavera y las estrellas y las luces de la ciudad brillando a su alrededor… Dios, cuánto lo deseaba. Cuánto lo necesitaba.

– Sentarte aquí no es una buena idea. Y lo sabes.

– Sí -la silla chirrió cuando se inclinó hacia delante para acariciar su rostro.

Deslizó el pulgar por su labio inferior.

– Pero estar aquí contigo me hace desear como hacía mucho tiempo que no deseaba. Desde la última vez que estuve contigo en realidad.

Rachel se echó a reír.

– No me digas que no ha habido otras mujeres.

Ben cubrió su boca con el pulgar, interrumpiéndola. Su risa suave e irónica acarició la mejilla de Rachel.

– ¿De verdad quieres que hablemos ahora de otras mujeres?

Sus ojos se encontraron a través de la oscuridad. Ben se acercó todavía más a ella y colocó una mano al otro lado de su cuerpo.

Pensar que podía haber hecho eso mismo con otras mujeres era un problema. No debería importarle, lo sabía. Había pasado mucho, mucho tiempo desde la última vez que habían estado juntos y alguien con una naturaleza tan sensual como la de Ben no era capaz de pasar un año sin relaciones, Y mucho menos trece.

– No -susurró Rachel-, no quiero hablar de otras mujeres.

Ben sonrió en la oscuridad.

– Perfecto, porque en mi cabeza sólo hay sitio para ti -se acercó todavía mas a ella-, quiero estar aquí, contigo -le mordisqueó la garganta-. ¿En qué estás pensando?

– ¿Que qué estoy pensando? -Ben deslizó las manos a lo largo de su cuerpo y acercó la boca a sus labios-. No puedo pensar.

– ¿Porque te estoy tocando?

– Sí.

No tenía idea de por qué lo hacía, pero alzó el rostro y cubrió los labios de Ben con los suyos, inhalando su sorpresa y suspirando de placer cuando Ben la estrechó contra él.

Entonces Ben se levantó y todo el mundo de Rachel pareció girar. Jadeando, se aferró a su cuello buscando equilibrio.

– ¿Qué estás haciendo?

– Terminar lo que acabas de empezar -cerró las puertas del balcón con el pie y la dejó en el suelo, al lado de la cama-. Quiero que estés segura de lo que vas a hacer.

Mientras esperaba a que Rachel tomara una decisión, temblaba por el esfuerzo que estaba haciendo para controlarse.

– Ben…

Ben posó un dedo en sus labios.

– Sí o no.

Rachel alzó la mirada hacia él sintiéndose como si estuviera al borde de un precipicio. Saltar, incluso con paracaídas, podía ser peligroso. Pero no saltar, no tomar lo que le ofrecía la vida, no era una opción en absoluto.

– Sí -susurró, y alargó los brazos hacia él.

La única luz de la habitación procedía del sol que se hundía en el horizonte. Las sombras se inclinaban sobre el suelo y sobre la cama. Ben tomó el rostro de Rachel entre las manos y la besó, robándole el poco aire que le quedaba en los pulmones. Su boca era tan firme como el resto de su cuerpo, y tan sexy, y tan generosa y… tan masculina. Todo en él la hacía temblar, y se aferraba a su cuerpo buscando apoyo. Podía sentir su calor, su fuerza, y le resultaba todo tan familiar y al mismo tiempo tan nuevo, que el corazón dejó de latirle durante un instante. Para cuando Ben alzó la cabeza y la miró a los ojos, Rachel ya estaba perdida. Estar en los brazos de Ben era al mismo tiempo el cielo y el infierno. Sí, había cientos de razones por las que aquello no era una buena idea, miles, pero mientras Ben hundía los dedos en su pelo y bajaba el rostro hacia ella, Rachel era incapaz de pensar una sola, no podía pensar en nada que no fuera en recibir todavía mucho más.

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