La calle donde ella vive
- Автор: Шелдон (Шелвис) Джилл
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La calle donde ella vive». Краткое содержание книги:
Su dulce hija de doce años se estaba convirtiendo en una adolescente huraña sin que Rachel Wellers pudiera hacer nada. Las lesiones del accidente que había sufrido estaban poniendo en peligro su carrera de dibujante. Y lo peor de todo era que Ben Asher, el hombre al que había echado de su vida hacía trece años, había regresado respondiendo a la llamada de la niña.
Cuando se enteró de que Rachel había sufrido un accidente, Ben no dudó en dejar de lado su trabajo y acudir a la ciudad que había jurado no volver a visitar. Prefería no cuestionarse los motivos por los que lo estaba haciendo… sólo sabía que tenía que ayudar a Rachel. Y no tardó en darse cuenta de que lo ocurrido no había sido un accidente y que quizá él era responsable.
Lo que no imaginaba era lo que iba a volver a surgir entre ellos, ni lo difícil que sería volver a alejarse de Rachel…
Ben apretó la mandíbula y miró a Rachel.
– Se lo has contado.
– Tenía que hacerlo -sirviéndose de su bastón, Rachel se dirigió hacia la puerta, y estuvo a punto de chocarse con su atractivo vecino, que se mostró muy compungido.
El corazón de Mel comenzó a golpear alocadamente en su pecho, pero ella fue capaz de plasmar en su rostro una sonrisa de aburrimiento. Garret llevaba un montón de cartas para su hermana.
– Siento interrumpir -se disculpó.
– No interrumpes nada -Rachel dejó el correo encima de la mesa-. Nada en absoluto. Y ahora, si me perdonas… -y sin esperar respuesta, se desvaneció.
Ben le dirigió a Melanie una elocuente mirada que la hizo sentirse cinco años más vieja de lo que era y siguió a Rachel.
Lo cual la dejaba completamente sola con aquel hombre tan inquietante. Y tan atractivo. ¿Qué le iría a decir? No habían vuelto a hablar mucho desde su tórrido encuentro y jamás habían mencionado lo que había ocurrido entre ellos. Pero la verdad era que jamás habían vuelto a estar solos en todo ese tiempo.
Lo estaban en aquel momento. ¿Sacaría él la conversación? ¿O quizá se acercaría a ella con aquellas manos tan sensuales y…?
– ¿Por qué haces eso? -le exigió Garret con un precipitado susurro-. ¿Por qué sacas a la luz el pasado, su pasado, como si fuera asunto tuyo?
Sorprendida por aquella acusación y por la furia de su tono, Melanie se echó a reír, pero Garret no le devolvió ni siquiera una sonrisa, de modo que también se desvaneció la sonrisa de Melanie.
– El pasado de mi hermana es asunto mío.
Garret cruzó la habitación con una gracia y una fuerza inusuales en un hombre tan alto como él.
– No, cuando estás intentando hacer daño de forma deliberada, no lo es.
– Yo no estaba intentando hacer daño -lo observó buscar una taza y servirse un café como si estuviera en su propia casa.
Melanie sabía que su hermana consideraba a Garret un buen amigo, pero también que ella nunca habría sido capaz de tener ese tipo de relación con él. ¿Sería una mala persona? Y la molestaba que Garret se moviera con tanta confianza en casa de su hermana, además de que se comportara como si ellos dos jamás hubieran estado desnudos y en la misma cama.
– Además, no tengo por qué darte explicaciones -añadió, interrumpiéndose precipitadamente cuando Garret le tendió una taza de humeante café. Se quedó mirando fijamente el café.
– ¿No te gusta el café?
Estaban peleándose, pensó Melanie confundida, y aun así… le ofrecía un café. Oh, claro, ya lo comprendía. Garret la deseaba otra vez… Pero no había nada en aquellos ojos azules que pareciera una invitación.
¿Qué demonios le pasaba?
Los hombres siempre estaban pensando en el sexo, siempre estaban planeando su próxima conquista. ¿O no?
– No es venenoso -bromeó Garret al ver que continuaba mirando la taza con recelo.
– Lo tomo con leche y azúcar.
En silencio, Garret le sirvió la leche y el azúcar y se sirvió él mismo una taza de café. Solo.
– Me preocupa mi hermana -dijo Melanie a la defensiva-, y no quiero que vuelvan a hacerle daño otra vez.
– Creo que es evidente que está radiante gracias a Ben -dijo Garret-, así que perdóname si te parezco demasiado franco, pero desear destruir esa felicidad no me parece propio de una persona que dice preocuparse por Rachel.
Melanie se lo quedó mirando fijamente. Un dentista. Un don nadie.
– ¿Estás diciéndome que soy una mala hermana?
– ¿De verdad te importa lo que yo pueda pensar?
Melanie no se enfrentaba a personas tan honestas con mucha frecuencia. No tenía muchos amigos íntimos… Bueno, de hecho no tenía ningún amigo íntimo. En cuanto a los amantes, rara vez era completamente honesta con ellos, o ellos con ella.
– Mira…
– Garret -le recordó él, con una sonrisa rondando sus labios.
¡Melanie sabía perfectamente su nombre!
– ¿Sabes una cosa? Tienes razón. No me importa lo que pienses de mí.
– Entonces no te importará que piense que estás intentando interponerte entre ellos por motivos puramente egoístas.
Melanie se quedó mirándolo fijamente. Jamás le había hablado un hombre tan abiertamente. Y, desde luego, nunca la habían dejado por los suelos de aquella manera. Y tenía que reconocer que era sorprendente, excitante.
Oh, Dios. Volvía a desear a aquel hombre. Lo deseaba de verdad. Y Melanie no era una persona acostumbrada a renunciar a sus deseos. Se echó la melena hacia atrás y sonrió.
– Crees que lo sabes todo, ¿verdad? Pues bien, hoy es tu día de suerte.
Garret arqueó una ceja.
– ¿De verdad? ¿Y por qué?
– Porque sucede que a mí me gusta un tipo que lo sabe todo.
A los labios de Garret asomó una sonrisa.
– ¿De verdad?
Gracias a Dios, los hombres eran patéticamente fáciles, pensó Melanie.
Pero Garret asintió con una sonrisa y… ¿se volvió? Se dirigió al fregadero, lavó su taza y, después de dejarla de nuevo en el armario, se dirigió hacia la puerta.
– ¿Garret?
– Esta vez no, Melanie.
Melanie pensó que no había oído bien.
– Eh, ¿qué?
– Para mí una aventura de una noche no es suficiente, por lo menos contigo. Si quieres algo más, ya sabes dónde vivo.
El lunes, Ben fue a buscar a Emily al colegio. Le gustaba hacerlo cuando no tenía que llevar a Rachel al médico o no estaba ocupado con las fotografías o escribiendo. Le gustaba ir a buscarla, aunque sólo fuera para poder pasar veinte minutos más al día con ella. En el coche, Parches se paseaba inquieta por el asiento de pasajeros, deseando que llegara el momento de reunirse con la que para ella era el centro del universo.
El colegio de Emily estaba en una calle relativamente tranquila de South Village, y al igual que muchos otros, era un edificio antiguo. Había sido uno de los primeros colegios construidos hacia finales de mil ochocientos, aunque había tenido que ser reconstruido en tres ocasiones debido a tres incendios. En aquel momento, aquel edificio de ladrillo con molduras blancas parecía casi anacrónico. Ben podría haber estado allí mismo en mil ochocientos, esperando a su hija en un carruaje.
Pero entonces sonó el timbre y los alumnos comenzaron a salir con sus enormes pantalones caídos hasta las caderas, los piercings, el pelo teñido de toda clase de colores, los móviles y los portátiles. Ben no pudo evitar reírse de sí mismo mientras veía a su hija en medio de todos ellos, pareciendo definitivamente una habitante del siglo veintiuno.
Emily salía sola, pero, a medio camino, alguien la llamó.
Ben se tensó al ver a un chico de su edad. Iba vestido con unos vaqueros y una camiseta. No llevaba tatuajes ni pendientes. Era un niño normal. Le dijo algo a Emily y esta se encogió de hombros en respuesta. Al cabo de varios intentos más, el chico renunció.
Y Emily siguió caminando.
El chico continuó mirando a Emily con una expresión que Ben conocía demasiado bien.
Emily, ajena al corazón destrozado que había dejado tras ella, alzó la mirada y vio a Parches esperándola. Con un grito de alegría, dejó la mochila en el asiento trasero del coche y abrazó a su mascota.
– Hola cariño -Ben sabía que no debía pedir también un beso. Las demostraciones públicas de afecto eran una tortura para una niña de doce años-. No mires, pero sigue mirando.
– ¿Quién?
– El chico con el que estabas hablando.
– ¿Me estabas vigilando? -preguntó Emily horrorizada.
– No, estaba esperándote.
A juzgar por su expresión, Emily no veía la diferencia.
– Papá, vámonos, ¡rápido!