La calle donde ella vive
- Автор: Шелдон (Шелвис) Джилл
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La calle donde ella vive». Краткое содержание книги:
Su dulce hija de doce años se estaba convirtiendo en una adolescente huraña sin que Rachel Wellers pudiera hacer nada. Las lesiones del accidente que había sufrido estaban poniendo en peligro su carrera de dibujante. Y lo peor de todo era que Ben Asher, el hombre al que había echado de su vida hacía trece años, había regresado respondiendo a la llamada de la niña.
Cuando se enteró de que Rachel había sufrido un accidente, Ben no dudó en dejar de lado su trabajo y acudir a la ciudad que había jurado no volver a visitar. Prefería no cuestionarse los motivos por los que lo estaba haciendo… sólo sabía que tenía que ayudar a Rachel. Y no tardó en darse cuenta de que lo ocurrido no había sido un accidente y que quizá él era responsable.
Lo que no imaginaba era lo que iba a volver a surgir entre ellos, ni lo difícil que sería volver a alejarse de Rachel…
– ¿Qué llevas debajo de la bata? -preguntó Ben con voz ronca, mordisqueando su cuello.
– Eh… -mientras Ben se abría camino hacia su hombro, deshaciéndose de la bata en el camino, Rachel se esforzaba por pensar con coherencia-, no demasiado.
– Mejor -susurró Ben casi con reverencia y deslizó las manos por el interior de la bata, hasta dejarla abierta.
Rachel deseó cubrirse inmediatamente. Sabía el aspecto que tenía, todavía estaba demasiado delgada, llena de cicatrices y, a diferencia de él, muy lejos de la perfección.
– Ben…
– Oh, Rach, he echado tanto de menos tu cuerpo. Te he echado tanto de menos -y, con aquellas sorprendentes palabras, inclinó la cabeza y deslizó las manos por la espalda desnuda de Rachel, urgiéndola a acercarse, y abrió la boca sobre su seno.
Impactada por la inmediata reacción de su cuerpo, por el fuego que ardía en su interior, Rachel sólo era capaz de aferrarse a Ben. No había vuelto a sentir aquel relámpago de fuego, deseo y desesperación durante trece largos años, una eternidad. En el fondo de su mente, oía sus propios gemidos mientras Ben mordisqueaba su cuerpo entero, pero no podía evitarlo. Estaba ardiendo, temblando, y era incapaz de hacer otra cosa que permitir que Ben se abriera camino hacia su cuerpo. Y él acariciaba sus pezones con los dientes, la atormentaba deslizando la mano entre sus muslos, la torturaba de tal manera que Rachel habría terminado deslizándose hasta el suelo si él no la hubiera sujetado entre sus brazos.
Ben la sentó en el borde de la cama y le sostuvo la mirada mientras dejaba caer la bata al suelo.
Durante un breve instante, la conciencia del momento comenzó a despejar la niebla de sensualidad con la que Ben la había rodeado, pero entonces comenzó a desnudarse él y… Oh, era magnífico. Unos brazos fuertes y vigorosos, un pecho ancho, poderosos músculos… y entre ellos, la innegable prueba de su excitación. Y era ella la responsable de aquel sentimiento.
Ben dejó los calzoncillos a un lado y la descubrió mirándolo. Y debió interpretar mal la admiración que reflejaba su mirada porque dejó escapar una risa.
– Eh, no es nada que no hayas visto antes.
– Pero ha pasado mucho tiempo.
– Sí -Ben apoyó la rodilla en la cama y se inclinó sobre ella-, pero sigo siendo yo.
Sí, era él, el único hombre capaz de hacerla sentirse como si fuera a morir si no la besaba, si no la tocaba.
– Ben…
– Nada de arrepentimientos -susurró Ben y se inclinó para deslizar los labios sobre los suyos-, nada de recriminaciones, nada de pensar -deslizó las manos por sus brazos para posarlas a continuación a cada lado de su cabeza y se colocó entre sus muslos, que se abrieron inmediatamente para él.
Rachel sintió su erección sobre su ya preparado sexo, le rodeó el cuello con los brazos y susurró su nombre.
– Sí, eso es, veo que estás acordándote -Ben arqueó las caderas.
De los labios de Rachel escapó un gemido de placer cuando Ben hundió la cabeza y abrió la boca sobre sus labios, devorando sus silenciosas demandas al tiempo que hundía los dedos en su interior.
– Entra en mí-le suplicó Rachel.
Ben profundizaba sus caricias. Ella contuvo la respiración, se sentía como si estuviera suspendida en el aire… Ben se separó repentinamente de ella para ponerse el preservativo y se hundió de nuevo en su interior.
Sus gemidos flotaban en el aire. Rachel no habría sido capaz de formular una frase coherente aunque de ello hubiera dependido su vida, pero quería, necesitaba…
– Ben, por favor.
– Lo sé, pequeña -flexionó las caderas, sólo una vez-, lo sé.
– Oh, Dios mío…
– ¿Más?
– Sí.
– Lo sientes, ¿verdad, Rachel?
Otra nueva flexión hizo completamente imposible una respuesta.
– ¿Lo sientes?
Rachel arqueó las caderas contra él.
– ¡Sí!
Ben se deslizó de nuevo en su interior, añadiendo a aquel gesto una lenta e intencionada caricia del pulgar en el punto justo en el que se fusionaban sus cuerpos.
Rachel se sobresaltó.
– ¿Estás bien, Rach?
Rachel abrió la boca para contestar, pero Ben volvió a acariciar aquel punto que de pronto parecía haberse convertido en el centro del universo y Rachel explotó. Voló hasta lo más alto mientras recordaba lo que era sentirse llena, ardiente. Si no hubiera sido porque la explosión de fuegos artificiales que acababa de estallar en su cabeza parecía haberla dejado ciega, muda y sorda, habría contestado. Hasta que no cesaron los ecos del placer, Rachel no se dio cuenta de que Ben respiraba tan agitadamente como ella y que los brazos le temblaban por el esfuerzo que estaba haciendo para no derrumbarse sobre ella.
Sin abandonar todavía su interior, Ben alzó la cabeza y sonrió lentamente.
– Eh… -dijo suavemente.
– Eh.
Ben acarició los labios de Rachel.
– ¿Entonces?
A pesar de su inseguridad, Rachel no pudo menos que sonreír.
– ¿Entonces? -repitió.
– ¿Has sentido la necesidad de fingir? -quiso saber Ben.
Rachel pestañeó sin comprender.
– El orgasmo, ¿ha sido real o fingido?
Rachel se echó entonces a reír.
– Así que te parece gracioso -Ben deslizó la mano por la cadera de Rachel y se tumbó de espaldas, colocándola sobre él-, supongo que voy a tener que interpretarlo como una buena señal.
– Supongo que lo es.
– ¿Verdaderamente buena?
– Sí, verdaderamente buena -contestó Rachel suavemente, sintiéndose de pronto avergonzada.
Ben enmarcó su rostro con las manos.
– Eres tan guapa, Rachel. Claro que sí -insistió, al ver su expresión dubitativa-. ¿Por qué demonios no has compartido esto con nadie durante todo este tiempo?
– Creía que no íbamos a hablar de otras personas.
– No íbamos a hablar de otras mujeres, pero ahora estamos hablando de ti.
– Ben…
Ben volvió a dar media vuelta y Rachel se descubrió atrapada entre su cuerpo y la cama.
– Veo que las heridas están mejorando -musitó Ben-. Veo que tu cuerpo está mejorando, pero todavía hay mucho dolor en tu interior. ¿De dónde viene todo ese dolor, Rachel? ¿Por qué no quieres compartirlo? Si no quieres hablar de ello con nadie, hazlo por lo menos conmigo.
Rachel intentó apartarse de él, pero Ben la retuvo entre sus brazos sin tener que esforzarse siquiera.
– Cuéntamelo.
– ¿Por qué? -Rachel tragó saliva, pero ni siquiera así pudo deshacer el nudo que tenía en la garganta-. Te vas a ir.
Ben se quedó completamente quieto. Rachel consiguió escabullirse mientras él se tumbaba de espaldas y clavaba la mirada en el techo.
– Siempre tenemos que volver a lo mismo, ¿eh? -y sin decir una palabra más, se levantó de la cama y se metió en el baño.
Rachel se tapó hasta la barbilla e intentó pensar en cosas buenas. En su cuerpo, por ejemplo, que todavía vibraba de placer. Y en el calor del cuerpo de Ben, que continuaba caldeando su cama. Maldita fuera, había sabido en todo momento que aquello era algo temporal y se negaba a sufrir por ello o a esperar algo más.